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	<title>Lourdes Flavià archivos - Nuestra Señora de la Claraesperanza</title>
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		<title>María, Faro de Esperanza</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Lourdes Flaviá Forcada]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 19 Jun 2021 09:00:14 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Está María al pie de la cruz, viendo a su hijo pendiendo de ella. El sufrimiento es atroz. No hay mayor dolor para una madre que ver morir a su hijo, más aún de un modo tan cruel. Bajan a su hijo feneciente del madero. Lo sostiene en su regazo como tantas veces lo había</p>
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<p>Está María al pie de la cruz, viendo a su hijo pendiendo de ella. El sufrimiento es atroz. No hay mayor dolor para una madre que ver morir a su hijo, más aún de un modo tan cruel.</p>
<p>Bajan a su hijo feneciente del madero. Lo sostiene en su regazo como tantas veces lo había hecho siendo niño. Lo acaricia, lo estrecha contra su pecho. Ya no hay latidos en el corazón de Jesús. Ella lo contempla, lo abraza como si así pudiera transmitirle un soplo de vida.</p>
<p>Sin embargo, en su semblante no solo se trasluce el sufrimiento. En su mirada se puede vislumbrar un destello de una certeza escondida: la muerte no es la última palabra. Ella, como mujer judía, sabía que Dios es fiel a sus promesas, Dios no quiebra la alianza, Dios no ilusiona vanamente.</p>
<p>La esperanza de María se funda en una confianza absoluta en un Dios que, ante todo, es amor. La clara esperanza de María no surge de un día para otro. Se va forjando a lo largo de su vida. Se nutre, profundiza y acrecienta ante los distintos acontecimientos que la realidad le va presentando.</p>
<p>Quizás esa esperanza empezó en ella con su sí a Dios al ángel de la Anunciación. Junto al acto de fe que hizo ante la invitación a ser la madre del Salvador, hubo también una actitud esperanzadora: “Una fe plenamente vivida entraña la esperanza. Porque la esperanza no es más que el lado de la fe que nos da la certeza de que Dios tiene cuidado del mundo y lo ama” (1).</p>
<p>Probablemente las mujeres estemos más preparadas para la espera, para la esperanza, precisamente por lo que significa tener un cuerpo preparado para acoger una nueva vida y esperar a que ese ser se vaya desarrollando hasta el momento del alumbramiento. Nueve meses de espera, con un cierto temor y, al mismo tiempo, con la esperanza de que todo salga bien.</p>
<p>Actualmente, ante la necesidad de la inmediatez en muchos ámbitos de nuestra vida, hemos perdido la capacidad de saber esperar y, con ello, la esperanza se va marchitando. La espera, la esperanza, se cultiva día a día. No es una actitud pasiva ni resignada. Requiere de un dinamismo interno que se concretiza en los pequeños actos cotidianos. Perdemos la esperanza cuando encasillamos la realidad y no vemos que en ella hay una dimensión de misterio que nos trasciende.</p>
<p>Aprender a esperar confiadamente como María al pie de la cruz, implica vaciarse de todo aquello que impide que el misterio se manifieste. María, tanto en la Anunciación como en la Crucifixión, se vació de ella misma, de sus planes, proyecciones o expectativas para, así, posibilitar que pudiera germinar nueva vida.</p>
<p>Ante el misterio de la cruz, abrazada al cuerpo inerte de Jesús, todo su ser se abrió para acoger, con clara esperanza, la voluntad de Dios.</p>
<p>El Papa Francisco, en una homilía en Santa Marta, invitó a “dar esperanza, tener pasión por la esperanza. Y, como he dicho, no siempre es optimismo, sino que es la que la Virgen, en su corazón tuvo incluso en la oscuridad más grande: la tarde del Viernes hasta la madrugada del Domingo. Esa esperanza: Ella la tenía. Y esa esperanza ha hecho nuevo todo”.</p>
<p>(1) Nuevo Catecismo para adultos, Editorial Herder, Barcelona 1969</p>
<p>Texto: <strong>Lourdes Flavià Forcada </strong><br />
Fuente: <a href="http://pliegotante.blogspot.com/2017/04/" target="_blank" rel="noopener">Nuestra Señora de la Paz y la Alegría </a></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>La Piedad</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Lourdes Flaviá Forcada]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 06 Sep 2014 07:05:47 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>De la Virgen María se conocen muchas advocaciones y formas diversas de expresión e imaginería. A mí siempre me han conmovido de un modo especial las representaciones de La Piedad, la Virgen María con Cristo muerto en su regazo. La más conocida y seguramente inigualable por su belleza, armonía de formas y trabajo escultórico, es</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">De la <strong>Virgen María</strong> se conocen muchas advocaciones y formas diversas de expresión e imaginería. A mí siempre me han conmovido de un modo especial las representaciones de <strong>La Piedad</strong>, la Virgen María con <strong>Cristo</strong> muerto en su regazo. La más conocida y seguramente inigualable por su <strong>belleza</strong>, armonía de formas y trabajo escultórico, es la de <strong>Miguel Ángel</strong>, quien escogió personalmente de las canteras de los Alpes Apuanos de la Toscana el bloque de mármol con el que iba a trabajar. Giorgio Vasari, arquitecto, pintor y escritor italiano del siglo XVI, dice de ella: “es una obra a la que ningún artífice excelente podrá añadir nada en dibujo, ni en gracia, ni, por mucho que se fatiguen, ni en fortaleza, en poder de finura, tersura y cincelado del mármol”<i>.</i></p>
<p style="text-align: justify;">El término “<strong>piedad</strong>” tiene varias acepciones: 1. <strong>Virtud</strong> que inspira, por el <strong>amor</strong> a Dios, tierna devoción a las cosas santas, y, por el amor al prójimo, actos de amor y compasión. 2. Amor entrañable que consagramos a los padres y a objetos venerandos. 3. Lástima, <strong>misericordia</strong>, conmiseración. 4. Representación en pintura o escultura del dolor de la <strong>Virgen María</strong> al sostener el cadáver de Jesucristo descendido de la cruz.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>La piedad</strong> está relacionada con el sentimiento de compasión hacia los demás, ponerse en el lugar del otro, compadecerse del sufrimiento del prójimo. Es uno de los dones del <strong>Espíritu Santo</strong>, cuyos frutos son la bondad y la benignidad. Sin embargo, el término piedad ha ido perdiendo ese sentido y se le relaciona más con el ser personas piadosas o devotas, con lo cual se encierra a la piedad en las iglesias y sacristías, cuando, en su sentido más amplio, engloba una manera de ser y de relacionarse con nuestros semejantes y con todo lo creado.</p>
<p style="text-align: justify;">Contemplando la <strong>Piedad</strong> de <strong>Miguel Ángel</strong>, viendo a Jesús muerto apoyado sobre las rodillas de María, su madre, no puedo dejar de preguntarme qué sentiría ella en ese momento, qué dolor tan grande la embargaría viendo a su hijo deshecho en jirones de carne ensangrentada.</p>
<p style="text-align: justify;">Cada día  o muy a menudo, vemos pasar por nuestra vida a personas que sufren indeciblemente, pero parece que nuestros corazones en vez de ablandarse, se endurecen cada vez más, no sea que en un arranque de bondad, nos sintamos comprometidos a socorrer al que lo necesita. Tenemos que derribar en nosotros esos muros que nos separan de los demás, viendo su sufrimiento como algo que también nos atañe a cada uno y que no nos puede dejar indiferentes. Ser capaces de acoger en nuestra vida el dolor como algo que existe, que es real, que forma parte de nuestra contingencia. No podemos darle la espalda. En la reciente visita del papa Francisco al Instituto Seráfico de Asís donde se encontró con niños afectados por graves discapacidades hospedados y alojados en dicho centro, el papa dejó de lado el discurso programado y exhortó a «escuchar las llagas del mundo» y a ir al encuentro de «los sufrimientos de los más necesitados, de los más humillados, los más indefensos».</p>
<p style="text-align: justify;">Es lo que también encontramos en la primera carta de Juan (1 Juan 3:17) : «Si alguien vive en la abundancia y viendo a su hermano en la necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo permanecerá en el amor de Dios? Hijitos míos no amemos con la lengua y de palabra, sino con obras y de verdad.”</p>
<p style="text-align: justify;">¡Que María Santísima nos ayude a vivir la <strong>piedad</strong> acogiendo en nuestro regazo el dolor del mundo!</p>
<p>Texto:  <strong>Lourdes Flaviá Forcada</strong></p>
<p>Voz: <em>Ester Romero</em></p>
<p>Música:  <em>Manuel Soler</em>, con arreglos e interpretación de <em>Josué Morales</em></p>
<p>Producción:  Hoja Nuestra Señora de la Claraesperanza</p>
<p>Audio: <a href="https://hoja.claraesperanza.net/wp-content/uploads/2013/10/la-piedad.mp3">La Piedad</a></p>
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		<title>La santidad escondida</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Lourdes Flaviá Forcada]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 18 Dec 2011 09:40:54 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
		<category><![CDATA[escondida]]></category>
		<category><![CDATA[La santidad escondida]]></category>
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		<category><![CDATA[santidad]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Una amiga tenía dos sobrinos. Ambos de la misma edad, cinco años, hijos de distintos hermanos. Uno de ellos, vivía una realidad familiar en la que sus padres ponían el centro de su vida en los bienes materiales y en las apariencias. El entorno familiar del otro era bastante distinto. Sus padres eran gente esforzada</p>
<p>La entrada <a href="https://hoja.claraesperanza.net/2011/12/la-santidad-escondida/">La santidad escondida</a> se publicó primero en <a href="https://hoja.claraesperanza.net">Nuestra Señora de la Claraesperanza</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Una amiga tenía dos sobrinos. Ambos de la misma edad, cinco años, hijos de distintos hermanos. Uno de ellos, vivía una realidad familiar en la que sus padres ponían el centro de su vida en los bienes materiales y en las apariencias. El entorno familiar del otro era bastante distinto. Sus padres eran gente esforzada y trabajaban para vivir con dignidad, pero sin arribismos ni comodidades superfluas. Un día, mi amiga les preguntó a sus sobrinos qué querían ser de mayores. El primero contestó: “yo quiero ser rico”. El segundo dijo: “yo quiero ser santo”. Esto, que puede parecer un cuento, es estrictamente cierto.</p>
<p style="text-align: justify;">La santidad pareciera a<img decoding="async" class="alignleft size-full wp-image-4089" alt="personas" src="https://hoja.claraesperanza.net/wp-content/uploads/2012/12/personas.jpg" width="300" height="200" />lgo reservada a unos pocos. Hombres y mujeres extraordinarios que se salen de lo común. Personas elegidas por Dios para ser testimonios y llevar a cabo la misión por Él encomendada. Sin embargo, el deseo de santidad es algo que, como a este niño, nos tendría que surgir de forma natural, porque es en ella donde encontramos la plenitud y el sentido de la existencia. La santidad como algo que se puede ir viviendo en lo cotidiano, en lo ordinario. No pensemos que sólo llegan a la santidad los que veneramos en los altares. ¡Son más, muchos más, los santos anónimos! De ellos, nada sabemos. Sus vidas fueron vidas, podríamos decir, ¿normales? Santidad tejida en la urdimbre del día a día, en el trabajo, en la familia, en la ciudad o en el campo, en el bullicio o en el silencio, en la guerra o en la paz,… ¡Cuántos de ellos o ellas han entregado la vida por amor, sin que nadie haya percibido que, detrás de ese gesto, de esa actitud, de esas palabras o silencios, detrás de ese itinerario existencial, había alguien que, sin pensar en sí mismo o en sí misma, se daba por entero a otros!</p>
<p style="text-align: justify;">Ser santo, ser santa, no significa ir por la vida con una aureola. Ni adoptar posturas de falsa humildad. Precisamente la santidad es ser capaz de reconocer que, a pesar de mi fragilidad, de mi pequeñez, Dios puede obrar a través mío… si yo no le pongo objeciones.</p>
<p style="text-align: justify;">La santidad, no como algo que nos merezcamos, o como un “regalo” que queramos ofrecerle a Dios, sino santidad para resarcir a Dios y al prójimo por el daño causado. Esto puede vacunarnos de la vanidad que podría conllevar el deseo de santidad. Si hago el mal, debo repararlo, sanar la herida causada, enmendar la ofensa. Querer caminar hacia la santidad es abrirse al Espíritu Santo para que él vaya quemando, en nosotros, los vestigios del pecado.</p>
<p style="text-align: justify;">Estos santos anónimos son como esos luceros que nos van marcando el camino hacia el cielo. Ellos nos guían y nos iluminan en nuestras noches oscuras. Con su “santidad escondida” nos muestran que a la santidad estamos todos convocados.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>Por</em><strong><em> Lourdes Flavià</em></strong></p>
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		<title>El Espíritu Santo, motor de nuestra actuación</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Lourdes Flaviá Forcada]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 18 Jan 2010 09:28:35 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
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		<category><![CDATA[Cristo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>A veces los cristianos pensamos que nuestra misión es cambiar el mundo. Con la mejor de las intenciones, pretendemos nadar entre las turbulentas aguas del mal, de la ambición, del poder, creyendo, ingenuamente, que con nuestras fuerzas y deseos de bien transformaremos y mejoraremos el mundo y convertiremos el caos en armonía. El caos existe</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">A veces los cristianos pensamos que nuestra misión es cambiar el mundo. Con la mejor de las intenciones, pretendemos nadar entre las turbulentas aguas del mal, de la ambición, del poder, creyendo, ingenuamente, que con nuestras fuerzas y deseos de bien transformaremos y mejoraremos el mundo y convertiremos el caos en armonía.</p>
<p style="text-align: justify;">El caos existe desde toda la eternidad, “la tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo…” (Gen. 1,1). Y sobre ese caos, Dios Padre hizo la luz y separó la luz de la oscuridad, y creó el firmamento y apartó las aguas de encima y de debajo, y luceros en el firmamento para distinguir el día de la noche, y vegetación en la tierra y animales terrestres y  al hombre,.. y así el Padre creó belleza, creó armonía. Paraíso que se pierde por el pecado y el caos vuelve a emerger.</p>
<p style="text-align: justify;">La labor de Cristo es re-crear de nuevo, construir otra vez el Reino de Dios. En medio de este mar que es el mundo, Él construye un arca de Noé, una barca, algo más que una barca, un trasatlántico, que es como un faro, impulsado por el viento de la caridad. A todos los que quieren subir a esa nave, se les tienden cuerdas y se les iza hacia ese nuevo paraíso. Lo único que se necesita es hacerse como niños, es decir, querer despojarse de las vestiduras del mal y de la frivolidad.  Jesús, a lo largo de su vida, no pierde el tiempo hablando del mundo o tratando de cambiarlo. Lo que hace es construir un nuevo paradigma, una realidad de Reino de Dios. Cristo no ha venido para arreglar el caos, ha venido para construir el universo, un universo de amor, reino de caridad.</p>
<p style="text-align: justify;">Nosotros, los cristianos, nos hemos de dedicar con todas nuestras fuerzas y guiados por el Espíritu Santo a construir el Reino de Dios en medio del mundo. ¿Quién es el que nos va a ayudar en esa tarea? El que desde el principio, como dice el Génesis, “aleteaba por encima de las aguas”. Ese viento de Dios, el Espíritu Santo, es quien, flotando sobre el caos, va llevando, va moviendo a la gente hacia el Reino de Dios.</p>
<p style="text-align: justify;">Antiguamente, los veleros, los barcos mercantes que surcaban los mares, para calmar sus aguas cuando estaban tormentosas, vaciaban grandes cantidades de aceite al mar y esa mancha de aceite apaciguaba las olas. Eso es lo que hemos de hacer nosotros, ungir con el aceite del Espíritu Santo, con la caridad, a toda persona y a toda realidad humana que se acerque a esa nave de Reino de Dios.</p>
<p style="text-align: justify;">A veces la tentación es quedarse cómodamente instalados en ese paraíso alcanzado. La tarea es ir surcando las aguas para mostrar un nuevo estilo de vida e invitar a otros a adherirse a él. Surcar las aguas y cruzar a la otra orilla. Como Jesús (Mc. 4,35), cuando al atardecer de ese día les dice a sus discípulos, “pasemos a la otra orilla”. Aunque eso implique exponerse a peligros, como la borrasca que casi los hizo zozobrar. Pero ahí estaba Jesús con ellos y amaina la tormenta y les increpa, “¿por qué estáis con tanto miedo? ¿cómo no tenéis fe?”.</p>
<p style="text-align: justify;">El Espíritu Santo será quien purificará en la hoguera de la caridad nuestros temores, nuestras debilidades, todo aquello que sea impedimento para ir al encuentro de otros y vivir, ya aquí y ahora, una antesala del Cielo.</p>
<p style="text-align: justify;">Que la caridad sea nuestro motor, que el Espíritu Santo sea nuestra fortaleza, pues sin Él nada podremos en la misión de ir acrecentando el Reino en medio del mundo.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong><em>Por Lourdes Flavià</em></strong></p>
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		<title>Dejar la frivolidad para vivir en plenitud</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Lourdes Flaviá Forcada]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 14 Jan 2010 12:41:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
		<category><![CDATA[Dejar la frivolidad para vivir en plenitud]]></category>
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		<category><![CDATA[plenitud]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Probablemente una de las cosas que más nos aleja de Dios, sea la frivolidad. Sí, la frivolidad. Eso que quizás ni tomamos en cuenta porque pensamos que no tiene ninguna importancia, o porque simplemente no tenemos ni idea de lo que es ser frívolo y lo que eso implica en el plano humano y en el plano de la fe. Creemos que la frivolidad sólo se vive en el mundo del espectáculo o en ciertos ambientes y situaciones, pero va mucho más allá de eso. La frivolidad está más instalada en nosotros mismos y en nuestro mundo, de lo que podemos suponer.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Qué es ser frívolo? Ser frívolo es no tomar en cuenta la densidad, la intensidad y la importancia que tienen las cosas, las personas, las realidades de este mundo. Es pasar por encima de ellas, deslizarse superficialmente, rápidamente, sin ir a fondo. Es  quedarse en la capa más externa de toda realidad porque, de hecho, profundizar significa comprometerse y estar dispuesto a hacer cambios radicales en uno mismo y en las relaciones que establece.</p>
<p style="text-align: justify;">No tomar el peso a las personas, a las cosas, a todo lo creado, a todo lo que existe, a toda realidad viviente es perder la vida. Y así como las personas frívolas dan una apariencia de alegría, es solamente eso, <i>apariencia</i>. Pues la alegría sana y auténtica no nace de la frivolidad sino de tomarse la vida en serio. “Lo más opuesto a la alegría verdadera, es la frivolidad”, decía el sacerdote Pedro Llaurens.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Qué hay que hacer para dejar de ser frívolo? Aprender a <i>detenerse</i> ante la real realidad de cada cosa, de cada ser. Detenerse, hacer una parada en nuestros vertiginosos trayectos y contemplar lo que se muestra ante nosotros. Detenerse y contemplar. Detenerse para saborear, captar, escuchar, observar, palpar, y dejarse penetrar por esa realidad que se despliega ante mí. Detenerse para vivenciar que lo más esencial de la vida nos ha sido dado. Detenerse para percibir que la existencia es algo más que dejarse llevar por la corriente.</p>
<p style="text-align: justify;">En el fondo, la frivolidad es no tomar en cuenta al Creador y a su creación. Y, mientras la soberbia nos inunde y nos arrastre, seguiremos cerrados a la contemplación y disfrute de la belleza plasmada de modos tan diversos, únicos e irrepetibles y tampoco seremos sensibles ante el dolor que forma parte de la existencia humana. El frívolo no ve la belleza genuina pues está encandilado por los destellos de una falsa belleza y no vibra, ni se conmueve, ni siente compasión por el sufrimiento que azota al mundo pues sus sentidos sólo captan aquello que los hace sentirse más de lo que son.</p>
<p style="text-align: justify;">Detenerse es el primer paso para que Alguien pueda darte la mano y mostrarte otro itinerario existencial en el cual la frivolidad no tiene cabida.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong><em>Por Lourdes Flavià</em></strong><br />
<em>Murtra Santa María del Silencio</em></p>
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		<title>Como los Magos de Oriente&#8230; ¡Pongamonos en camino!</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Lourdes Flaviá Forcada]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 11 Jan 2010 10:46:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
		<category><![CDATA[Camino]]></category>
		<category><![CDATA[Como los Magos de Oriente... ¡Pongamonos en camino!]]></category>
		<category><![CDATA[Humilidad]]></category>
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		<category><![CDATA[Magos de Oriente]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>“Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y, cayendo de rodillas, lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">“Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y, cayendo de rodillas, lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.</p>
<p style="text-align: justify;">Y habiendo recibido en sueños un oráculo para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.” (Mt. 2, 10-12)</p>
<p style="text-align: justify;">Los primeros en recibir el anuncio del nacimiento de Jesús, fueron los pastores y los Magos de Oriente. Los pastores eran judíos no religiosos, no observantes; marginados de la sociedad del tiempo de Jesús, gente que no contaba para nada. Los Magos eran sabios, astrólogos, científicos; tampoco eran judíos, ni religiosos, podríamos decir en categorías actuales que eran agnósticos coherentes: ni religiosos, ni bautizados, ni observantes.</p>
<p style="text-align: justify;">A los primeros se les aparece el ángel, anunciándoles la buena nueva. A los segundos, se les aparece una estrella, como un mensajero del cielo, signo de que se anuncia algo de parte de Dios.</p>
<p style="text-align: justify;">En los pastores y en los Magos de alguna manera estamos representados todos. Del no creer podemos pasar a la creencia. Los magos hacen caso del signo y se ponen en camino. Pero primero saben ver el signo… y eso, de algún modo me hace pensar que eran contemplativos, contemplativos de la realidad. Y, por serlo, ven la estrella y se ponen en camino, dejando certezas, seguridades, comodidades,… abiertos al Misterio, a lo desconocido. Esto implica desinstalación y humildad. El soberbio no se mueve del pedestal de sus seguridades, o de las verdades que él ha construido, aunque no estén basadas en la realidad sino en ideas, fantasías o ansias de poder. A los Magos también se les llama los “Sabios de Oriente” y es porque la verdadera sabiduría implica humildad. El sabio investiga, contempla, observa… pues sabe que no lo sabe todo, que el mundo, la vida entera, es un misterio. Por eso está abierto a lo que la realidad le va mostrando.</p>
<p style="text-align: justify;">Y se ponen en camino juntos… son un grupo. La opción de ponerse en camino es personal, pero el grupo es fundamental para hacer una experiencia de fe.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando ven la estrella se llenan de inmensa alegría… ¡qué importante es saber leer los signos! A veces vamos por la vida bien perdidos y, no nos damos cuenta que Dios permanentemente está con nosotros y a través de sus signos nos va mostrando el camino, el verdadero camino, el que lleva a la alegría y felicidad auténticas.</p>
<p style="text-align: justify;">Entran en la casa, ven al niño y lo adoran. Ven y creen. Ellos, que no eran judíos, que no eran religiosos, que no estaban condicionados ni prejuiciados, ven y creen. Todo lo contrario a los que, sintiéndose dentro de la Ley, observantes y cumplidores de todos los preceptos, ven y no creen.</p>
<p style="text-align: justify;">Y le ofrecen oro, incienso y mirra. Ponen a los pies de Jesús, lo más significativo del ser humano. El incienso, signo de su relación con aquel que todo lo trasciende, Dios. La mirra, ungüento balsámico, medicinal, signo de la importancia del cuido de la salud, del propio cuerpo y de los demás, bálsamo curativo, caricia… El oro, no como signo del dinero, sino del trabajo humano para ajardinar el mundo, para irlo haciendo cada vez más “Reino de Dios”.</p>
<p style="text-align: justify;">Los magos vuelven por otro camino. El encuentro con Jesús no les deja igual que antes. El encuentro de cada uno de nosotros con Jesús no nos puede dejar indiferentes. Quizás el camino sea distinto, o quizás sea el mismo pero la forma de recorrerlo, cambian. Después del encuentro con Él, tú ya no eres el mismo y, por tanto, tu itinerario existencial hace un giro de ciento ochenta grados. De alguna manera, cada vez que nos encontramos con “otro”, este encuentro si es auténtico, si no es frívolo, también nos cambia, nuestro camino se va enriqueciendo y se va transformando con cada nuevo rostro.</p>
<p style="text-align: justify;">Jesús, estrella y término de todos los caminos, creemos en lo que Tú nos prometiste: “Yo estaré siempre con vosotros, hasta el fin de los tiempos”.</p>
<p style="text-align: justify;"><em><strong>Por Lourdes Flaviá</strong></em></p>
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		<title>El denario del César</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Lourdes Flaviá Forcada]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 11 Jan 2010 09:17:52 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Castigo]]></category>
		<category><![CDATA[César]]></category>
		<category><![CDATA[Dios]]></category>
		<category><![CDATA[El denario del César]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Cuando los fariseos le preguntaron a Jesús si les era lícito pagar o no tributo a César, posiblemente no esperaban tan sagaz respuesta: «lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios». Tampoco entenderían, en toda su hondura, lo que ésta implicaba. Hoy día parece que tengamos muy clara la primera parte</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Cuando los fariseos le preguntaron a Jesús si les era lícito pagar o no tributo a César, posiblemente no esperaban tan sagaz respuesta: «lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios». Tampoco entenderían, en toda su hondura, lo que ésta implicaba. Hoy día parece que tengamos muy clara la primera parte del enunciado pero hemos olvidado la segunda.</p>
<p style="text-align: justify;"><a href="https://hoja.claraesperanza.net/wp-content/uploads/2010/01/eldenariodelcessar1.jpg"><img decoding="async" class="alignleft size-medium wp-image-5366" alt="eldenariodelcessar" src="https://hoja.claraesperanza.net/wp-content/uploads/2010/01/eldenariodelcessar1-300x225.jpg" width="300" height="225" /></a>Pagamos los impuestos, hacemos la concerniente declaración de renta, nos ocupamos de tener al día los pagos de los servicios públicos, le damos al Estado lo que le corresponde&#8230; Nos conviene estar al día en nuestros deberes tributarios. Además, sabemos que si no lo realizamos en su debido momento, más tarde tendremos que cargar con las consecuencias de la demora: la multa, la suspensión del servicio de luz o de agua, embargo de bienes, etc.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero hay Alguien al cual también le corresponde algo. Nuestro compromiso tributario con Él no se define por cifras sino por algo que es mucho más difícil de cuantificar. Sólo nos pide una cosa: que le amemos.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Nos hemos preguntado en algún momento si damos a Dios lo que es de Dios?</p>
<p style="text-align: justify;">Él nos ha regalado, el mayor bien, el don de la existencia. De la nada, del no-ser, nos ha llamado a la vida en la infinitud del espacio sideral. Y por esa inigualable sensación que percibimos cada nuevo amanecer. ¿Le damos gracias? ¿Le alabamos y bendecimos? San Juan nos dice: «Amad a Dios porque él os amó antes».</p>
<p style="text-align: justify;">En el fondo pensamos que si no le entregamos a Dios lo que en verdad es de Él, no va a pasar nada. No será Él quien corte el suministro eléctrico de su Amor. Nos seguirá amando igual. El tendido eléctrico, la conducción de aguas que Él ha implementado, seguirá estando. Sólo depende de cada uno de nosotros que queramos darle al interruptor de la luz o abrir el grifo del agua. Su respeto hacia nuestra libertad no tiene medida.</p>
<p style="text-align: justify;">Quizás por eso, porque sabemos que Él está siempre disponible, nos damos el engañoso lujo de dejarlo esperando. Además, no habrá castigo. Él es misericordioso, no un Estado fiscalizador. Es más Padre que juez. Él es libertad creadora.</p>
<p style="text-align: justify;">¡Qué necios somos! Ya que desentendiéndonos de Dios, somos nosotros mismos quienes nos castigamos. Nos privamos de la mejor parte. Poniendo libremente y por amor nuestra vida, nuestra libertad, en sus manos, seremos co-partícipes con Él en la construcción del Reino. No olvidemos que amar a Dios supone, también, anunciarlo y amar, en Él a los hermanos.</p>
<p style="text-align: justify;"><em><strong>Por Lourdes Flaviá</strong></em><br />
<em>(Chiu Chiu, Chile)</em></p>
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		<title>¡Shalom!</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Lourdes Flaviá Forcada]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 09 Jan 2010 10:39:02 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
		<category><![CDATA[Cristo]]></category>
		<category><![CDATA[Lourdes Flavià]]></category>
		<category><![CDATA[paz]]></category>
		<category><![CDATA[Reino de los Cielos]]></category>
		<category><![CDATA[Santiago de Chile]]></category>
		<category><![CDATA[¡Shalom!]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>«Paz a esta casa». En esto consiste el saludo semita, en desear la paz. Se concibe como algo muy concreto que no puede ser ineficaz y que, si no puede realizarse, vuelve al que lo ha emitido: «Al entrar en la casa, saludarla. Si la casa es digna, llegue a ella vuestra paz; más si</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">«Paz a esta casa». En esto consiste el saludo semita, en desear la paz. Se concibe como algo muy concreto que no <a href="https://hoja.claraesperanza.net/wp-content/uploads/2010/01/foto_laultimacena.jpg"><img decoding="async" class="alignright size-full wp-image-5348" alt="foto_laultimacena" src="https://hoja.claraesperanza.net/wp-content/uploads/2010/01/foto_laultimacena.jpg" width="185" height="187" /></a>puede ser ineficaz y que, si no puede realizarse, vuelve al que lo ha emitido: «Al entrar en la casa, saludarla. Si la casa es digna, llegue a ella vuestra paz; más si no es digna, vuestra paz se vuelva a vosotros» (Mt 10,12) ¿Somos dignos de la paz, es decir, del conjunto de bienes temporales y espirituales que este saludo desea? ¿Tenemos nuestra casa nuestro espíritu, aseado y en orden, acogedor para recibir la paz de Cristo?</p>
<p style="text-align: justify;">Durante la Última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: «Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde» (Jn. 14,27) ¿A qué paz se está refiriendo Jesús? Él -nos dice- no la da como la da al mundo. La paz que nos ofrece el mundo es, a menudo, una paz cómoda y anclada sólo en las seguridades terrenas; una paz que no se compromete demasiado y que se mueve, no tanto por buscar el bien común, como por la defensa del ámbito de lo propio. Es una paz que puede llegar a hastiar y que, a la larga, provocará profundos malestares y nuevas luchas.</p>
<p style="text-align: justify;">La paz de Cristo es otra paz. Él es la paz. Es una paz que interpela y, que por lo mismo, pide una respuesta. Su paz anhela la metamorfosis del corazón del hombre, invitándole a abandonar las inseguridades y a avanzar, libre y responsablemente, por la senda del compromiso solidario. Por ello Jesús, después de dar la paz a los suyos, les dice: «No se turbe vuestro corazón ni se acobarde». Nos llama a ser intrépidos, a no temer lanzarse a la aventura de la entrega en el amor, porque Él estará con nosotros hasta el fin de los tiempos.</p>
<p style="text-align: justify;">La paz de Cristo, caudal de límpidas aguas, desemboca en el océano infinito del Reino de los Cielos. Y en el Reino, la Paz eclosiona en luminosa fiesta.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong><em>Por Lourdes Flaviá</em></strong><br />
<em>(Santiago de Chile)</em></p>
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