Alfredo Rubio de Castarlenas, sacerdote, médico, formador y poeta, era devoto de María. En un retrato al óleo que le hizo su gran amigo José Barrenechea, recién ordenado sacerdote (1952), aparece en la esquina superior el anagrama de la M de María entreverado con la cruz de Santiago. Todas las mañanas solía rezar el Ángelus, cada año se detenía a orar a los pies de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, celebraba misa mensualmente en la Basílica de Nuestra Señora de la Merced de Barcelona y promovió la devoción a Santa María de la Claraesperanza con el deseo que se difundiese por toda América.
La esperanza, al igual que la caridad y la fe, es una virtud teologal. Alfredo enseñaba que siempre se puede pedir a Dios que acreciente en nosotros estas virtudes. Y a la vez, calificó la esperanza de María, de clara: Clara esperanza. Como también calificó la fe de intrépida. En efecto, la Madre de Jesús tenía una gran confianza en las promesas hechas por su Hijo. Para Ella, esperar la Resurrección era una evidencia sobrenatural. Y esta firme convicción, como un imán, atrajo de nuevo a su vera a los apóstoles que habían desertado y a otros discípulos, hombres y mujeres. Fue la Iglesia naciente.
¿Cómo podemos nosotros clarificar nuestra esperanza? Poniéndonos confiadamente bajo su advocación. Practicando la soledad y el silencio personal. Estando bien atentos a los signos de los tiempos y a los indicios de resurrección que podemos percibir a nuestro alrededor. La lectura orante de la Biblia, la celebración de los sacramentos, la práctica cotidiana de las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales, ayudan a que nuestra esperanza sea cada vez más nítida y fundamentada.
En el Monasterio de Sant Jeroni de la Murtra, muy cerca de la capilla de la Claraesperanza, mana, día y noche el agua de la fuente de San Miguel: una agua clara y cristalina.
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