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	<title>Josep M. Forcada, autor en Nuestra Señora de la Claraesperanza</title>
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		<title>Resarcir a Dios, Ser Santos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Josep M. Forcada]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 19 Jun 2021 09:00:14 +0000</pubDate>
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<p style="text-align: justify;">“Esta es mi silla”, “yo tengo todo el derecho a ocupar este asiento”, “desde siempre esto ha sido para mi”, “yo tengo derecho de toda la vida a estar aquí”… ¡Cuantas afirmaciones arriesgadas e incluso algunas de ellas absurdas! Si en la vida ordinaria estas actitudes nos parecen prepotentes y de un dominio inmerecido, cuando las atribuimos a nuestra relación con Dios, acompañadas de tantas exigencias, todavía es más absurdo.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Por qué no nos preocupamos más en pensar el por qué estoy aquí, o pensar qué don Dios me ha concedido para que yo pueda estar aquí i ahora en este mundo? Muchas veces la gratuidad y la libertad de Dios contrastan con la opinión que yo tengo sobre la gratuidad y la libertad. Fácilmente pretendemos atar de manos a Dios, creyendo que nosotros somos imprescindibles y necesarios.</p>
<p style="text-align: justify;">Dios soñó para los humanos un mundo de paz, de alegría y de paraíso, pero esto lo hemos trasmutado y manipulado de tal manera que poco se parece al proyecto originario de Dios. Lo hemos convertido en algo muy distinto a lo que Dios sueña para nosotros. La creación del ser humano es una maravillosa y sorprendente realidad, distinta a la creación de la naturaleza con sus mares, sus montañas, bosques, animales, etc.</p>
<p style="text-align: justify;">Dios dotó al hombre de una capacidad de libertad desconocida en el universo. Libertad humana que se conjuga con la libertad de Dios. ¡Qué gran contenido de comunión representa para los humanos! Dios seguro que soñaba con unos hombres y mujeres “de paraíso”, así es como nos lo describe el libro de Génesis.</p>
<p style="text-align: justify;">El proceso ideal de crear una humanidad llena de amor, contrasta con tantos desamores y rebeldías de los humanos que nos parece como si Dios fallara ante la gran fuente de caridad que es Él mismo.</p>
<p style="text-align: justify;">Lo que Dios sueña para el hombre no siempre se cumple, a causa, precisamente, de la libertad humana. Pero si los humanos no fueran libres, serían como meros robots del designio divino. A pesar de que no somos lo que dios soñaba, Él nos ama infinitamente y no escatima esfuerzos para que seamos redimidos por medio de la Pasión de Cristo y su Resurrección. Ciertamente se trata de ese Dios humilde y cercano a la humanidad el que nos conduce a la redención. ¡Cuán necesaria es la gratitud de los humanos para con Dios! Es la misma humildad que Dios tiene para con nosotros lo que nos salva.</p>
<p style="text-align: justify;">La redención no se entiende si no es desde la gratuidad (Dios, lleno de amor desinteresado quiere salvarnos), y desde la gratitud que es uno de los grados más sublimes de la humildad. Tampoco se entiende si no es desde la alegría; no olvidemos que la muerte redentora de Cristo conlleva una resurrección redentora. Las infidelidades de los humanos en forma de odios, guerras, hambres, desconsideración, iras, celos… parece que frustren el plan de Dios. Sin duda todos estos acontecimientos de anti-caridad alteran los planes de Dios. Alfredo Rubio comentaba en una charla que dio el 25 de abril de 1991 en Talanquera: “¡Qué humildad reconocer que yo y todo el mundo con sus pecados frustramos continuamente los nuevos planes de Dios! Entonces naturalmente, visto que somos culpables de frustrar los planes de Dios, de que no nazcan los que Él deseaba, pues tenemos que hacer penitencia al máximo para reparar este daño. (…) Reconociendo el daño que uno ha hecho, pues, es otro grado de humildad” Por tanto esta penitencia no es otra –indica Alfredo Rubio- que esforzarse en ser santos para resarcir a Dios por todos los pecados míos y de los demás.</p>
<p style="text-align: justify;">Dios nos ha creado, a pesar de no ser los que Él hubiera deseado. Son otros que Él ha creado a pesar de todo. Nosotros, en este contexto de humildad, es decir de santidad, a partir de la gratitud, de la alabanza, de la paz y de la alegría, podemos resarcir el camino. Nos abrimos al Espíritu que es el que nos ayuda a avanzar hacia la santidad. No se puede ser santo desde la vanidad, sino desde la humildad y por la penitencia. Ésta no consiste en darse azotes o terribles privaciones sino en un constante acto de amor al prójimo, amar a pesar de todo, aunque no exista correspondencia e incluso haya anti-amor. Debe ser un gozo amar como Dios nos ama. Poder colaborar a que se realice el verdadero “paraíso” que Jesucristo inaugura.</p>
<p>Texto: <strong>Josep M. Forcada</strong><br />
Fuente: <a href="http://pliegotante.blogspot.com/2011/07/" target="_blank" rel="noopener">Nuestra Señora de la Paz y la Alegría</a></p>
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		<title>Carta Encíclica “Spe Salvi”</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Josep M. Forcada]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 14 Jan 2010 10:11:13 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En esperanza fuimos salvados -Spe Salvi- es el título y a la vez el tema central de la encíclica de Benedicto XVI. Estás palabras son San Pablo a los Romanos (8, 24). Se trata pues de reconocer que se nos ha dado a los cristianos una esperanza "fiable" para afrontar nuestro presente. En innumerables ocasiones</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">En esperanza fuimos salvados -Spe Salvi- es el título y a la vez el tema central de la encíclica de Benedicto XVI. Estás palabras son San Pablo a los Romanos (8, 24). Se trata pues de reconocer que se nos ha dado a los cristianos una esperanza «fiable» para afrontar nuestro presente. En innumerables ocasiones el presente es «fatigoso» y difícil de aceptar si no existe la confianza que justifica el camino.</p>
<p style="text-align: justify;">En múltiples ocasiones decimos ten esperanza, ¿en qué?, seguramente para alentar a superar un escollo, para esperar que el momento desagradable pase. Pero Benedicto XVI, a partir de la Carta de San Pablo describe con claridad que antes de Jesucristo, es más, antes del encuentro con Cristo (Ef. 2,12) el mundo no tenia «ni esperanza ni Dios». El Santo Padre une fe y esperanza y de acuerdo con Santo Tomás de Aquino la «fe es un <i>habitus,</i> es decir, una constante disposición del ánimo, gracias a la cual comienza en nosotros la vida eterna y la razón se siente inclinada a aceptar lo que ella misma no ve». En otro apartado incide “la fe no es solamente un tender de la persona hacia lo que ha devenir, y que esta totalmente ausente; la fe nos da algo. Nos da ya ahora algo de la realidad esperada, y esta realidad presente constituye para nosotros una «prueba» de lo que aún no se ve. Esta atrae al futuro dentro del presente, de modo que el futuro ya no es el puro «todavía &#8211; no». El hecho de que este futuro exista cambia el presente, el presente esta marcado por la realidad futura, y así las realidades futuras repercuten en las presentes y las presentes en las futuras”. De ello se deduce que la fe cristiana es también para nosotros una esperanza que transforma y sostiene nuestra vida.</p>
<p style="text-align: justify;">Un aspecto que considero muy vivo de la Encíclica es cuando hace referencia a la Carta a los Hebreos que habla de una «ciudad» (11,10.16; 12,22;13,14) y por tanto de una “Salvación Comunitaria”. El pecado, entienden los Padres de la Iglesia, que es la destrucción del género humano. La redención restablece la unidad “en la que nos encontramos de nuevo juntos en una unión que se refleja en la comunidad mundial de los creyentes”. La esperanza cristiana no es individualista, de la misma manera que la fe también se realiza en la unidad con los demás integrantes de la comunidad.</p>
<p style="text-align: justify;">Ocupa un lugar destacado los distintos lugares de aprendizaje y del ejercicio de la esperanza: la oración como escuela de esperanza. Pone como ejemplo el testimonio del Cardenal Nguyen Van Thuan que pasó trece años en la cárcel en que la desesperación “aparentemente total, la escucha de Dios, el poder hablarle, fue para él una fuerza creciente de esperanza, que después de su liberación le permitió ser para los hombres de todo el mundo un testigo de la esperanza”.</p>
<p style="text-align: justify;">El actuar y el sufrir como lugares de aprendizaje de la esperanza. “Al igual que el obrar, también el sufrimiento forma parte de la existencia humana…conviene ciertamente hacer todo lo posible para disminuir el sufrimiento; impedir cuanto se pueda el sufrimiento de los inocentes; aliviar los dolores y ayudar a superar las dolencias psíquicas…pero extirparlo del mundo por completo no está en nuestras manos, simplemente porque no podemos desprendernos de nuestra limitación, y porque ninguno de nosotros es capaz de eliminar el poder del mal, de la culpa”</p>
<p style="text-align: justify;">El juicio como lugar de aprendizaje y ejercicio de la esperanza:”la protesta contra Dios en nombre de la justicia no vale. Un mundo sin Dios es un mundo sin esperanza, Sólo Dios puede crear justicia. Y la fe nos da esta certeza: Él lo hace”.</p>
<p style="text-align: justify;">Maria, estrella de la esperanza. “Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de esperanza” Jesucristo es esta luz, por antonomasia pero para llegar a Él se necesitan estas luces cercanas que han reflejado la luz de Cristo. “Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza, ella que con su «si» abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo?” Describe teológicamente el significado de la advocación a Maria de la Claraesperanza cuando explica la fe que ella mostró: “En la oscuridad del Sábado Santo fue también certeza de la esperanza, te has ido a encontrar con la mañana de Pascua. La alegría de la resurrección ha conmovido tu corazón y te ha unido de modo nuevo a los discípulos, destinados a convertirse en familia de Jesús mediante la fe… Por eso tú permaneces con los discípulos como madre suya, como Madre de la Esperanza”.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong><em>Por Josep M. Forcada</em></strong></p>
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