A lo largo de la vida, pasamos crisis de fe, de esperanza, de caridad. La crisis de esperanza suele producirse en la adultez. Es la gran decepción. Puede llegar un momento en que nos sintamos decepcionados de nuestros cónyuges, padres, hijos, hermanos, amigos ocasionales que nos parecen oportunistas e interesados (los verdaderos amigos, nunca decepcionan). Nos decepcionan los políticos, nuestros gobernantes, nuestros jefes…. Si pasamos de la esperanza en minúscula a la Esperanza (virtud teologal) nos daremos cuenta de que esta es la crisis de los discípulos de Emaús, cuando regresando a su lugar de origen, dicen entristecidos al peregrino desconocido: “nosotros esperábamos”; mal cuando dicen “esperábamos” en pasado. Quieren decir que ya no esperan. Jesús, el Señor, también debió sentirse decepcionado de sus apóstoles y de muchos discípulos. Recordemos su dolor cuando les pregunta: “¿Vosotros también queréis dejarme?”. Pero hasta el final Él tuvo esperanza en quienes había llamado.
¿Cómo se supera esta crisis? Si miro a los demás con una mirada superficial, si me quedo en las apariencias, me parecen vulgares, aburridos, inmaduros, egoístas… en cambio, si les respeto (el respeto es la mirada atenta), si les contemplo en profundidad, con ojos de fe, entiendo que Dios se está manifestando a través de ellos. Que late en ellos. Y que todos, fruto de la libertad, podemos crecer, madurar y cambiar. Entonces mi maltrecha esperanza se irá transformando en una sólida virtud sobrenatural. Como canta Roberto Carlos a su amigo del alma: “Recuerdo que juntos pasamos muy duros momentos/y tu no cambiaste por fuertes que fueran los vientos/es tu corazón una casa de puertas abiertas/tu eres realmente el más cierto en horas inciertas”. La persona que vive arraigada en Dios, es una fuente continua de esperanza.
Jaume Aymar Ragolta
jaumeaymar@gmail.com
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