
A lo largo de la historia, la religiosidad ha sido una de las vías fundamentales por las que el ser humano ha buscado sentido a la vida. Ya en la prehistoria aparecen ritos —especialmente los funerarios— como respuesta a la pregunta radical por el más allá. No se trataba solo de prácticas repetidas o de normas externas, sino de una mediación: un puente entre la interioridad humana y la trascendencia. La religión nace y se despliega en ese espacio íntimo donde la vida se orienta, se discierne un rumbo y despierta la conciencia de lo sagrado. En ese mismo ámbito interior brota también la esperanza, entendida como la confianza profunda en que la vida no se agota en lo inmediato, sino que se abre al misterio de Dios.
Con la modernidad, especialmente a partir del siglo XIX, este horizonte comenzó a transformarse. El pensamiento secular se presentó como una alternativa —y en ocasiones como una oposición— a la experiencia religiosa. Pensadores como Marx intuyeron esta tensión, y en el siglo XX se habló incluso del “silencio de Dios”. En Europa, este proceso se ha traducido en una notable disminución de la práctica religiosa. Sin embargo, esta lectura resulta incompleta. Persisten experiencias vivas —como los itinerarios catecumenales— que muestran que la búsqueda espiritual no ha desaparecido. Más bien, la religión ha cambiado de forma, ha mudado de piel, y con ella también las maneras de expresar y vivir la esperanza.
Vivimos hoy en un contexto plural y multirreligioso, rico en propuestas y caminos espirituales. Para quienes viven desde la fe, la esperanza se sostiene en la confianza en Dios y en la certeza de una vida abierta a la trascendencia. Para otros, esta esperanza se expresa en el compromiso ético, en la confianza en el ser humano y en la búsqueda de justicia y sentido en la historia. Sin embargo, la diversidad de opciones puede dificultar la identificación con una tradición concreta y favorecer una vivencia cada vez más privada de la espiritualidad.
Aun así, la religión sigue siendo necesaria como mediación que da forma a la espiritualidad y ofrece un lenguaje compartido para la esperanza. Hemos atravesado la etapa de lo religioso y de la secularidad, y nos situamos ahora en un tiempo marcado por la experiencia, la emoción y la conciencia. En medio del desconcierto ante lo sagrado, se hace urgente trabajar una conciencia capaz de integrar razón, vivencia y emoción, y de abrir espacios de encuentro entre creyentes y no creyentes. Solo así será posible reconstruir el vínculo con el otro, el sentido de pertenencia y una esperanza vivida desde la convicción de que la vida posee un sentido profundo y trascendente.
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