Una manera de acercarnos al Espíritu Santo es sentirlo como un “Amor que hace amar”. Un amor que, al experimentarlo en nuestro interior, nos colma y nos rebasa. Es tan grande y nos hace palpar la realidad de forma tan diferente, que nos impulsa a abrirnos hacia los demás porque queremos compartir ese Amor.

Una ermitaña del siglo XX, Dolores Arriola, escribió hace algunos años:
“El Espíritu Santo es el que nos hace saborear las cosas divinas y en esta fuente podremos saciar nuestra sed espiritual y oír el canto de la fe. Él nos comunica las cosas de Dios en el silencio de nuestro ser y, si le escuchamos, hace de nosotros un instrumento y un testigo de la Resurrección de Cristo.

“Nos da a conocer la voluntad del Padre, nos hace saber lo que es el Amor y, si estamos abiertos a Él, además nos dará las fuerzas necesarias para ser capaces de amar con el verdadero amor.

“El amor no es estático, tiene vida, las obras hechas con amor y por amor, como Dios enseña en su creación, nos encaminan a un fin positivo, nos llevan a amar a los demás seres humanos y a toda la naturaleza hecha por Él”.

Por Javier Bustamante Enriquez