El año recién pasado, 2025, vivimos en la Iglesia católica un Año Jubilar Ordinario. Sabemos por el Antiguo Testamento que en aquellas épocas el Pueblo de Dios cada 50 años hacía un alto, dedicaba un año al descanso de la tierra de la que Dios era el único dueño. La tierra volvía al Creador y se renovaba, los esclavos recuperaban su libertad.

En la era cristiana los jubileos se comenzaron a celebrar en el año 1300 y la periodicidad ha variado entre 100, 33, 50 y 25 años. A partir de 1475, la periodicidad entre Jubileos Ordinarios ha sido de 25 años, con dos excepciones a causa de las guerras napoleónicas. Desde 1875, cada 25 años se han celebrado estos Jubileos Ordinarios. [1]

Al Jubileo también se le llama “Año Santo”, porque es un tiempo en el que se busca de manera especial experimentar la santidad de Dios que nos transforma.

El Jubileo Ordinario que recién acabamos de finalizar, que fue convocado e inaugurado por el Papa Francisco y clausurado por el Papa León XIV, tuvo como lema “Peregrinos de Esperanza”. La santidad de Dios entonces, nos ha exhortado de manera especial en este Jubileo a transformar nuestras vidas para ser portadores y testigos de su esperanza.

Ahora bien, el Año Santo ha finalizado, las Puertas Santas se han cerrado. ¿Qué ha quedado en nosotros luego de este año? ¿La transformación es pasajera o está llamada a permanecer?

El Papa León XIV en su Mensaje de Navidad dijo: “Se cerrarán las Puertas Santas, pero Cristo, nuestra esperanza, permanece siempre con nosotros. Él es la Puerta siempre abierta, que nos introduce en la vida divina.” Este es un llamado a no dejar la vivencia del Jubileo Ordinario 2025 como una bella experiencia guardada en el baúl de los recuerdos. Si Cristo, nuestro centro, fuente de vida, permanece y está siempre con los brazos abiertos a la humanidad, también nosotros que hemos tenido esta vivencia transformadora iluminada por la esperanza hemos de continuar nuestra peregrinación. Como dice el Papa León XIV, “somos vidas en camino”.

En este sentido, la Iglesia que es madre y maestra, nos lleva de la mano en el peregrinar. Hemos iniciado el año 2026 en el Tiempo litúrgico de Navidad y ahora nos encontramos en el Tiempo Ordinario. La palabra ordinario podría interpretarse como algo de poca estimación o valor, algo rutinario o aburrido. Sin embargo, la palabra ordinario proviene del latín ordinarius derivando de ordo, ordinis (orden) y el sufijo -arius (pertenencia), es decir, «perteneciente al orden» o «dispuesto en orden». ¿Y cuál es ese orden? Pues ni más ni menos que el misterio de Cristo en su plenitud, ya que hacemos camino con Jesús profundizando en sus tres años de predicación, del anuncio y vivencia del Reino de Dios, de su invitación a la conversión y a su seguimiento. Es decir, Jesús nos muestra un camino de esperanza y nos invita a seguirle en esta ruta. Incluso el color litúrgico de este tiempo, el verde, manifiesta la esperanza. Es decir, Jesús nos invita a continuar siendo “peregrinos de esperanza”.

Sin embargo, pronto en este mes, el 18 de febrero, este Tiempo Ordinario se verá interrumpido por el inicio de la Cuaresma a la que seguirá la Pascua para retomar el Tiempo Ordinario el 25 de mayo, luego de Pentecostés.  La ruta del peregrino de esperanza se verá profundamente inspirada por el Misterio Pascual de Cristo, que es el centro de la vida del cristiano. Jesús se encarnó para darnos nueva vida, para liberarnos del pecado y de la muerte. Con su pasión, muerte y resurrección Jesús renueva nuestra esperanza, y al retomar en mayo el Tiempo Ordinario, nos impulsa a dar testimonio de que la verdad, la paz, la justicia, la fiesta son posibles si le permitimos ser el centro de nuestra vida y ser el ancla esperanzadora que nos anima a dar testimonio de su amor.

Ahora bien, si bien es cierto en la vida es bueno estar siempre abiertos a lo inesperado, a lo que vaya aconteciendo para responder a nuestro peregrinar esperanzador, también será oportuno que busquemos identificar rostros concretos, situaciones específicas cercanas a nosotros en donde Jesús cuenta con que llevemos esperanza. De igual forma, también debemos recordar que no caminamos solos, sino que caminamos en comunidad. Somos miembros de la Iglesia y juntos nos acompañamos y animamos en el peregrinar.

Con estas ideas sencillas en la mente y en el corazón, no dejemos sólo en la memoria la hermosa experiencia que hemos tenido en el Jubileo Ordinario 2025, hagámosla vida, dejemos que la santidad de Dios nos siga transformando para ayudar a transformar a otros… ¡Sigamos siendo peregrinos de esperanza!

 

Guatemala

 

[1] Para saber más de la historia de los Jubileos: https://www.iubilaeum2025.va/es/giubileo-2025/giubilei-nella-storia.html