Por María de Jesús Chávez-Camacho

María de Jesús Chávez-Camacho, teóloga mexicana, se lanza a escribir sobre las primeras mujeres evangelizadoras en México. ¿Por qué interesarse en ellas? En primer lugar porque la autora sabe que, si ella hoy tiene el don de la fe, es gracias a estas personas, hombres y mujeres, que transmitieron la Buena Nueva hace más de 500 años. También sabe que no puede cambiar la Historia y que ha nacido gracias a esta Historia concreta. No se deja llevar por una leyenda rosa o negra, sino por un rigor de reflejar los datos históricos con un máximo de objetividad.

Su obra es un homenaje a las  mujeres del Evangelio que anunciaron la resurrección de Cristo, a las mujeres de México, y a todas sus hermanas en la fe.

Introducción

Me parece que no es fácil tratar el tema de la Evangelización. Hoy en día hay mucha alergia incluso a la palabra «Evangelización». ¿En nombre de qué voy a comunicar el Evangelio a las personas que no lo conocen? ¿No es un imperialismo cultural o un proselitismo? ¿Por qué no respetar cada cultura con sus creencias? Hablar de la Evangelización de América es todavía mas difícil… ¡Cuánta gente está convencida de que los evangelizadores de América fueron cómplices de una conquista violenta y destructora de culturas indígenas valiosas!

Sin embargo, María de Jesús Chávez-Camacho se lanza a escribir sobre las primeras mujeres evangelizadoras en México. ¿Por qué interesarse en ellas? En primer lugar porque la autora es profundamente creyente y sabe que, si ella hoy tiene el don de la fe, es gracias a estas personas, hombres y mujeres, que transmitieron la Buena Nueva hace más de 500 años. También es una mujer humilde: sabe que no puede cambiar la Historia y que ha nacido gracias a esta Historia concreta. No se deja llevar por una leyenda rosa o negra, sino por un rigor de reflejar los datos históricos con un máximo de objetividad.

Pero conociendo a la autora, yo diría que sobre todo ha escrito este libro por su sentido de justicia. Justicia hacia las personas y en especial hacia la mujer… ¿Cómo olvidar que estas mujeres dejaron todo y que atravesaron el océano con peligro de su vida? ¿Cómo olvidar que ellas fueron de alguna manera fundadoras con Cristo de la Iglesia en México? ¿Cómo olvidar que ellas son las antepasados de las mujeres mexicanas de hoy, mujeres cristianas que, con su fe intrépida mueven montañas en México y en el mundo?

Es el caso de María de Jesús Chávez-Camacho. A la edad de 21 años dejó todo para seguir a Cristo. Viajó a otro continente para quedarse viviendo con personas de otras culturas y anunciar la Palabra de Dios. Comparte su fe en estas tierras europeas, tan necesitadas de una Nueva Evangelización. Su obra es un homenaje a los primeras mujeres que anunciaron la resurrección de Cristo a las mujeres de México y a todas sus hermanas en la fe. Y sus breves comentarios son flechas que nos indican cómo continuar para anunciar la Buena Nueva hoy.

Por Pauline Lodder
Agente de Pastoral de la Iglesia Católica Romana en Ginebra

I. Preámbulo

La mujer y el hombre evangelizaron y siguen evangelizando, no sólo con la palabra sino con su vida, cuando se abren día a día al Espíritu de Dios.

En América, muchas mujeres fueron reflejo vivo del Dios, que en Jesús, revela la ternura por cada ser humano. Unas, como maestras, anunciando la nueva fe y compartiendo su saber, con la convicción de que la formación era importante también para la mujer y defendiendo la dignidad de ésta. Otras, como monjas y maestras, dando testimonio desde sus conventos. De estas mujeres, muchas atravesaron el océano, con peligro de sus vidas, acogiendo el llamado de participar en la evangelización de la Nueva España. Otras, recibiendo el ejemplo de aquéllas que llegaron de lejanas tierras, decidieron darse a Cristo con corazón indiviso.

Sí, desde que María Magdalena, corrió a dar la Buena Nueva de la resurrección de Cristo a los apóstoles, muchas mujeres hasta hoy, han deseado compartir la perla preciosa del evangelio de Cristo, dejando de lado las otras perlas, eligiendo la mejor parte, la que lleva de la muerte a la Vida.

II. Los comienzos de la evangelización en México

Los primeros misioneros. Llegada de las primeras órdenes religiosas masculinas

Entre los primeros misioneros que llegaron a México en las expediciones de Hernán Cortés, dos de ellos eran franciscanos. “Durante la entrada en México, acompañaron a las tropas el mercedario Bartolomé de Olmedo, capellán de Cortés, el clérigo Juan Díaz, que fue cronista, después otro mercedario, Juan de las Varillas, y dos franciscanos, fray Pedro Melgarejo y fray Diego Altamirano, primo de Cortés. Todos ellos fueron capellanes castrenses, al servicio pastoral de los soldados, de modo que el primer anuncio del Evangelio a los indios fue realizado más bien por el mismo Cortés y sus capitanes y soldados, aunque fuera en forma muy elemental, mientras llegaban frailes misioneros”.

[1]

No sabemos con detalle el papel que desempeñaron durante las guerras que llevaron a la conquista de la Gran Tenochtitlan, capital del Imperio Azteca. Imperio que fue vencido con la ayuda de tribus sometidas. Se dice sin embargo, de aquellos primeros franciscanos, que “actuaron como pacificadores entre los españoles y acaso hicieron lo mismo con los indios”.[2] Más tarde, cuando llegaron el 13 de agosto de 1523, desembarcando en las costas de Veracruz tres frailes franciscanos de origen flamenco: Juan de Tecto, Juan de Ayora o Aora y Pedro de Gante, habían pasado dos años ya de la toma de la ciudad.

En 1524, doce franciscanos partieron de San Lúcar de Barrameda, Cádiz. El 25 de enero, alcanzaron Puerto Rico en veintisiete días de navegación, se detuvieron seis semanas en Santo Domingo, y llegaron a San Juan de Ulúa, junto a Veracruz, puerta de México, el 13 de mayo. [3] Con ellos se comienza de manera más formal el trabajo de evangelización. Unos años después, en 1526 llegan 12 dominicos y luego los agustinos en 1533. Los jesuitas llegaron más tarde, en 1572.

En el siglo XVI, las vivencias ecuménicas o las experiencias interreligiosas eran inimaginables: la oración interreligiosa de Asís de 1989, la oración silenciosa de Juan Pablo II delante del muro, en Jerusalén, y tantas otras experiencias…y las nuestras propias que cada uno guarda en su corazón… Lo que sí podemos poner de relieve, con admiración y reconocimiento, es que los misioneros desearon compartir su gran tesoro – Cristo – con quienes no lo conocían y que defendieron la dignidad de los indígenas contra los abusos de los que sólo buscaban sus propios intereses (económicos y otros), acudiendo a quien hubiera que acudir, por amor de quienes sufrían vejaciones y por amor también a ese mismo Cristo que anunciaron con fidelidad.

La labor de evangelización de los primeros misioneros comenzó a través de intérpretes, hasta que poco a poco fueron aprendiendo las lenguas nativas. Más tarde, algunos de ellos habían aprendido el náhuatl, lengua que se hablaba en el valle de México, lo suficiente para hablar y entenderla.

Cuentan los historiadores que una de las maneras para los misioneros de aprender la lengua nativa era el juego con los niños. Escuchaban con atención el nombre que los niños daban a los objetos con los que jugaban y luego los anotaban con cuidado. Por la tarde se reunían los religiosos y se comunicaban unos a otros lo que habían aprendido. Y lo que un día creían haber aprendido bien, al día siguiente se daban cuenta que no era exactamente así y recomenzaban…[4]

Uno de los medios de evangelización fue la escuela para indígenas. Es posible que se inspiraran en la experiencia que de ella se iba teniendo en la Antigua Española (actual Haití y República Dominicana), que quizá conocieron al parar en la isla, camino de México.

Con la llegada de los tres franciscanos antes mencionados, se abrió bajo la dirección de Pedro de Gante, una escuela en Texcoco y más tarde, en 1528, establece la escuela de San José de los Naturales, en la Ciudad de México.[5] Este tipo de escuelas se fueron abriendo en todos los conventos. Se impartían catequesis, lectura y escritura en castellano, aritmética, música….

En enero de 1536, a iniciativa del virrey Antonio de Mendoza y del obispo Juan de Zumárraga se estableció el Colegio de Santiago Tlatelolco destinado a la educación de los hijos de los indígenas principales. En este colegio franciscano el plan de estudios incluía catequesis, escritura y lectura del idioma castellano; y en un nivel superior, gramática y literatura latinas, filosofía, música, información científica y medicina herbolaria a partir de los conocimientos indígenas de algunas plantas.

Los misioneros hicieron uso para la catequesis de las historietas de la época: dibujos representando los sacramentos, algunas oraciones como el Padre Nuestro, y otros temas importantes de la fe cristiana.

A los indígenas les gustaba muchísimo la música, elemento esencial en sus ritos religiosos antiguos. También los misioneros hicieron uso de ella, componiendo cantos sencillos con contenidos catequéticos.

III. Las primeras mujeres evangelizadoras

3.1. Las primeras mujeres que llegaron de España

A los niños se les educaba, principalmente en los colegios impulsados por los frailes franciscanos. Se planteó la cuestión de las niñas indígenas. ¿Qué hacer? ¿Cómo organizarse?

La educación de las niñas también sería tema de interés en el grupo de los primeros franciscanos. Fray Toribio de Benavente, Motolinía, cede a doña Catalina de Bustamante, en 1528, un antiguo palacio, el de Nezahualcoyitzi, para que pueda establecer en él el primer colegio de niñas. Catalina, originaria de Llerena (Badajoz) era viuda. Había ido a la Nueva España con su esposo Juan Tinoco y con sus dos hijas.[6] Catalina, estaba asociada a la orden franciscana como terciaria seglar. Impartió a las niñas, en este colegio situado en la ciudad de Texcoco, educación humana y cristiana, comprometiéndose igualmente en la defensa de su dignidad de mujeres.

Isabel, esposa de Carlos V, se interesa en la cuestión de la educación de las niñas, especialmente cuando se le contacta por problemas del colegio de Texcoco. Había habido abusos (un importante español raptó una niña del colegio y Catalina indignada, pide ayuda al obispo Juan de Zumárraga y éste y sus hermanos franciscanos se dirigen a la emperatriz.) Isabel tomará un vivo interés en el importante tema de la educación de las mujeres, convirtiéndose en patrocinadora de las misiones educativas que irían a México con este fin.

La primera de estas misiones fue organizada por la emperatriz pidiendo al franciscano Fray Antonio de la Cruz, que buscase en España mujeres religiosas, para ir a la Nueva España como maestras de las niñas indígenas. Y llegó a México, Elena Medrano, beata del convento de Santa Isabel de Salamanca que vivía en la iglesia contigua de San Juan de Barbalos.

Con compromiso de distinto tipo que el de las monjas de clausura, las beatas estaban en general asociadas a una orden religiosa, vivían en comunidad y se dedicaban con frecuencia a obras caritativas.

Elena fue acompañada de su sobrina y de otras dos terciarias franciscanas que también aceptaron la propuesta, así como también dos terciarias de Sevilla, Ana de Mesa o Mesto y Luisa de San Francisco. Se menciona también como parte de esta misión a Catalina Hernández. El grupo llegó en 1530, y en 1531 se establece con ellas de manera formal un “beaterio” o colegio monasterio, llamado “La Madre de Dios”.

Cuatro años más tarde, cuando Fray Juan de Zumárraga fue a España para ser consagrado obispo, aprovechó su estancia para buscar maestras. Y de hecho invitó a seis mujeres solteras y dos casadas, con sus maridos e hijos. En los principios de la evangelización en México, la política de la corona española, no aceptaba que fueran monjas las que se desplazaran. Esta segunda misión llegó a México en 1534.

La tercera misión educativa tuvo lugar en 1535. Catalina Bustamante, aquella primera maestra, fue personalmente a España y visitó a la emperatriz Isabel, explicándole de viva voz las necesidades y la magnitud de la obra que llevaban adelante. Con la ayuda de la emperatriz, llevó a México cuatro maestras terciarias seglares.

Con las nuevas maestras se pudieron establecer más colegios, como los de Otumba, Cuautitlán, Tepeapulco, Coyoacán, Xochimilco y Tlamanalco. Si se considera que hubo unos diez colegios, que cada uno tenía alrededor de 300 a 400 niñas indígenas y que la escolaridad en ese momento era de máximo cuatro años, podemos entrever la amplitud de esta maravillosa obra.

Quisiéramos poder conocer tantos detalles de la vida de estas mujeres. Los datos no son abundantes en este sentido. Pero algo sí sabemos: que fueron mujeres emprendedoras, creativas y valientes. Y que su admirable apertura a la gracia del Espíritu, hizo posible esta obra notable de los comienzos de la evangelización. Su “sí” a Dios las llevaría a otros mares, otras culturas, a encontrarse con miradas, sonrisas y palabras con perfume y sabor a nuevos mundos.

3.2. Los primeros conventos femeninos

– Orden de la Concepción

El primer convento femenino de monjas que se establece en México es el convento de la Concepción. Un grupo de jóvenes de la ciudad de México le pide al obispo Juan de Zumárraga que estableciera para ellas un convento. La bendición de este primer convento de la Orden de la Inmaculada Concepción, tuvo lugar en 1540. La bula de Roma confirmando la validez de la fundación es del 11 de febrero de 1545.

Existía un beaterio, que se había formado con maestras que llegaron desde España en aquellas misiones educativas de las que hablamos antes. Y entre los nombres de las monjas de este nuevo convento figura Paula de Santa Ana. No todas profesaron como monjas, algunas siguieron con la vida que tenían, otras regresaron para España. En este convento entraron no sólo hijas de españoles sino también mestizas, fueron los casos de Isabel y Catalina Cano Moctezuma, nietas de Moctezuma, penúltimo emperador azteca. Y 50 años más tarde, tenía el convento un total de 200 personas. De ellas unas 135 monjas profesas, niñas educandas y personal al servicio de las monjas, como era uso en aquella época también en Europa. Existe también quienes afirman que las primeras mujeres que formarían luego el primer convento concepcionista salieron del convento de la Concepción de Toledo, y que a ellas se agregaron en México, algunas aspirantes que deseaban entrar a este monasterio.[7]

El convento recibía niñas para su educación y las monjas se ocupaban de ellas personalmente. Esta educación se realizaba en pequeños grupos dirigidos por una monja; comprendía catequesis, lectura y escritura del español, latín, aritmética, música coral e instrumental. Aprendían también los oficios que se llamaban propios de la mujer, como coser, bordar y tejer. Las concepcionistas eran famosas, entre otras cosas, por su confección de flores en papel, seda, lino y algodón. Este convento más tarde hizo varias fundaciones en la misma ciudad de México (Regina Coelli, en 1570; Jesús María, en 1580, para monjas sin dote; y otros muchos), así como en Puebla, en 1593, y en otros lugares del país. Las monjas de la Orden de la Concepción ayudarían luego en las fundaciones de los nuevos conventos: muchas de ellas fueron enviadas para ayudar en los comienzos de los conventos de las nuevas órdenes que se fueron implantando en México.

– Orden de Santa Clara

El segundo monasterio