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Por Juan Miguel González Feria|2026-01-02T19:08:44+00:002 enero, 2026|

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ACTUALIZACIÓN DEL MES

  • La esperanza siempre toma la forma de un regreso a la vida

    La Navidad, más allá de su origen religioso, constituye un fenómeno cultural que provoca una pausa reflexiva en la vida contemporánea. Para quienes no adhieren a creencias religiosas, este tiempo sigue representando un momento para interrogar el sentido de existir, la vulnerabilidad y el anhelo de renovación. Comprender la esperanza desde una perspectiva secular implica integrar aportes filosóficos, literarios y culturales que permiten pensarla como una disposición ética y existencial. Esperanza sin fe: una construcción humana La esperanza no religiosa nace del acto deliberado de seguir apostando por la vida, aun sin garantías. Adam Zagajewski afirmaba: “La esperanza siempre toma la forma de un regreso a la vida”. Su enfoque poético revela que la esperanza, incluso sin trascendencias metafísicas, es un modo de recuperar el vínculo con lo humano. Martha Nussbaum destaca que “la esperanza es una emoción que ve posibilidades incluso cuando la evidencia es incierta”. Así, la esperanza secular se convierte en la capacidad de imaginar alternativas, sostener horizontes y asumir la responsabilidad de construirlos. Simone Weil: atención y esperanza encarnada La filósofa francesa Simone Weil introduce un matiz singular: la esperanza como un acto de atención radical. Para ella, la verdadera atención implica vaciarse de expectativas ilusorias para abrirse a la realidad tal como es. Weil escribe: “La atención absoluta es oración”. En un contexto secular, esta afirmación puede comprenderse como la invitación a una esperanza lúcida, no basada en evasiones, sino en la contemplación profunda de lo real.   Según Weil, la esperanza auténtica no huye del sufrimiento ni lo disimula; más bien, se despliega como una forma de resistencia silenciosa que emerge de la capacidad de mirar con verdad y compasión. El realismo existencial reconoce que la vida es limitada y frágil. Byung-Chul Han observa que “la fragilidad no es una falla, sino una apertura”, y desde esta apertura surge una esperanza que asume la vulnerabilidad como condición constitutiva del ser humano. Albert Camus, a su vez, aporta una visión ética del absurdo. Su célebre frase —“En lo más profundo del invierno aprendí por fin que había en mí un verano invencible”— ilumina cómo la esperanza puede coexistir con la lucidez sobre la falta de garantías. Zygmunt Bauman: esperanza en tiempos líquidos El sociólogo Zygmunt Bauman, analizando la vida contemporánea marcada por la incertidumbre, advierte que lo “líquido” no solo describe las instituciones sociales, sino también las emociones y los proyectos. En este contexto, la esperanza se vuelve un ejercicio aún más exigente. Bauman afirma que “la incertidumbre es la única certeza que tenemos”, por lo que la esperanza debe reformularse no como seguridad, sino como disposición ética frente a lo incierto. Para Bauman, la esperanza contemporánea es un acto comunitario: una forma de construir vínculos sólidos en medio de lo fluido. Así, la Navidad, en clave secular, puede verse como una invitación a fortalecer el tejido humano que sostiene lo colectivo. La esperanza como presencia La filosofía oriental, particularmente el pensamiento budista y taoísta, ofrece una comprensión de la esperanza vinculada a la presencia y al fluir de la existencia. El maestro budista Thich Nhat Hanh afirma: “La verdadera esperanza no es algo que miramos en el futuro; es la capacidad de tocar profundamente el momento presente”. Esta perspectiva desplaza la esperanza desde la expectativa hacia la experiencia consciente, proponiendo que el sentido se encuentra aquí y ahora. El taoísmo, por su parte, invita a la confianza en el fluir: la esperanza no exige controlar, sino acompañar el movimiento de la vida. En palabras del Tao Te Ching: “La vida es un proceso natural; aquel que se resiste sufre, quien fluye encuentra serenidad”. Así, la esperanza oriental no es proyección, sino armonía con lo real. Sin necesidad de un marco doctrinal, la Navidad puede entenderse como un rito cultural que simboliza renovación. Rebecca Solnit señala: “La esperanza es la apuesta por lo que no se ve, pero que exige de nosotros participar en su construcción”. La esperanza es, por tanto, colaboración activa con lo posible. Muriel Barbery recuerda que “la esperanza es un pequeño pájaro que insiste en cantar incluso en medio de la tormenta”. Esta afirmación captura la fuerza humanista de la Navidad: un periodo para reconocer la resiliencia cotidiana que sostiene a las personas en tiempos complejos. Ernst Bloch definió la esperanza como “un movimiento hacia adelante”. Esta comprensión dialoga con el mundo académico actual, donde la esperanza puede entenderse como un recurso antropológico, afectivo y epistemológico. En sociedades marcadas por la incertidumbre, la esperanza no se limita a un deseo abstracto, sino que actúa como motor para la transformación personal y social. Entonces, la esperanza, entendida desde una perspectiva humanista y académica, trasciende la fe y se convierte en una decisión vital. En este tiempo de Navidad, incluso quienes no sostienen creencias religiosas encuentran en la esperanza una forma de resistencia ética, una apertura existencial y un gesto de cuidado hacia la vida. Pensada desde Weil, Bauman, la filosofía oriental y otros pensadores contemporáneos, la esperanza emerge como un modo de existir: lúcido, atento, vulnerable y profundamente humano. La Navidad, en este marco, se convierte en una oportunidad para renovar la conciencia, fortalecer los vínculos y proyectar futuros posibles en medio de la incertidumbre. Como diría Alfredo Rubio desde lo secular hasta la creencia más intrépida, “…morir es una fiesta” evidencia clara de que se ha existido. Y para ustedes que es la esperanza. Los y las leo. ¡Feliz Navidad y esperanzado 2026! Claudia Tzanis Eissler Santiago de Chile

  • Cuando la superficialidad y el silencio se encuentran

    En nuestra sociedad contemporánea, marcada por la inmediatez, la saturación de estímulos y la búsqueda constante de entretenimiento, muchas personas viven inmersas en un ruido casi permanente. No se trata solo del bullicio externo —las pantallas, las redes, las agendas apretadas —, sino también del ruido interior: preocupaciones, expectativas, comparaciones y miedos que nublan la mirada y desgastan el espíritu. Frente a esta realidad, existe también un creciente anhelo de silencio, de profundidad y de trascendencia. Cada vez más personas buscan espacios de recogimiento donde la vida recobre su sentido, donde el alma pueda respirar y reencontrarse con su propósito. Establecer puntos de conexión entre ambos mundos es una tarea urgente y, al mismo tiempo, profundamente humana y espiritual. No es una llamada a dividir, sino a unir; a reconocer que tanto quienes viven en la superficialidad como quienes buscan la interioridad comparten, en lo más hondo, una misma sed de plenitud. El ruido, por excesivo que sea, suele ser una forma de evasión ante preguntas que duelen. El silencio, por otro lado, exige valentía: obliga a mirar hacia dentro, a enfrentarse con uno mismo y, en ese encuentro, abrirse a Dios. El primer paso para tender puentes es cultivar la escucha. Una escucha auténtica, paciente y libre de juicios. Quien camina hacia una vida más trascendente no debe colocarse en una posición de superioridad espiritual. Más bien, ha de presentarse como compañero de camino. Las historias, las heridas y las búsquedas de los demás merecen ser acogidas con delicadeza. Muchas veces, detrás de una vida ruidosa se esconde alguien que, sin saber cómo, espera ser invitado a un espacio de calma. Otro punto de conexión fundamental es el testimonio. No un testimonio ruidoso o moralizante, sino uno silencioso y luminoso. La serenidad, la gratitud, la capacidad de detenerse y contemplar, la manera de afrontar las dificultades, son señales que hablan más fuerte que cualquier discurso. Cuando alguien descubre en otro una paz que él mismo anhela, se despierta la curiosidad, y con ella la posibilidad de un diálogo más profundo. También es esencial mostrar que la espiritualidad no es evasión del mundo, sino una manera distinta de habitarlo. La búsqueda del silencio no implica desconectarse de la realidad o rechazar lo cotidiano, sino vivirlo con mayor conciencia y presencia. Quien descubre la trascendencia no se aleja de los demás, sino que se acerca con un corazón más disponible y compasivo. De este modo, el silencio se convierte en un puente hacia los otros, no en un muro. Además, es importante reconocer que cada persona avanza a su ritmo. Los procesos espirituales no se fuerzan ni se aceleran; se acompañan con paciencia. A veces, una simple pregunta, un gesto de bondad o un instante de oración compartida puede abrir una grieta por la que entre la luz. Así, quienes viven en el ruido pueden descubrir que la quietud no amenaza su identidad, sino que la sostiene; y quienes ya transitan el camino del silencio pueden aprender a ser testigos humildes de una esperanza que nunca se impone, pero siempre invita.    

  • Por los cristianos en contextos de conflicto

    https://youtu.be/vWdGwQ0V1Zk?si=Xq8d07ZwVsjljFk2 El Papa nos pide rezar «para que los cristianos que viven en contextos de guerra o de conflicto, especialmente en Oriente Medio, puedan ser semillas de paz, de reconciliación y de esperanza”. En vísperas de su primer viaje apostólico, a Turquía y Líbano, el Santo Padre nos invita a no “caer en la indiferencia” y a ser “constructores de unidad”, rezando junto a él al “Dios de la paz” por estas comunidades que no deben sentirse abandonadas. Las imágenes de este video, realizado por la Red Mundial de Oración del Papa, nos muestran ejemplos de una fe inquebrantable incluso en medio de los escombros. Vemos las celebraciones en los pueblos iraquíes que han vuelto a la vida, la fuerza de la comunidad parroquial de Gaza y el trabajo indispensable de Caritas en Líbano entre los pobres y refugiados. Oremos para que los cristianos que viven en contextos de guerra o conflicto, especialmente en Medio Oriente, sean semillas de paz, reconciliación y esperanza. Dios de la paz, que por la sangre de Tu Hijo has reconciliado al mundo contigo, te pedimos hoy por los cristianos que viven en medio de guerras y violencias. Que, aún rodeados de dolor, no dejen de sentir Tu presencia bondadosa y la oración de sus hermanos y hermanas en la fe. Pues sólo desde Ti, y ayudados por lazos fraternos, podrán ser semillas de reconciliación, constructores de esperanza en lo pequeño y en lo grande, capaces de perdonar y seguir adelante, de tender puentes donde hay división, y de buscar justicia con misericordia. Señor Jesús, que llamaste bienaventurados a los que trabajan por la paz, haz de nosotros tus instrumentos también allí donde parece imposible la armonía. Espíritu Santo, fuente de esperanza en los tiempos más oscuros, sostén la fe de los que sufren, fortalece su esperanza. No nos dejes caer en la indiferencia y haz de nosotros constructores de la unidad, como Jesús. Amén.

  • La otra mejilla

    “Cuando te abofeteen, pon la otra mejilla, no para tentarles a que vuelvan a ofenderte, sino para mostrarles que no lo tomas en cuenta, que sigues siendo su amigo. Y pones la otra mejilla como señal para que ellos, arrepintiéndose, puedan darte un beso de paz”, de Joan Huguet Ameller (Lc. 6,29)  

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