
Hay heridas que muchas veces permanecen invisibles y que se viven en la más profunda soledad. Quienes atraviesan una enfermedad mental suelen enfrentar, además del propio sufrimiento, el peso del estigma y la indiferencia de quienes miran hacia otro lado. Frente a esta realidad, la Iglesia está llamada a ser casa abierta, comunidad que escucha sin juzgar y que acompaña.
El Papa León, en su intención de oración para este mes, nos invita a rezar por la pastoral de la salud mental, para que sepamos acoger a quienes sufren en silencio, sostener a quienes cuidan de ellos, y aprender a integrar el cuidado de la salud mental en nuestra vida comunitaria, como signo vivo de misericordia.
No estás solo: al rezar te unes a millones de personas de la Red Mundial de Oración del Papa que, desde cada rincón del mundo, oran por los desafíos de la humanidad y de la misión de la lglesia.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Dios de la vida,
Tú conoces lo más íntimo de nuestro corazón,
las luces y sombras que nos habitan,
las heridas silenciosas que a veces nadie ve.
Hoy te presentamos a nuestros hermanos y hermanas
que enfrentan dificultades en su salud mental,
que sufren en soledad con ansiedad, depresión o cualquier otra enfermedad mental.
Tú los llamas por su nombre, con ternura,
y en Ti encuentran dignidad y esperanza.
Perdónanos por las veces que hemos mirado hacia otro lado,
alimentando el estigma y la discriminación
hacia las personas con enfermedades mentales.
Haz que tu Iglesia sea casa abierta,
espacio seguro donde todos tengan lugar,
comunidad que acompaña y no descarta,
que escucha sin juzgar y se acerca sin miedo.
Te pedimos, Señor, por quienes cuidan:
profesionales, familiares, voluntarios,
hombres y mujeres que con paciencia y amor
tienden puentes de comprensión y consuelo.
Dales fortaleza y compasión para sostener.
Envía tu Espíritu sobre nosotros,
para que aprendamos a acoger e integrar el cuidado de la salud mental
en la vida y en la misión de nuestras comunidades y de toda la Iglesia,
y así lleguemos a ser un signo vivo de tu misericordia,
que nunca abandona y siempre restaura.
Amén.
Deja tu comentario