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Por Hoja Nuestra Señora de la Claraesperanza|2025-04-04T20:57:11+00:004 abril, 2025|

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ACTUALIDAD

La mujer con flujos y la hija del archisinagogo Por Inmaculada Calderon Yo soy la Vida - La resurrección de Lázaro Por Montse de Paz Yo Soy el Buen Pastor Por Montse de Paz Virgen Desatanudos Por Hoja Nuestra Señora de la Claraesperanza

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ACTUALIZACIÓN DEL MES

  • La mujer con flujos y la hija del archisinagogo

    Hoy vamos a tratar de un pasaje evangélico de tradición muy antigua, pues es recogido por los tres sinópticos (Mc V, 21-43; Mt IX, 18-26; Lc VIII, 40-56), y forma muy llamativa en los tres, ya que presenta una estructura encuadrada lograda por la técnica narrativa de la intercalación. Y este hecho no es baladí puesto que ambas historias se hallan fuertemente entrelazadas por su significado más profundo. El protagonismo en los dos casos recae en personajes femeninos, una mujer con hemorragias y una adolescente postrada, que representan la situación de marginalidad de las mujeres en el judaísmo de tiempos de Jesús así como la determinación segura y confiada de superar ese sistema y alcanzar una vida plena. La mujer lleva enferma doce años y esos mismos son los que la niña cuenta como edad: doce, el número que simbólicamente representa al pueblo de Israel. De la niña se nos informa que es la hija (thygater) de un archisinagogo y esa misma palabra, thygater, es la que empleará Jesús para llamar cariñosamente a la mujer tras su curación. Ambas son hijas, con todo lo que de cariño entrañable encierra esta palabra sobre todo si es pronunciada en diminutivo (thygatrion). Jesús está de vuelta de la tierra de los gerasenos tras haber cruzado en barca el mar de Galilea y lo espera en la orilla una muchedumbre de la que se adelanta un archisinagogo, de nombre Jairo (el portador de la luz) en los evangelios de Marcos y Lucas, para echarse a los pies de Jesús y rogarle que vaya a su casa a curar a su hijita que está muy enferma. Y es en medio de esos ruegos cuando la mujer toma la determinación de acercarse por detrás y tocar el manto de Jesús plenamente confiada en que sólo su roce podrá liberarla de su mal. Cabe aquí destacar la diferencia entre la actitud del jefe de la sinagoga y la de la hemorroisa. Jairo sale al frente, mira a Jesús y se postra a sus plantas en actitud suplicante. Es un varón que puede presentarse y expresar su ruego libremente. Sin embargo, ella es una mujer proscrita por su enfermedad, el colmo de la impureza de la que la muchedumbre se habría apartado asqueada si hubiera conocido su condición. Es una mujer a la que en doce años nadie se ha acercado, que ha debido mantenerse alejada y al margen de la sociedad, una mujer afectada de lo que el evangelio llama mastix, palabra griega cuya primera acepción es «látigo» y de ahí su significado como «castigo», porque sus flujos no son sólo una enfermedad debilitante y molesta, son algo más, son la expresión de un supuesto mal moral cuya consecuencia es, no ya una enfermedad cualquiera, sino, junto con la lepra, la más denigrante de todas. Por eso la mujer, y ya es osadía, sólo se atreve a acercarse por detrás y rozar levemente las vestiduras de forma completamente anónima. Y no por Jesús, en quien ha puesto toda su confianza, sino por esa multitud que la rodea. Tanto Marcos como Lucas nos informan de que la mujer ha gastado vanamente todo su capital en médicos que no la han sanado. Y eso tiene su lógica: esos médicos, pertenecientes al sistema, como también lo es el archisinagogo, nunca podrían sanarla. A lo sumo podrían haber solucionado el mal físico y hacer que el flujo continuo cesara, pero nunca serían fuente de sanación ya que ella, dentro del judaísmo, seguiría siendo cíclicamente impura hasta que la vejez le arrebatara lo único por lo que una mujer valía: la posibilidad de dar hijos. Esos médicos eran incapaces de liberarla y otorgarle la dignidad de persona más allá de sus condicionantes fisiológicos. Por eso centra su fe y su confianza en alguien que ofrece una sanación diferente de la de médicos y curanderos. En los tres relatos evangélicos se observa tanto su determinación como su total seguridad: «Si sólo una vez toco su manto, me veré liberada» (Mt IX, 21). Su certeza llega al extremo de saber que sólo necesita un leve contacto con el manto, pero su gesto es mucho más osado de lo que en principio puede parecer. A ojos de nuestros días, podemos interpretar que la mujer sólo se atreve a tocar un extremo de la ropa más exterior de Jesús, es decir, que evita el roce con su persona por no considerarse digna de ello. Pero si nos situamos en la clave interpretativa correcta, veremos que es todo lo contrario: el manto que la mujer toca es el talit, el manto de oración, la prenda más sagrada que podía portar un judío piadoso, aquella que no debía bajo ningún concepto tocar impureza o inmundicia. Es decir, la mujer apartada de lo humano, pero sobre todo de lo divino, se aferra a lo más sagrado, a aquello que representa a Dios. Pero es que además Mateo y Lucas narran que se aferró a un kraspedon, a una borla y, ¿qué eran estas borlas? El talit tenía cuatro puntas y en cada una de ellas estaba bordada una letra del tetragramma, es decir, del nombre impronunciable y divino del Dios de Israel, YHWH («el que soy y estaré contigo»). Debajo de cada letra, de la punta, colgaba una borla, llamada tzit-tzit que estaba trenzada con siete hilos, el número de la plenitud, y un hilo azul que representaba la realeza de YHWH. Estas borlas tenían cinco nudos y entre ellas una serie de vueltas cuyo valor numérico expresaba «YHWH nuestro Dios es uno». Ahora podemos comprender plenamente la osadía de la mujer apartada de lo humano y lo divino por impureza. No sólo se aferra a una prenda sagrada, sino que toca con sus manos lo que ni siquiera el más piadoso de los hombres ponía en su boca, el nombre impronunciable de Dios. Ella, a la que no se permitía ni recitar el comienzo de un salmo, osa agarrarse al ser de Dios, al cogollo del misterio, … Leer más

  • Jesús sana porque vincula

    ¿Qué es curar, más allá de hacer desaparecer unos síntomas? Creo que es darle un sentido a lo que se está experimentando como falta de salud. Dicho en otras palabras, curar es transformar (ir más allá de la forma) lo que siento hacia lo que estoy viviendo de manera dolorosa. Y ese proceso implica comprender qué me ha traído hasta la situación actual. Qué hay en el origen de mi “mal” y cómo esa causa se ha ido convirtiendo en el síntoma que me aqueja. Hago esta reflexión porque una parte importante de los Evangelios nos muestran la actividad sanadora de Jesús. Sin querer generalizar, me parece que en casi todos los casos no es Jesús el que se acerca a la persona doliente, sino es quien se encuentra sufriendo o algún familiar quien pide a Jesús la sanación. Entonces vemos que hay una autopercepción de falta de salud, de desdicha, de “endemoniamiento”, de estado de muerte. Este es el primer gran paso para querer sanar o salvarse. “Tu fe te ha salvado” o “que se haga según tu fe”, reconoce siempre Jesús. Jesús valida la iniciativa de las personas que le buscan y parte de ello, de su deseo hondo de sanar, para que se realice “el milagro”. Aquí se nos abren los ojos para contemplar que la sanación o la salvación se produce a partir de una relación, de un contacto, de una comunicación, de un estado de comunión. Siempre se establece un vínculo entre la persona que quiere sanar y Jesús, y es este vínculo la chispa que detona la mejoría, la transformación. Y realmente hay un contacto: Jesús toca, toma de la mano, levanta, pone saliva y tierra, habla, sale energía de su manto… Jesús escucha, porque escuchar es una manera importante de tocar, de hacer contacto, de conectar con la raíz. Las personas le hablan de sus síntomas, de lo que sienten, de la muerte del ser querido, y Jesús escucha lo evidente, pero mira más allá, toca el fondo. Transmite coherencia a la persona, le da valor a lo que está viviendo, comprende su lepra, abraza su demonio. Y, en consecuencia, actúa con autoridad. Jesús es serio en querer que esa persona salga de su estado de enfermedad, de parálisis, de aturdimiento, de autocastigo. Decíamos que la acción sanadora de Jesús transforma. Lo importante de dicha sanación es que no es sólo individual. Sí que la persona doliente experimenta un cambio en su vida, pero no sólo ella. La sanación es comunitaria. Cuando alguien enferma, no enferma solo. Una enfermedad muchas veces arrastra a toda una familia porque trastoca su organización, su estado de ánimo, su economía. Y muchas veces la enfermedad de una persona no es cosa suya, sino que es la expresión de una serie de incoherencias, malos hábitos, sentimientos enquistados, mala comunicación… de toda una familia o del grupo humano donde se desenvuelve. O, incluso, de una comunidad religiosa, como mostraba algunos de los pasajes evangélicos. Entonces la sanación o la salvación adquiere un carácter comunitario. En muchas ocasiones los evangelios nos hablan de personas anónimas: dos ciegos, un leproso, un endemoniado, un tullido, una mujer con flujos. Este anonimato quiere poner de relieve que más que una persona concreta, quien sufre es toda una comunidad representada en ese ser singular. Intentar cambiar nuestra mirada sobre lo que nos aqueja nos ayuda a reconocer que muchas veces tiene una dimensión social o estructural. Sanar es también romper con ese círculo vicioso. No podré cambiar toda una sociedad o a mi familia o mi grupo de referencia para que yo me sane. Pero sí puedo comenzar a cambiar yo algunas cosas para que mi entorno se transforme. O, como mínimo, para que se transforme mi manera de percibirlo y de relacionarme con él. Y esto se puede encarnar desde buscar hábitos saludables, hasta relaciones de no exigencia o renunciar a soportar cargas que no me corresponden. La fe nos salva. Pero a la fe hay que escucharla para que nos diga qué nos está matando o enfermando. La fe es el impulso vital, lo que nos mueve. No es algo que se tenga como una posesión o un deseo, la fe se experimenta como una conexión o consciencia de formar parte de algo que va más allá de mí. Jesús sana porque ayuda a que la persona recupere o descubra su vínculo con la Vida. Poeta

  • Más corazón en las manos

    Es la expresión con la que San Camilo de Lelis animaba a cuidar de los enfermos y de los necesitados. El deseo de Camilo, fundador de la Orden de religiosos Camilos era crear una compañía de hombres que sirvieran a los enfermos voluntariamente y por amor a Dios, con el mismo amor que tiene una madre por su hijo enfermo. San Camilo ya consideraba la importancia de las manos como medio para transmitir presencia, proximidad y afecto. Cuidar con las manos, usar el sentido del tacto, quizá el más íntimo de nuestros sentidos, nos permite entender que somos cuerpo, seres vulnerables y necesitados de cuidados. Hay gestos que hablan antes de que las palabras sean pronunciadas. A través de las manos se pueden expresar sentimientos que a penas alcanzamos a decir con palabras. Sostener, acompañar, bendecir, acariciar, ungir a través de las manos son acciones que encarnan realidades que nos acompañan y a la vez nos trascienden. En los evangelios son muchas las ocasiones en las que encontramos cómo el tacto es el modo de comunicación principal. Jesús toca y se deja tocar. Comunica y sana con sus manos y con su presencia. Abre los ojos al ciego tocándolos con barro y abriéndolos a la luz; incumple la ley y toca a los leprosos sanándolos y dándoles la dignidad de personas. Toma de la mano a la suegra de Pedro, toma la mano de la hija de Jairo, se deja tocar por una mujer enferma de hemorragias y la sana, lava los pies de los apóstoles y se deja ungir con perfume por una mujer. En todos los casos, Jesús realiza una sanación integral y les devuelve  la dignidad de personas, les transmite esa filiación de hijos del mismo Padre. En cada uno de estos episodios es a través de la acción de tocar que se da la posibilidad de encuentro y de sanación. En los sacramentos también está presente el sentido del tacto. La imposición de manos, la unción con aceite, el agua del bautismo, incluso en el pan y el vino de la eucaristía hay una presencia de tocar, de saborear. Y es que Dios no es ajeno a la materia, no rechaza el cuerpo si no que lo abraza y le infunde vida. “Y vio Dios que era bueno”. En aquellas experiencias de cuidados por enfermedad, por fragilidad, de final de la vida la comunicación táctil se vuelve especialmente prioritaria y profunda. Es preciso entender una ética del cuidado que esté fundamentada en la libertad y el consuelo.  Acercarse a ese cuerpo que se cuida con afecto, acogiendo el misterio de su biografía quizá desconocida; realizar las tareas de alimentación, higiene, cambios posturales desde el respeto y la ternura. No son sólo las tareas que se realizan, son unas manos que reconocen y dignifican. En palabras de San Camilo de Lelis “Hay que poner corazón en las manos” Rescatar el valor del tacto, aprender ese lenguaje silencioso de unas manos que saben tocar sin poseer, acercarse sin invadir y cuidar sin pedir nada a cambio nos permitirá ahondar en el significado de la esencia de lo que nos hace auténticamente humanos.

  • Yo soy la Vida – La resurrección de Lázaro

    Curso de Biblia impartido por Montse de Paz La resurrección de Lázaro es el milagro más asombroso de Jesús. La enseñanza que nos transmite es que la muerte existe, pero también la resurrección. Jesús tiene la llave de la vida y la ofrece a todos. Resucitar también es una liberación del alma. Todo el curso de Biblia esta publicado en formato libro en Amazon: Memoria del discípulo amado: Una lectura actual y profunda del evangelio de Juan  https://amzn.to/42oNekz https://youtu.be/mkrTnEqcWo0?si=lQnn0AeSXFioilCG  

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