Seguimos con el tema de Los Diez Mandamientos. En la publicación antrior se presentó una introducción a los diez mandamientos: Introducción a los Diez Mandamientos: salir de la riada. Ahora vamos a dar un paso más en esta reflexión.
Los Diez Mandamientos fueron entregados al pueblo de Israel después de haber sido liberado de la esclavitud y haber andado durante cuarenta años por el desierto. Los diez mandamientos no se dan en cualquier lugar y a todo el mundo; son para personas que ya han tenido una cierta peregrinación, un cierto deseo de apartarse del mal.
En el Sinaí, Dios dice: “Yo, Yahvé, soy tu Dios, que te he sacado de Egipto, de la casa de servidumbre”; inmediatamente antes de decir al pueblo cuáles son sus mandatos, les recuerda que Él los ha sacado de la esclavitud, de la riada, del mal, y entonces empieza a decirles los diez mandamientos.
Los diez mandamientos no son unos mandatos puestos porque sí, para cumplir unas leyes o porque a Dios le da la gana de poner unas leyes…, los diez mandamientos están puestos para nuestro bien, por ello, no hay que tenerles miedo.
Antes de ver los diez mandamientos uno a uno, hay que tener en cuenta una serie de cosas:
– Los diez mandamientos son progresivos, no van sueltos, están graduados, se han de ver y entender entrelazados unos con otros.
– Están escritos en negativo (no matarás, no robarás…), pero no basta con no mentir, hay que decir siempre la verdad; y no basta con no matar, hay que luchar para que la gente tenga vida y la tenga dignamente; no basta con no robar, hay que dar limosna…
Se dicen en negativo, para que no haya lugar a dudas; es como cuando Jesús dice a los discípulos que lo hagan todo con Él. Si lo hubiera dicho así, podrían pensar: ¿y comer?, ¿y dormir?… En cambio, para que quede bien claro dice: “Sin mí no podéis hacer nada”; así queda clarísimo. Pero nosotros tenemos que leerlo en positivo: todo con Cristo.
– Los diez mandamientos son parte del itinerario hacia Dios. Una vez sacados de la riada, se nos va pidiendo que vayamos aceptando progresivamente la obra de Dios, la creación de Dios y la convivencia con Dios y se va subiendo del décimo al primero.
– Los diez mandamientos, en tanto que son parte del itinerario hacia la convivencia con Dios, también lo son de la convivencia humana: son los jalones, las columnas de la sociedad.
DÉCIMO MANDAMIENTO
Envidiar los bienes del prójimo es entristecerme de que el otro tenga bienes: me da envidia que otro tenga algo bueno; independientemente de que yo tenga o no aquello, ¡puesto que a lo mejor yo tengo incluso más!
El décimo mandamiento dice: no envidies, no te entristezcas de que el otro tenga algo. La persona envidiosa quiere tener bienes y que no los tenga nadie más.
Es el último mandamiento, el más débil y el más sencillo; es empezar a abrirse un poco a los demás: no entristecerse de que los demás tengan cualidades, buena salud, inteligencia…
Es el primer escalón para ir construyendo la sociedad: alegrarse de las cualidades de los demás.
NOVENO MANDAMIENTO
Es importante diferenciar este mandamiento del décimo; en el décimo uno se entristece de que el otro tenga algo, independientemente de que uno tenga mucho o poco. En el noveno mandamiento, uno quiere tener más; no me entristece que el otro tenga cosas buenas; casi me alegro… porque así se las puedo quitar.
Es lícito tener y ampliar mis propiedades, con la debida moderación y alegría, pero no a costa de quitárselas a otro injustamente.
Es peligroso desear los bienes del prójimo, porque entonces, en el momento que uno pueda…, se los quita. Por eso es tan importante no detenerse ni un momento a desearlos.
OCTAVO MANDAMIENTO
No dar falsos testimonios ni mentir.
Mentir es responder erróneamente ante quien tiene derecho a preguntarme y en aquello que tiene derecho a preguntarme (no lo confundamos con las mentiras piadosas, ni con las mentiras ante intromisiones…, esas son perfectamente legítimas).
El octavo mandamiento me permite no contestar cuando no debo, y como es de mala educación decir que uno no tiene derecho a preguntar, se contesta con una mentira.
Este mandamiento es más grave que los otros dos, porque si establecemos una sociedad donde es normal mentir, llegará a no poder existir la fe; porque la fe es creer lo que Dios anuncia, lo que Dios nos dice. Si nosotros, que somos tangibles, no somos creíbles, menos creíble será Dios, a quien no se le ve.
Dar falso testimonio o no darlo cuando tendría que darlo, por cobardía, por vergüenza, es pecado de omisión. En este mandamiento, Jesús está diciendo que quien no dé testimonio de Él, ante los demás, Él tampoco dará testimonio ante Dios. La vida del cristiano es dar testimonio de Cristo. No podemos dejar de dar testimonio de la vivencia que tenemos de Él.
SÉPTIMO MANDAMIENTO
No robar. A veces decimos con mucha ligereza que no robamos, pero cuando vemos que alguien está muy despistado y vende algo a un precio muy por debajo del que le corresponde, en vez de avisarlo y comprarlo por el precio que vale, nos aprovechamos y lo compramos a bajo precio.
Pero no seamos materialistas, pensando que sólo robamos cuando quitamos bienes materiales a los demás, hay otra serie de bienes que no son materiales: los bienes espirituales. A veces robamos la honra de las personas; con una palabra mal dicha, con un gesto, tiramos por el suelo un montón de oportunidades de esa persona. La intimidad de las personas: estamos obligados a vivir demasiado cerca y hemos de saber respetar la intimidad de los demás (llamar por teléfono antes de presentarse en una casa por las buenas…). Hay que dejar que la gente tenga sus ratos para estar a solas con los suyos.
En este séptimo mandamiento, también entran todos los pecados de omisión; todo lo que yo tendría que haber dado, dicho, enseñado, acompañado, etc., y me tocaba a mí hacerlo, y no lo hice… Eso es un robo: honra a nuestros padres, el trabajo bien hecho, atención a los enfermos…, y no según las leyes de este mundo, sino en conciencia, ante Dios. Si no he hecho lo que tendría que haber hecho…, estoy robando.
Hay una cosa que robamos y que parece poco digna de tener en cuenta en este mandamiento: el cariño y la ternura. ¿Damos a las personas el cariño debido?, desde los viejos hasta los niños. Hoy en día, por un cierto jansenismo que hay en la sociedad, parece que el cariño y la ternura son cosas de tontos, de mujeres, o de niños pequeños. El aprecio, el saber acompañarse unas personas a otras, que los padres sepan darles a sus propios hijos adultos un abrazo y un beso… Se hace con los niños de 4 años, incluso hasta los 9, pero cuando son adultos… eso se pierde. Es un ejemplo hermosísimo la figura de Juan Pablo II, cuando en las visitas pastorales da un abrazo a los obispos, los mira de frente, se dan un apretón de pecho a pecho.
Los seres humanos no somos ángeles, necesitamos el cariño y el aprecio y necesitamos saber que tenemos la amistad de los demás, y tenemos que decírnoslo con palabras y con obras.
Cuando impedimos a los jóvenes de nuestra sociedad que se casen antes de terminar los estudios les estamos haciendo una estafa importante. La psicología del hombre y de la mujer ya es madura para casarse con 18 o 20 años; sin embargo, hemos heredado y consolidado una sociedad en que los jóvenes se están casando a los 30 años y tienen que pasar 8 o 10 años de abstinencia de amor matrimonial, encontrándose y amándose a escondidas y de mala manera. Es muy triste que no puedan tener la ternura de amigos que deberían tener. Hay que arreglar la sociedad y hay que pedírselo a Dios con gran insistencia. ¿Por qué los padres no pueden ayudar a sus hijos a casarse antes de acabar la carrera?
A lo largo de los mandamientos, vamos subiendo escalones en que se va construyendo la vida social: empezamos por pedir un mínimo: no te envidies de que alguien tenga algo. Luego: no quieras quitárselo. Después: no mientas; da testimonio cuando tengas que darlo aunque te cueste, aunque salgas perdiendo. No robes, paga lo justo, devuelve lo robado… Vamos abriéndonos a una vida social, que es la que Dios quiere.
Texto: Juan Miguel González Feria
Extracto de la conferencia y del libro: El hombre a solas
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