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Clara, la mujer

La Creación está llena de maravillas. Nos pasmamos ante la belleza de las noches con estrellas; de las rosas; del agua cuando cae en catarata. Y la más grande belleza, es un ser humano. Toda persona, en su simple y llana existencia natural, es un prodigio que respira, elige, piensa, ama. Es la obra cumbre de la Creación, a quien Dios dio el enorme don de la libertad. Un regalo con frecuencia mal utilizado, pero que es la máxima muestra de su Amor de Padre.

claralamujerClara es un ser humano. Como tal, ya en sí misma es una obra de artesanía. Es una persona femenina, lo que le da un matiz particular a su modo de ser y de obrar. Y por todo ello, esta mujer se dirige al Autor de todo, exclamando con sencillez: «Gracias, Señor, porque me has creado». Como buena discípula de Francisco, está contenta de ser simplemente una criatura de Dios.

Este es el mejor punto de partida para que Clara salte mucho más allá, abriendo su libertad a Jesucristo de un modo total e incondicional.

Es bueno recordar que Clara fue una mujer. Una persona como todas, con sus dudas, sus limitaciones, sus tentaciones, temores, los condicionantes propios de su época, y hasta sus errores y pecados. No creamos hacerla «más santa» suponiendo que no tuvo necesidad de conversión. Sólo ha habido y habrá en la Historia una mujer Inmaculada. Con el resto de los mortales, Dios debe emplear una paciente y amorosa pedagogía. Y esto no resta valor a nuestra Clara, ni a ninguno de los Santos. ¡Al contrario!, hace que luzca más hermosamente la potencia de la Redención, y la obra santificadora del Espíritu de Dios, que en ella dejó ver muy pronto sus frutos.

¿Cuál fue el mérito de Clara, la mujer, y de las que la siguieron? Seguramente, no estorbar a Dios que la habitaba. No intentar ser perfecta por sí misma, sino dejar al Alfarero modelarla a Su entera voluntad. Estar atenta, velando, para responder de inmediato a cada nueva llamada a la Santidad. Y sobre todo, amar y dejarse amar. Dejar que fuera configurada en su corazón y en su rostro la imagen de Cristo para amar como Él ama: a toda persona, sin cansarse, con total generosidad. Con paz y con alegría. En unidad con sus hermanas.

Cada ser humano, tú, yo, todos, estamos invitados a esta aventura impresionante. Basta sólo con dejarse conducir por Cristo.

Clara, obra de artesanía como mujer, obra de arte que el Espíritu cinceló para que fuera, junto con sus hermanas, luz del mundo.

Por Leticia Soberón
(Santafé de Bogotá)

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