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	<title>Eduardo Romero, autor en Nuestra Señora de la Claraesperanza</title>
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	<title>Eduardo Romero, autor en Nuestra Señora de la Claraesperanza</title>
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		<title>Escrúpulos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Eduardo Romero]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 20 Dec 2010 10:25:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
		<category><![CDATA[Autoestima]]></category>
		<category><![CDATA[Diccionario]]></category>
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		<category><![CDATA[Escrúpulos]]></category>
		<category><![CDATA[Francisco de Asís]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Diccionario de la Lengua: Duda o recelo que inquieta la conciencia. Diccionario Espiritual: Manifestación de un sentimiento infantil de culpa. (Se entiende que la palabra infantil, hace referencia a un sentimiento no evolucionado) En el mundo de la psiquiatría, se establece el escrúpulo como una neurosis obsesiva. Santo Tomás, en su Summa Teológica, dice que</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Diccionario de la Lengua: D<img fetchpriority="high" decoding="async" class="alignleft size-medium wp-image-4218" alt="escrupulos_1" src="https://hoja.claraesperanza.net/wp-content/uploads/2012/12/escrupulos_1-200x300.jpg" width="200" height="300" />uda o recelo que inquieta la conciencia.</p>
<p style="text-align: justify;">Diccionario Espiritual: Manifestación de un sentimiento infantil de culpa. (Se entiende que la palabra infantil, hace referencia a un sentimiento no evolucionado)</p>
<p style="text-align: justify;">En el mundo de la psiquiatría, se establece el escrúpulo como una neurosis obsesiva.</p>
<p style="text-align: justify;">Santo Tomás, en su Summa Teológica, dice que es vicioso postular una certeza absoluta. Nos debemos contentar con una certeza que no siempre suprime todas las dudas. Cuando las dudas, no totalmente eliminadas, desequilibran nuestra conciencia y nuestra capacidad de juicio, pueden aparec er los escrúpulos.</p>
<p style="text-align: justify;">Una persona con escrúpulos es, casi siempre, una persona indecisa en el juicio moral. El escrúpulo se manifiesta como una falsa prudencia que da lugar a un único deseo: huir, a toda costa, del riesgo de pecado. Esto suele conllevar un sentimiento de desconfianza en sí mismo y en su capacidad para resistir, lo que genera desasosiego y angustia. No es cómodo vivir con escrúpulos, porque ello implica una dosis de falta de confianza en Dios.</p>
<p style="text-align: justify;">Bajo el punto de vista religioso, los escrúpulos se dan mayoritariamente en el área de influencia de las religiones judeo-cristianas, pero no guarda ninguna relación con la experiencia del Dios cristiano. Esta experiencia genera, entre otras cosas, confianza en Dios.</p>
<p style="text-align: justify;">Los escrúpulos suelen aparecer en personas narcisistas y perfeccionistas, con un bajo índice de autoestima (aunque parezca paradójico). Los escrúpulos son un síntoma de obsesión. La persona escrupulosa suele distorsionar la realidad que le rodea y tiende a exagerar los pseudo-defectos. Un buen ejemplo sería una persona anoréxica.<br />
<img decoding="async" class="alignright size-medium wp-image-4220" alt="foto_escrupulos" src="https://hoja.claraesperanza.net/wp-content/uploads/2012/12/foto_escrupulos-300x218.jpg" width="300" height="218" /><br />
Resumiendo:</p>
<p style="text-align: justify;">En el entorno de la psicología, los escrúpulos son síntoma de una neurosis, no necesariamente patológica, pero sí nos habla de un cierto desequilibrio del sistema nervioso.</p>
<p style="text-align: justify;">En nuestro entorno de fe, los escrúpulos se manifiestan como creadores de obstáculos para nuestra conducta. (No puedo ir a comulgar, porque…) El seguimiento de Jesús proporciona (o debe proporcionar) una confianza tal, que es imposible que tengan cabida los escrúpulos. La confianza en Dios nos ayuda a mantener el miedo controlado. La confianza en Dios nos hace nacer a una nueva paz, a una armonía profunda que nos permite percibir, en el mundo, la belleza de una sinfonía universal. (30 vocablos para una nueva evangelización)</p>
<p style="text-align: justify;"> He aquí un fragmento de un libro de Èloi Lecclerc, titulado “Sabiduría de un pobre”. Se refiere a san Francisco de Asís y dice:</p>
<p style="text-align: justify;">&#8211; ¿Sabes, hermano, qué es la pureza de corazón? –pregunta Francisco a uno de sus hermanos en la comunidad.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8211; Sí –responde éste–. Es no tener faltas que reprocharse.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8211; Entonces, comprendo tu tristeza, porque siempre tenemos alguna cosa que reprocharnos –concluye Francisco.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8211; Y precisamente por eso, no espero conseguir nunca la pureza de corazón.</p>
<p style="text-align: justify;">(Aparecen los escrúpulos)</p>
<p style="text-align: justify;">&#8211; Ah, fray León, créeme –replicó Francisco–, no te preocupes tanto por tu pureza. Vuelve tu mirada hacia Dios. Admíralo. Alégrate por lo que es: todo santidad. Dale gracias por él mismo. Eso, hermano mío, es tener el corazón puro. Y cuando estés así, vuelto hacia Dios, bajo ningún concepto vuelvas sobre ti mismo.</p>
<p style="text-align: justify;">A modo de conclusión, y para que las palabras finales tengan la fuerza y la plenitud que buscamos, retomo el libro citado antes, Sabiduría de un pobre, para que nos deleitemos con la definición que hace san Francisco de la santidad:</p>
<p style="text-align: justify;"><em>La santidad no es la realización personal, ni la plenitud que nosotros mismos nos otorgamos. Es, por encima de todo, el vacío que nos descubrimos, que aceptamos y que Dios llena a medida que nos abrimos a su plenitud.</em></p>
<p style="text-align: justify;"><strong><em>Por Eduardo Romero</em></strong></p>
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		<title>La transmisión de la fe</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Eduardo Romero]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 19 Dec 2010 10:45:08 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
		<category><![CDATA[confianza]]></category>
		<category><![CDATA[Eduardo Romero]]></category>
		<category><![CDATA[Fe]]></category>
		<category><![CDATA[La transmisión de la fe]]></category>
		<category><![CDATA[transmisión]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>¿Qué nos dicen los Diccionarios sobre la fe? ¿Cómo la definen? El Diccionario de la Lengua dice: “Creencia basada en el testimonio ajeno. Virtud teologal que nos hace creer lo que Dios dice y la Iglesia nos propone”. El Diccionario Espiritual, por su parte, nos dice que la fe es la virtud que constituye el</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">¿Qué nos dicen los Diccionarios sobre la fe? ¿Cómo la definen?</p>
<p style="text-align: justify;">El <i>Diccionario de la Lengua</i> dice: “Creencia basada en el testimonio ajeno. Virtud teologal que nos hace creer lo que Dios dice y la Iglesia nos propone”.</p>
<p style="text-align: justify;">El <i>Diccionario Espiritual</i>, por su parte, nos dice que la fe es la virtud que constituye el fundamento de toda la vida cristiana.</p>
<p style="text-align: justify;">En nuestro entorno es frecuente encontrar parejas con hijos que, siendo ellos creyentes practicantes, se lamentan de la aparente o decidida indiferencia de sus hijos hacia esas creencias y prácticas religiosas. Esto pued<img decoding="async" class="size-medium wp-image-4137 alignleft" alt="foto_1195576_92868095" src="https://hoja.claraesperanza.net/wp-content/uploads/2012/12/foto_1195576_92868095-300x225.jpg" width="300" height="225" />e generar una extraña desazón en los padres, manifestada con una inquietante pregunta: ¿Sabemos transmitir nuestra fe a nuestros hijos? Esta pregunta podría transformarse con el simple cambio de una palabra. ¿Podemos transmitir nuestra fe a nuestros hijos?</p>
<p style="text-align: justify;">En los Evangelios, sobre todo en los sinópticos, encontramos que la fe comporta siempre una total confianza en Jesús. Así, los que manifestamos nuestra fe, nuestra creencia, debemos irradiar confianza en Jesús. Recogiendo de nuevo la definición vista anteriormente, podemos concluir diciendo: “La confianza en Jesús constituye el fundamento de toda la vida cristiana”. ¿Podemos contagiar nuestra confianza?</p>
<p style="text-align: justify;">Por lo general, asociamos a quien tiene fe el adjetivo de creyente. Así, en nuestro lenguaje común, un creyente es alguien que cree en Jesús de Nazaret. Pero si nos salimos un poco de nuestros parámetros cristianos, la palabra creyente tiene otros significados que no siempre se relacionan con una fe religiosa. Evidentemente, no es eso lo que nos interesa a nosotros. Nuestra fe, nuestra confianza en Jesús, nuestro vivir como creyentes, queda limitado a ese espacio reservado al cristianismo. Según Rahner, para nosotros creer significa adhesión a la fe cristiana y a los dogmas cristianos. Identificamos la fe con la fe en Jesucristo, en su mensaje, en su resurrección y en su divinidad.</p>
<p style="text-align: justify;">Por otra parte, siempre se ha considerado que la fe es un don de Dios, no un logro o descubrimiento humano. Nuestra fe presupone que ya tenemos aceptado y digerido el hecho de que Dios existe y nos proporciona la fe. La tradición en la Iglesia, las relaciones familiares, la presencia de gente buena en nuestro entorno, pueden ser elementos básicos por los que nuestro espíritu se muestra propicio a recibir la fe. Es decir, la influencia exterior es un excelente caldo de cultivo para recibir y aceptar (o rechazar) la fe. Pero en el trasfondo de todo este proceso está la suprema voluntad de Dios. Tener fe sería tener la aquiescencia y el apoyo de Dios.</p>
<p style="text-align: justify;">Quedó antes una pregunta sin respuesta. ¿Podemos transmitir nuestra fe a nuestros hijos? Dicho de otro modo, ¿podemos conseguir que Dios proporcione el don de la fe a nuestros hijos?</p>
<p style="text-align: justify;">Corremos el peligro de considerar como elemento básico de esta transmisión de la fe, el hecho de que nuestros hijos practiquen los mismos ritos cristianos que nosotros practicamos. ¡Que vayan a misa! Ciertamente, nada hay de malo ni censurable en esa actitud. Pero quedaría vacía si nos diéramos por satisfechos con ella. Más que en los gestos, en la asistencia o ausencia, miremos las actitudes. La sensibilidad ante el dolor ajeno; la sensibilidad ante la injusticia social; la insensibilidad ante la corrupción que nos rodea; la insensibilidad ante la crueldad del mundo laboral… La desinteresada colaboración con grupos y movimientos de ayuda… porque allí está Dios. Y puesto que allí está Dios, fácil es que un día tropiecen de cara con Él, lo reconozcan y lo integren en su persona y e<img decoding="async" class="alignright size-medium wp-image-4138" alt="767369_38876239" src="https://hoja.claraesperanza.net/wp-content/uploads/2012/12/767369_38876239-300x225.jpg" width="300" height="225" />n su vida. Y, a partir de ese momento, podrán ser ejemplo vivo de una persona de fe. Agradezcamos ahora al <i>Diccionario de la Lengua Castellana</i> la definición que nos hace de la fe: “Creencia basada en el testimonio ajeno”.</p>
<p style="text-align: justify;">Aquí tenemos la gran respuesta a nuestra pregunta, a nuestra inquietud. Nuestro testimonio, nuestra vida, nuestros actos y palabras son un excelente vehículo de transmisión. La intensidad, profundidad y sinceridad con que sea captado, allanará el camino al don de Dios.</p>
<p style="text-align: justify;">Por último, cabe aquí recordar a santa Mónica, madre de san Agustín, angustiada por la actitud increyente de su hijo, pidiendo consejo para corregir aquella situación. La respuesta que recibió trasciende al tiempo y al espacio y la podemos hacer propia.</p>
<p style="text-align: justify;">“No le hables a Agustín de Dios. Háblale a Dios de Agustín”.</p>
<p style="text-align: justify;"><em><strong>Por Eduardo Romero</strong></em></p>
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