
Hace unas semanas estuve en una bella tierra a la que hacía más de 15 años que no viajaba. Allí viví casi 4 años, de 1996 al 2000.
Chile es un país especialmente querido. Su bonito paisaje, sin duda, tan contrastado, con el desierto de Atacama en el norte y la zona de los lagos en el sur, hace que guarde en mi memoria muchos lindos recuerdos, aunque lo más hermoso siempre son las personas.
En aquellos años tuve la oportunidad de vivir en Santiago, su capital, de conocer y crecer con la comunidad de la Capilla Milagrosa, también de viajar al sur con unos buenos amigos y de realizar un voluntariado en el norte, cerca de Calama, donde deseábamos construir la actual Murtra Santa Maria del Silencio.
En esta ocasión, como diríamos coloquialmente, el tiempo ha pasado volando. Han sido tres semanas que podría resumir con quizá una palabra: agradecimiento. ¡Qué importante es aprender a parar y agradecer todo lo vivido! Para ello, el desierto es un lugar idóneo.
Agradecer el don de la vida, de la amistad, las miradas atentas, las sonrisas transparentes, los cálidos abrazos, los silencios profundos, las enseñanzas cariñosas, las presencias discretas, las alegrías entusiasmantes. Agradecer la gratuidad del que da sin esperar nada a cambio y la oportunidad de darse también uno, tejiendo ese gustoso equilibrio de vida y amistad.
Y para ello ha sido necesario parar. Sí, dejar a un lado las prisas, los ruidos, las preocupaciones, los miedos, las incertidumbres, los recelos. Abrir el corazón y abandonarse, respirar con profundidad, confiar, dejar que los sentidos vayan despertando y contemplar con ternura lo que nos ha sido dado y se nos muestra. Quizá un rayo de sol, una lluvia inesperada, una cerveza compartida, un paisaje y también todo aquello que, pareciendo menos agradable, teje nuestro interior y nos ayuda a seguir creciendo.
Casi todo en la vida es un aprendizaje, también el vivir agradecido, agradeciendo.
Tomando prestada la palabra «sostenible», con la que actualmente definimos algo que se puede mantener durante mucho tiempo sin agotar los recursos ni causar daños graves al medio ambiente, creo que lo más sostenible en la vida del ser humano es vivir agradecido. El agradecimiento no agota nuestra vida, no causa daños en la vida de los demás y genera un impacto positivo. Una huella humana sostenible, basada en el agradecimiento, puede ser un buen motor de cambio que impulse nuestra sociedad hacia un nuevo estilo de vida más humilde y también más eficaz y rentable, caritativamente hablando.
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