Ay
Cuando la noche se rompe y Sevilla queda en vela,
no hay reloj que marque el tiempo, ni pena que no duela.
Las calles huelen a cera a promesa y a clavel.
Y el silencio se arrodilla cuando pasa al Nazareno.
Ahí hay quien pudiera ser la piedra donde apoya el cansancio.
Quien pudiera ser la sangre que te corre por los brazos.
Más despacio, tan despacio que separa el corazón.
Cada paso es un martirio, cada paso una oración.
Ay, mi Cristo,
Ay mi Cristo,
la noche entera te mira con los ojos de su gente.
Nadie habla, nadie respira,
todo el mundo está presente.
Que no suene ni un suspiro cuando cruce la ciudad.
Que Sevilla va descalzar siguiéndote la madrugada.
Ahí. ¿Quién te dio tanta condena?
¿Quién te puso ese madero?
Si tu culpa fue quernos más de lo que nos queremos,
llevas el mundo a la espalda, no te queas, no te va.
Y aunque el alma se te caiga, sigues andando despacio.
Ay, Señor, las rejas lloran bajito,
los balcones se persinan y hay un nudo en cada pecho que ni grita ni se quita. No hay voz que pueda cantarte sin
partirse por la mitad, porque tu cara ensangrentada no se puede olvidar.
Ahí míralo como camina. Solo roto y desangrado.
Con el perdón en los labios y el dolor atravesado.
Si supieras cuántas veces te hemos vuelto a crucificar con promesas [música] que no cumplimos.
Silencios que hacen mamal. Cristo mío, no te vayas de esta calle,
no te [música] vayas todavía. Que hay un niño que te espera rezando desde la esquina, que hay una madre en la sombra
que no puede llorar y solo al verte pasar vuelve a creer y aguantar.
Ahí cuando el alba se asoma y la noche empieza a huir,
sigues clavado en la pena sin pensar nunca en ti.
La madruga se hace herida, se hace fe y se hace verdad.
Porque nadie sale y les verte pasar.
Ay, Señor, quien pudiera ser tu llanto para aliviarte el dolor.
¿Quién pudiera ser tus manos cuando te fallamos todos?
No hay oro que valga tanto como tú andar fatigado.
Ni corona más brillante que tu rostro destrozado.
Ay. Sevilla entera se inclina no por miedo,
por amor, porque en tu cruz
va colgada la esperanza del perdón. Y aunque el día amanezca y la noche muera atrás, tu mirada se nos queda
clavada en la madruga.
Ahí, mi Cristo,
si algún día no estoy
aquí para cantar de frente,
que esta voz quede en el aire como rezan los valientes.
Que sepan que en esta esquina un alma se desangró cuando al verte la madrugada.
Se le partió el corazón.
Ahi
Madruga, hay madruga. Ahi.
Deja tu comentario