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Por Hoja Nuestra Señora de la Claraesperanza|2025-04-04T20:57:11+00:004 abril, 2025|

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ACTUALIZACIÓN DEL MES

  • ¿Crees en Dios? Quizás esa no sea la pregunta…

    Hay preguntas aparentemente sencillas que, sin embargo, esconden un mundo entero. Claramente sería el caso de esta: «¿Crees en Dios?» Podemos responder rápidamente: sí o no. Podemos incluso disponer de buenos argumentos para justificar nuestra respuesta. Pero, tratándose de Dios, quizá la pregunta sea demasiado pequeña para todo lo que pretende abarcar. Hace ya algunos años, escuché una respuesta de Carl Gustav Jung que se me quedó dentro. En una entrevista para la BBC, el periodista John Freeman le preguntó directamente: — ¿Cree usted en Dios? Jung guardó silencio durante unos instantes. Y respondió: — Es difícil responder. Yo sé. No necesito creer. La frase puede desconcertar. ¿Cómo que «sé»? ¿Cómo se puede «saber» algo sobre Dios? Probablemente, Jung no estaba intentando demostrar nada; no estaba ofreciendo una prueba de la existencia de Dios. Estaba refiriéndose a otra cosa: a una experiencia. Hay cosas que conocemos no porque alguien nos las haya explicado. Las conocemos porque, de alguna manera, nos han sucedido. Sabemos qué es el amor cuando alguien nos ha amado de verdad, cuando hemos amado de verdad. Sabemos qué significa el perdón cuando alguien nos ha perdonado —tanto si lo merecíamos como si no—, cuando hemos sido capaces de perdonar. Sabemos qué es la esperanza cuando, en medio de una situación difícil, vislumbramos un horizonte. Cuando surge en nosotros una fuerza que no sabemos muy bien de dónde proviene. No es un conocimiento que podamos poner en una fórmula. Es un conocimiento que se experimenta. Quizá por eso, la pregunta por Dios no empieza necesariamente en la mente. A veces empieza en una herida. Otras, en una alegría. Empieza ante el nacimiento de un hijo, ante la muerte de alguien amado, ante una música que nos conmueve profundamente, ante la belleza de un paisaje, ante una persona que nos acompaña cuando más solos nos sentimos… Hay momentos en los que la vida parece decirnos, en silencio, que hay algo más. No sabemos ponerle nombre. No podemos demostrarlo. Pero lo intuimos. A veces, hasta con certeza. Jung llamó numinosa a ese tipo de experiencia: aquello que nos toca desde una profundidad que no controlamos, que nos sobrepasa y que, al mismo tiempo, puede despertar en nosotros una sensación de sentido, de respeto, de admiración o de misterio. Y de aquí se desprende algo importante para la fe cristiana: no nace de una definición; nace de una relación. Porque creer en Dios no significa simplemente admitir que «Dios existe». Los discípulos no comenzaron a seguir a Jesús porque hubieran resuelto intelectualmente el problema de Dios. Comenzaron porque se encontraron con alguien. Alguien que los miró, los llamó, caminó con ellos, entró en sus vidas… y algo (o todo) cambió. Quizás esto es lo que significa creer. No solo afirmar que Dios existe, sino descubrir que mi vida está vinculada a Él. Y que eso cambia algo (o, más bien, todo). Por eso resulta tan sugerente la intuición de Jung, con independencia de que su pensamiento no sea del todo identificable con la fe cristiana. Nos advierte que podemos hablar mucho de Dios sin haber dejado que Dios nos afecte realmente. Podemos saber muchas cosas sobre la fe y, sin embargo, no haber experimentado la confianza. Podemos conocer muchas palabras religiosas y no haber descubierto todavía el misterio que esconden. Podemos decir «Dios» y no haber aprendido a reconocer su presencia. De ahí que me plantee si la pregunta «¿Crees en Dios?» no debería abrirse a otras: ¿Dónde has encontrado vida cuando pensabas que ya no quedaba? ¿Quién te ha sostenido cuando no podías hacerlo tú solo? ¿Qué experiencia te ha hecho intuir que la realidad es más grande que aquello que puedes ver, comprender y controlar? Tal vez sea ahí donde comienza la pregunta por Dios. Y también la respuesta. En una experiencia que nos abre. En la humildad de reconocer que hay una profundidad que nos supera, más que en la pretensión de tenerlo todo explicado. En dejarnos encontrar por el Otro, más que en poseer a Dios. Porque quizá la fe no consiste tanto en decir «yo creo en Dios» como en descubrir, poco a poco, que Dios ya estaba ahí y ahora puedo reconocerle y establecer una relación con Él. Estaba en aquella persona. En aquella palabra. En aquel perdón. En aquella esperanza. En aquella vida que, sin saber muy bien cómo, volvió a levantarse y renació. Así que, la pregunta «¿Crees en Dios?» en realidad, nos remite a otras cuestiones: «¿Has encontrado alguna vez en tu vida algo —o a Alguien— que te haya hecho descubrir que no estás solo, que la realidad es más grande que tú y que tu vida tiene una profundidad que no puedes explicar del todo?» A partir de ahí, la palabra «Dios» deja de ser solamente una palabra. Se convierte en la posibilidad de un encuentro que no tengo que creer porque lo vivo. Y la fe, más que resolver la pregunta, comienza a desplegarla.

  • Vivir agradeciendo

    Hace unas semanas estuve en una bella tierra a la que hacía más de 15 años que no viajaba. Allí viví casi 4 años, de 1996 al 2000. Chile es un país especialmente querido. Su bonito paisaje, sin duda, tan contrastado, con el desierto de Atacama en el norte y la zona de los lagos en el sur, hace que guarde en mi memoria muchos lindos recuerdos, aunque lo más hermoso siempre son las personas. En aquellos años tuve la oportunidad de vivir en Santiago, su capital, de conocer y crecer con la comunidad de la Capilla Milagrosa, también de viajar al sur con unos buenos amigos y de realizar un voluntariado en el norte, cerca de Calama, donde deseábamos construir la actual Murtra Santa Maria del Silencio. En esta ocasión, como diríamos coloquialmente, el tiempo ha pasado volando. Han sido tres semanas que podría resumir con quizá una palabra: agradecimiento. ¡Qué importante es aprender a parar y agradecer todo lo vivido! Para ello, el desierto es un lugar idóneo. Agradecer el don de la vida, de la amistad, las miradas atentas, las sonrisas transparentes, los cálidos abrazos, los silencios profundos, las enseñanzas cariñosas, las presencias discretas, las alegrías entusiasmantes. Agradecer la gratuidad del que da sin esperar nada a cambio y la oportunidad de darse también uno, tejiendo ese gustoso equilibrio de vida y amistad. Y para ello ha sido necesario parar. Sí, dejar a un lado las prisas, los ruidos, las preocupaciones, los miedos, las incertidumbres, los recelos. Abrir el corazón y abandonarse, respirar con profundidad, confiar, dejar que los sentidos vayan despertando y contemplar con ternura lo que nos ha sido dado y se nos muestra. Quizá un rayo de sol, una lluvia inesperada, una cerveza compartida, un paisaje y también todo aquello que, pareciendo menos agradable, teje nuestro interior y nos ayuda a seguir creciendo. Casi todo en la vida es un aprendizaje, también el vivir agradecido, agradeciendo. Tomando prestada la palabra «sostenible», con la que actualmente definimos algo que se puede mantener durante mucho tiempo sin agotar los recursos ni causar daños graves al medio ambiente, creo que lo más sostenible en la vida del ser humano es vivir agradecido. El agradecimiento no agota nuestra vida, no causa daños en la vida de los demás y genera un impacto positivo. Una huella humana sostenible, basada en el agradecimiento, puede ser un buen motor de cambio que impulse nuestra sociedad hacia un nuevo estilo de vida más humilde y también más eficaz y rentable, caritativamente hablando.

  • Dios, fuente de madurez

    Dios, fuente de madurez Entrevista a Magdalena Sánchez.Blesa IV.Encuentro Teológico: Dios, fuente de madurez ¿Existen criterios para considerar que una persona es madura? El ser humano no deja de crecer mientras vive. Sin embargo, el crecimiento por sí solo no garantiza la madurez. La madurez humana no se mide por la edad o los logros profesionales; es un proceso integral que abarca la dimensión emocional, intelectual, ética, social y espiritual de la persona. Para los cristianos Jesús de Nazaret es ejemplo de madurez humana. Y apoyar nuestra vida en el Dios de Jesús, nos ayuda a crecer de una manera plena para amar la vida y a los demás. En este Encuentro Teológico nos preguntamos: ¿Cuáles son las características de madurez humana que podemos deducir de la vida de Jesús? ¿Cómo la apertura a lo trascendente fortalece nuestra coherencia interior y nuestra capacidad de amar? Existen muchas otras fuentes que aportan al crecimiento y a la madurez humana. Nos gustaría conocerlas, explorarlas, escucharlas… https://youtu.be/JCXd0nvT12c?si=wxkyabxuOSxVibcg  

  • Por la pastoral de la salud mental

    Hay heridas que muchas veces permanecen invisibles y que se viven en la más profunda soledad. Quienes atraviesan una enfermedad mental suelen enfrentar, además del propio sufrimiento, el peso del estigma y la indiferencia de quienes miran hacia otro lado. Frente a esta realidad, la Iglesia está llamada a ser casa abierta, comunidad que escucha sin juzgar y que acompaña. El Papa León, en su intención de oración para este mes, nos invita a rezar por la pastoral de la salud mental, para que sepamos acoger a quienes sufren en silencio, sostener a quienes cuidan de ellos, y aprender a integrar el cuidado de la salud mental en nuestra vida comunitaria, como signo vivo de misericordia. No estás solo: al rezar te unes a millones de personas de la Red Mundial de Oración del Papa que, desde cada rincón del mundo, oran por los desafíos de la humanidad y de la misión de la lglesia. https://youtu.be/eTjkfBZYjqI?si=hbefm115kc90O4Of En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. Dios de la vida, Tú conoces lo más íntimo de nuestro corazón, las luces y sombras que nos habitan, las heridas silenciosas que a veces nadie ve. Hoy te presentamos a nuestros hermanos y hermanas que enfrentan dificultades en su salud mental, que sufren en soledad con ansiedad, depresión o cualquier otra enfermedad mental. Tú los llamas por su nombre, con ternura, y en Ti encuentran dignidad y esperanza. Perdónanos por las veces que hemos mirado hacia otro lado, alimentando el estigma y la discriminación hacia las personas con enfermedades mentales. Haz que tu Iglesia sea casa abierta, espacio seguro donde todos tengan lugar, comunidad que acompaña y no descarta, que escucha sin juzgar y se acerca sin miedo. Te pedimos, Señor, por quienes cuidan: profesionales, familiares, voluntarios, hombres y mujeres que con paciencia y amor tienden puentes de comprensión y consuelo. Dales fortaleza y compasión para sostener. Envía tu Espíritu sobre nosotros, para que aprendamos a acoger e integrar el cuidado de la salud mental en la vida y en la misión de nuestras comunidades y de toda la Iglesia, y así lleguemos a ser un signo vivo de tu misericordia, que nunca abandona y siempre restaura. Amén.

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