
Hay preguntas aparentemente sencillas que, sin embargo, esconden un mundo entero. Claramente sería el caso de esta: «¿Crees en Dios?»
Podemos responder rápidamente: sí o no. Podemos incluso disponer de buenos argumentos para justificar nuestra respuesta. Pero, tratándose de Dios, quizá la pregunta sea demasiado pequeña para todo lo que pretende abarcar.
Hace ya algunos años, escuché una respuesta de Carl Gustav Jung que se me quedó dentro. En una entrevista para la BBC, el periodista John Freeman le preguntó directamente:
— ¿Cree usted en Dios?
Jung guardó silencio durante unos instantes. Y respondió:
— Es difícil responder. Yo sé. No necesito creer.
La frase puede desconcertar. ¿Cómo que «sé»? ¿Cómo se puede «saber» algo sobre Dios?
Probablemente, Jung no estaba intentando demostrar nada; no estaba ofreciendo una prueba de la existencia de Dios. Estaba refiriéndose a otra cosa: a una experiencia.
Hay cosas que conocemos no porque alguien nos las haya explicado. Las conocemos porque, de alguna manera, nos han sucedido.
Sabemos qué es el amor cuando alguien nos ha amado de verdad, cuando hemos amado de verdad. Sabemos qué significa el perdón cuando alguien nos ha perdonado —tanto si lo merecíamos como si no—, cuando hemos sido capaces de perdonar.
Sabemos qué es la esperanza cuando, en medio de una situación difícil, vislumbramos un horizonte. Cuando surge en nosotros una fuerza que no sabemos muy bien de dónde proviene.
No es un conocimiento que podamos poner en una fórmula. Es un conocimiento que se experimenta.
Quizá por eso, la pregunta por Dios no empieza necesariamente en la mente.
A veces empieza en una herida.
Otras, en una alegría.
Empieza ante el nacimiento de un hijo, ante la muerte de alguien amado, ante una música que nos conmueve profundamente, ante la belleza de un paisaje, ante una persona que nos acompaña cuando más solos nos sentimos…
Hay momentos en los que la vida parece decirnos, en silencio, que hay algo más.
No sabemos ponerle nombre.
No podemos demostrarlo.
Pero lo intuimos. A veces, hasta con certeza.
Jung llamó numinosa a ese tipo de experiencia: aquello que nos toca desde una profundidad que no controlamos, que nos sobrepasa y que, al mismo tiempo, puede despertar en nosotros una sensación de sentido, de respeto, de admiración o de misterio.
Y de aquí se desprende algo importante para la fe cristiana: no nace de una definición; nace de una relación.
Porque creer en Dios no significa simplemente admitir que «Dios existe».
Los discípulos no comenzaron a seguir a Jesús porque hubieran resuelto intelectualmente el problema de Dios. Comenzaron porque se encontraron con alguien. Alguien que los miró, los llamó, caminó con ellos, entró en sus vidas… y algo (o todo) cambió.
Quizás esto es lo que significa creer. No solo afirmar que Dios existe, sino descubrir que mi vida está vinculada a Él. Y que eso cambia algo (o, más bien, todo).
Por eso resulta tan sugerente la intuición de Jung, con independencia de que su pensamiento no sea del todo identificable con la fe cristiana. Nos advierte que podemos hablar mucho de Dios sin haber dejado que Dios nos afecte realmente.
Podemos saber muchas cosas sobre la fe y, sin embargo, no haber experimentado la confianza.
Podemos conocer muchas palabras religiosas y no haber descubierto todavía el misterio que esconden.
Podemos decir «Dios» y no haber aprendido a reconocer su presencia.
De ahí que me plantee si la pregunta «¿Crees en Dios?» no debería abrirse a otras:
¿Dónde has encontrado vida cuando pensabas que ya no quedaba?
¿Quién te ha sostenido cuando no podías hacerlo tú solo?
¿Qué experiencia te ha hecho intuir que la realidad es más grande que aquello que puedes ver, comprender y controlar?
Tal vez sea ahí donde comienza la pregunta por Dios. Y también la respuesta.
En una experiencia que nos abre.
En la humildad de reconocer que hay una profundidad que nos supera, más que en la pretensión de tenerlo todo explicado.
En dejarnos encontrar por el Otro, más que en poseer a Dios.
Porque quizá la fe no consiste tanto en decir «yo creo en Dios» como en descubrir, poco a poco, que Dios ya estaba ahí y ahora puedo reconocerle y establecer una relación con Él.
Estaba en aquella persona.
En aquella palabra.
En aquel perdón.
En aquella esperanza.
En aquella vida que, sin saber muy bien cómo, volvió a levantarse y renació.
Así que, la pregunta «¿Crees en Dios?» en realidad, nos remite a otras cuestiones:
«¿Has encontrado alguna vez en tu vida algo —o a Alguien— que te haya hecho descubrir que no estás solo, que la realidad es más grande que tú y que tu vida tiene una profundidad que no puedes explicar del todo?»
A partir de ahí, la palabra «Dios» deja de ser solamente una palabra.
Se convierte en la posibilidad de un encuentro que no tengo que creer porque lo vivo.
Y la fe, más que resolver la pregunta, comienza a desplegarla.
Deja tu comentario