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CONTEMPLANDO LA REALIDAD
CON UNA CLARAESPERANZA

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  • Escuchar los gritos de los migrantes

    Escuchar los gritos de los migrantes No podemos ser cómplices silenciosos del fenómeno mafioso que supone la trata de personas. Y mucho menos, protagonistas, aunque sea indirectos. Frente a los que viven de la desgracia de otros y se aprovechan de su desesperación, trabajemos para superar las desigualdades que hacen posible que una persona pueda hacer esclava a otra. “A menudo los migrantes son víctimas del tráfico y de la trata de personas. Entre otras causas, sucede esto por la corrupción de los que están dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de enriquecerse. El dinero de sus negocios, son negocios sucios, mañosos, es dinero manchado de sangre. No exagero: es dinero manchado de sangre. Recemos para que el clamor de los hermanos migrantes víctimas del tráfico criminal y de la trata de personas sea escuchado y sea considerado.” El Video del Papa difunde cada mes las intenciones de oración del Santo Padre por los desafíos de la humanidad y de la misión de la Iglesia. Por la Red Mundial de Oración del Papa (Apostolado de la Oración – http://www.apmej.org).  

  • Una manera de consolar

    Los seres humanos estamos hechos de tal material que solos no podemos sobrevivir. Ya está muy dicho, necesitamos varios meses para ponernos de pie, otros tantos para hablar. Y años, a veces muchos, para ser capaces de adquirir un mínimo de autonomía que nos permita tener recursos propios y después ser generadores de nuevas vidas. Es todo un proceso de aprendizaje que no culmina. Esta interrelación también es afectiva. Para las emociones no hay ni la total dependencia ni la total independencia, sino una mutua interdependencia. Como los hilos de una red, las personas nos vamos entrelazando y creamos nudos que dan sostén a nuestras relaciones. De estas relaciones nace un tipo de empatía que es el «consuelo». Que, como la misma palabra dice, es «compartir el suelo». Todas las personas tenemos un suelo, una base que nos sostiene, que es la nuestra y es intransferible. Ponerse en empatía con el otro nos acerca a él, pero nunca es una proximidad tal que nos fusione o nos anule. Lo que es más posible y real es acercarme a mi propia condición de fragilidad –a mi suelo– y, desde ahí, reconocer que el otro vive la suya –su suelo–. Este ejercicio permite percibir que, por el hecho de existir, compartimos un suelo común. Acudo ahora a un poema, sin título, de Daniel Faria, portugués muerto muy joven, pero que nos ha legado un gran tesoro. El poema que cito es de su libro Hombres que son como lugares mal situados, del año 1998, de Ediciones Sígueme. No levantemos a los hombres que se sientan a la salida Porque se mueven en sus caminos interiores Equilibran con dificultad una idea Algo muy nítido, semejante A una hoja vacía Y ponen nidos en los árboles para liberarse De la jaula terrible, invisible muchas veces De tan dura No nos aproximemos a los hombres que ponen las manos en los barrotes Que reclinan la cabeza sobre los hierros Sin otras manos donde agarrar las manos Sin otra cabeza donde reclinar el corazón No los toquemos sino con los materiales secretos Del amor. No les pidamos que nos dejen entrar Porque su fuerza es hacia fuera y su espera Es la fe inquebrantable en el misterio que inclina A los hombres hacia dentro No los levantemos Ni nos sentemos al lado de ellos. Sentémonos En el lado opuesto, donde ellos pueden venir a levantarnos En cualquier instante A lo largo de nuestras vidas caminamos y nos encontramos con personas «sentadas a la salida», hombres y mujeres que están fuera de sí, soportando el peso de ideologías. Mujeres y hombres que cultivan la libertad, aún siendo presas de las circunstancias que las condicionan. Seres que nos despiertan el amor. Y estando con el amor despierto, muchas veces sentimos que hemos de entrar en sus vidas para hacer algo por ellas, sacarlas de su situación de «intemperie»… Detengámonos aquí. ¿Qué es lo que nos motiva o nos da derecho a entrar en sus vidas? ¿Es la intemperie en la que viven ellas o, acaso, la intemperie que se despierta en nosotros y que nos hace darnos cuenta de lo vulnerables que somos? Dentro de cada persona hay caminos interiores, jaulas tan duras y tan invisibles que no podemos etiquetarlas desde una posición egocéntrica, pretendiendo que nosotros poseemos su verdad. «Su fuerza es hacia fuera», continúa Daniel en el poema, «y su espera es la fe inquebrantable en el misterio que inclina a los hombres hacia dentro…». Esa fuerza hacia fuera es la que ocasiona que nosotros nos inclinemos hacia dentro, hacia nuestro adentro. Esa persona que está expresando su condición de vulnerabilidad pone al descubierto la mía. La imagen final del poema es la clave: no se trata de sentarnos al lado de ellas, sino de sentarnos, bajarnos, en nuestra propia condición. Palpar nuestro propio suelo. De esta manera, pasaremos de ser los que levantan para ser los levantados. Si hay algo en su situación que ha despertado mi ser contingente, es porque lo soy y también necesito ser mirado y levantado. En ocasiones podemos caer en la tentación asistencialista de querer «ayudar» a personas subvencionando o supliendo sus aparentes carencias. Y generamos una actitud de estar en lo alto y levantar al que está abajo. En esta dinámica se corre el riesgo de hacer más mal que bien. Recuerdo un cuento que explica que una niña, al ver una rosa a punto de romperse por el peso del agua de la lluvia, la sacudió. Esto provocó que la rosa perdiera todos sus pétalos. Después se dio cuenta de que otras rosas sobrevivían porque al salir el sol el agua se iba evaporando o se iba resbalando poco a poco, dejando a las rosas intactas. Una manera no invasiva de consolar o acompañar a una persona en un momento de aparente vulnerabilidad es bajar a mi propio suelo, contemplarla y dejarme contemplar. Ponerme a suficiente distancia para que ella sepa que estoy ahí, compartiendo la existencia. Y paciente y constantemente esperar a que, si ella quiere y cuando quiera, se levante y se acerque a mí. Este significativo paso le hace cambiar de plano vital. Juntos, si ha de ser así, podemos levantarnos y andar. Texto: Javier Bustamante Producción: Hoja Nuestra Señora de la Claraesperanza    

  • La mujer en los ámbitos eclesiales

    Algunos sociólogos y estudiosos de estos temas afirman que el siglo en el que hemos entrado es el siglo de la mujer. En el ámbito de la fe cristiana también va a ser así, sin ninguna duda. Pero el hecho de tenernos que plantear el tema de la promoción de la mujer en la Iglesia, es ya síntoma de una situación altamente insatisfactoria. Y el hecho de que las voces que ahora urgen a que se realicen cambios en este sentido, sean cada vez más numerosas y más vigorosas de lo que han sido en el pasado, nos dejan ver que esta cuestión se ha hecho ya candente. Pero esa promoción no puede verse como una postura feminista, sino como una cuestión de fidelidad al Evangelio y de la búsqueda de la praxis de Jesús que, en su vida y en sus enseñanzas, dejó bien claro la consideración de igualdad en la que tuvo a sus compañeros de misión, los discípulos y discípulas. Así es éste un tema abierto en el interior de la Iglesia, en el que hay que pensar mucho y bien. Hay que pensar, además, de forma nueva con creatividad e imaginación, para no quedar estérilmente estancados en lo de siempre. En este aspecto hay que destacar unos pocos temas esenciales a considerar. En primer lugar una cuestión antropológica: Hasta el momento actual, cuando se ha hablado de promoción, las mujeres se han sentido en la situación del que ha de ser promovido y, por lo tanto, que puede también ser rechazado. Por otra parte, cuando se habla de función complementaria de la mujer respecto del hombre, de complementariedad de los dos sexos, se da por supuesta una subordinación ontológica de la mujer respecto al hombre (“…no es bueno que el hombre esté solo…”, “detrás de cada gran hombre hay una buena mujer” ), con lo que se apunta la idea de que la mujer ha sido creada en función y servicio del hombre. Por otra parte, si ha podido la mujer ejercer alguna función intraeclesial, ha sido siempre una autoridad masculina la que decide lo que puede o no puede hacer. Ahora ha habido una maduración histórica en que la mujer ha adquirido una autoconciencia que no tenía anteriormente. La nueva generación de mujeres que esta época está trayendo, quiere pensarse a sí misma, no ser ya pensada por el varón. Las mujeres quieren reflexionar sobre sí mismas y alcanzar su plena autonomía. En cierto modo quieren dejar de estar protegidas y tuteladas, aunque esto represente experimentar la tensión psíquica que comporta el riesgo de vivir. Quieren correr ese riesgo en total comunión con el varón, lado a lado. En segundo y tercer lugar, dos cuestiones teológicas de capital importancia para el enfoque de la mayoría de edad de la mujer en los ámbitos eclesiales. Son dos temas en los que hay que profundizar valientemente y sin prejuicios: El tratado de la Trinidad y los textos del Génesis sobre la Creación y los de la introducción del mal en el mundo. En el Génesis se nos dice que Dios creó al ser humano como semejanza suya y que, a imagen suya, los creó hombre y mujer. Así que, sólo una imagen masculina y femenina de Dios, que integre la plenitud de la humanidad, puede servir adecuadamente como símbolo de la divinidad. Es pues la mujer tan representativa como el hombre, en cuanto a imagen y semblanza de Dios, y mientras lo femenino no sea acogido en el lenguaje sobre Dios y en las imágenes de la divinidad, no podrá desanudarse la cuestión femenina. Hay en este relato una igualdad original entre el hombre y la mujer que no puede seguir ignorándose. Es más, hay también en estos relatos una responsabilidad recíproca y mutua en la introducción del mal en la historia de la humanidad, que ha sido siempre tergiversada. Los relatos del principio son mitológicos, y es preciso saber que la descripción tan detallada y llena de pormenores que hacen estos relatos, debe verse totalmente encuadrada en el género mítico, que era el único lenguaje del que disponían aquellas culturas para expresar lo que intentan explicar. La Trinidad es el lugar teológico desde el que es necesario profundizar con una mirada nueva. Es preciso superar una imagen de la Trinidad marcadamente masculina a nivel simbólico. Y esto no sólo como una cuestión lingüística. Si el relato del Génesis nos dice que el hombre y la mujer, lo masculino y lo femenino, son creados por Dios a imagen y semblanza suya, no se puede atar lo divino a un solo género. Sabemos que Dios está siempre más allá de cualquier imagen, pero si, por analogía, queremos representarnos algo de lo que Dios es, no podemos pensarlo y hablar de Dios bajo la imagen de un solo género. Haciéndolo así estamos haciendo un reduccionismo que hay que superar. En la imaginación cristiana siempre la Trinidad de Dios ha sido pensada en categorías de masculinidad, por lo menos por lo que hace referencia a las dos primeras Personas. La liturgia, la catequesis y la teología han mantenida estas categorías ininterrumpidamente en el correr de los tiempos, apuntando así a una masculinidad divina esencial que excluye a la mujer como imagen de Dios. Nuestro lenguaje sobre la Trinidad de Dios lo que quiere decir es que Dios es como una triplicidad de relación. Pero las imágenes masculinas de padre e hijo son las que han prosperado en la creencia cristiana, quedando la tercera Persona en una especie de limbo. Esto ha llevado a instalar la masculinidad como propiedad esencial de Dios, dejando lo femenino en el rol de lo dependiente y subordinado, y lo que es peor, para nada adecuado en la analogía sobre Dios. Como conclusión es preciso decir que hay ahora una certeza ineludible de que la estructura patriarcal en la sociedad y en las Iglesias, no ha sido querida ni es querida por Dios. Y aunque es vedad que el camino hacia lo recto y justo … Leer más

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  • Esclarecer la esperanza

    Por Alfredo Rubio de Castarlenas . Hoy día muchas personas lamentan la ausencia de razones para tener esperanza. Y sin embargo casi todo el mundo quiere tenerla. La persona humana siente hambre y sed de esperanza, pero muchas veces este anhelo es difuso y también, desgraciadamente, oscuro. A pesar de todo, por muy desesperado que uno esté, no renunciaría nunca a tenerla aunque no supiera bien en qué ni en quién. Existe una figura de mujer que colmó las esperanzas de todas las generaciones. Una mujer que esperó siempre contra toda esperanza; que acogió en su seno al que era el Hombre Nuevo, que creyó en todo momento en Él aunque no pudiera llegar a entenderle completamente. Ella se mantuvo firme al pie de la cruz cuando todos huían. Y al final, se colmó de gozo al saberle vivo para siempre, como Él lo había prometido. Fue, también, co-mediadora de Pentecostés. Esta mujer es María de Nazareth. Podemos, pues, pedirle a María que la claridad de su esperanza esclarezca los contenidos de la nuestra que, tantas veces, busca a tientas. Solamente teniendo una clara esperanza, las personas podemos lanzarnos a trabajar para hacer realidad los proyectos. La publicación de esta hoja quiere ser un humilde cauce para que tantas esperanzas difusas se iluminen a la luz de María y hagan que la realidad sea así más gozosa, puesto que la auténtica esperanza y la verdadera alegría son el único motor para actuar con fruto. Texto: Alfredo Rubio de Castarlenas  

  • No te temo, Señor, que eres mi amigo

    SONETO XXXII No te temo, Señor, que eres mi amigo Sólo temo no amarte lo suficiente; o sea sin ardor, cual inconsciente de tu gigante amor para conmigo. Quiero quererte más, No lo consigo a pesar de mi esfuerzo permanente. Debería vibrar divinamente para poder mejor estar Contigo. Envíame tu Espíritu de Amor que asumiendo ¡el mío tan pequeño! transforme mi querer en algo digno. ¡Pues qué vergüenza hallarme tan indigno! Si no me das lograr este alto empeño, los dos perdemos con mi desamor. Alfredo Rubio de Castarlenas Sonetos en la Ermita    

  • Amar y servir

    Jesús en el mismo lugar y en la misma ocasión de la Última Cena, nos dio esos dos Mandamientos Nuevos: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» X(Jn. 15,12) y cuando les lavó los pies: servíos unos a otros como yo he hecho (cf.Jn. 13,14). En ambos casos, dio ejemplo de lo que predicaba. Sabemos que nadie da más testimonio de amor que el que ofrece la vida por los amigos. Y Él, horas después, la dio en la Cruz. Igual en ese otro mandamiento: lavar los pies era tarea del más ínfimo de los esclavos de la casa. Y Él, nos da asimismo este supremo testimonio: se hace el Último y sirve. Falso sería nuestro amor al prójimo si no les servimos con abnegación o sea con olvido de nosotros mismos y de nuestros intereses. Pero falso sería igualmente, un servicio que no provenga del amor. Sería adulación, o deseo de conseguir favores, o hipocresía. Amar y servir; ambas cosas son prueba inseparable de la autenticidad de lo uno y de lo otro. Cristo añade también: «Seréis mis amigos si hacéis lo que yo os mando» (Jn. 15,14) Desengañémonos: no puedo ser amigo de Cristo, si no realizo como dos caras de una misma medalla, el amar y servir. Jesús nos dio a todos y para siempre estos dos mandamientos nuevos. Lo hizo en el mismo sitio y casi al mismo tiempo: en el Cenáculo y a lo largo de la Última Cena Pascual. Amaos y servíos. Por Alfredo Rubio de Castarlenas