
Pascua: memoria y camino
Esta Semana Santa he podido vivirla en Asís, un lugar que siempre me habla de Dios. En esta primavera la vida renace esplendorosa: prados verdes, flores por doquier, los pájaros cantando hermosas melodías… Y Francisco y Clara dejándose encontrar en cualquier rincón de esta bella ciudad de la Umbría italiana.
Los frailes franciscanos del convento de san Damián nos invitaron estos días a meditar la “Pascua como memoria y camino”.
Con las personas con las que íbamos, en la mañana luminosa del domingo de Pascua, tuvimos un espacio de hacer memoria, cada una, del paso de Dios por nuestra vida, de aquellos primeros momentos de sentir cómo Dios se hacía presente y nos impulsaba a tomar opciones de vida y de compromiso. Fue un tiempo bello de compartir, desde lo profundo.
En los evangelios de la resurrección, hay una clara invitación que escuchan las mujeres: “Id a Galilea”. Allí, al lugar de los inicios, de la llamada, del dejarlo todo y seguirle, de los primeros compañeros, de las primeras enseñanzas, de los primeros gestos evangélicos, de los primeros signos… Allí donde el corazón se ensanchó, donde se descubrió una nueva forma de vida fraterna…
Aquella mañana de Pascua, con nuestro hacer memoria, de alguna manera también hicimos la experiencia de ir a nuestra Galilea particular…
Pero el ir a Galilea no es solo para quedarse en aquellos momentos, en aquellos recuerdos, en volver a pasar por el corazón aquellas vivencias fundantes. También es el lugar de la vida cotidiana, del día a día, donde está nuestra gente, nuestra familia, nuestras comunidades, los amigos, nuestros trabajos y apostolados… donde Dios se sigue haciendo presente. Memoria y camino. Memoria, no para quedarse estancado…, sino como impulso para continuar el camino, para seguir encontrando sentido a lo que vivimos, para seguir encontrando a Jesús Resucitado regalándonos vida.
Quizás deberíamos entrar más a menudo en esta dinámica pascual, especialmente en momentos de confusión o de desaliento. Regresar a nuestra Galilea particular, no como un lugar geográfico, sino como memoria viva de nuestros inicios en la fe para, desde allí, remirar el itinerario trazado, nuestro presente, nuestra vida cotidiana impregnada de Dios.
Dios ha pasado y sigue pasando por nuestras vidas. La vida renace, siempre renace.
Fotografías: Marta Palau
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