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María Santísima, la mujer más creyente del pueblo de Dios

María Santísima, la mujer más creyente del pueblo de Dios
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Ilustración de María Inés Henao de Brigard (Colombia): Surtidor del siglo XVI que se encuentra en el centro del claustro del antiguo Monasterio de Sant Jeroni de la Murtra.

En la Historia de la Salvación, corresponde a María Santísima la misión de ser la mujer que recibió en herencia las promesas hechas por Dios a Abraham y a los descendientes del pueblo de Israel (himno de María, Magnificat) y, a la vez, la mujer que debe transmitir el cumplimiento de dichas promesas al nuevo pueblo de Dios, que es la Iglesia.

«Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor» (Lc I,45)

En el Antiguo Testamento la figura de Judit sobresale por su valor histórico y recae sobre ella la bendición del sumo sacerdote con el consejo de ancianos y los habitantes de Jerusalén en términos que ahora aplicamos a María Santísima: «Tú eres la exaltación de Jerusalén, tú el gran orgullo de Israel, tú la suprema gloria de nuestra raza» (Judit, XV,nn.8 y 9).

El libro de Ester, como el de Judit, refiere una liberación de la nación por medio de una mujer. La oración de Ester en un momento muy crucial para la nación, refleja la gran esperanza en Dios: «Mi Señor y Dios nuestro, tú eres único y no tengo socorro sino en ti y mi vida está en peligro. Yo oí desde mi infancia, en mi tribu paterna, que tú, Señor, elegiste a Israel de entre todos los pueblos» (Ester, IV,17).

También admiramos la fortaleza de la madre de los Macabeos: «Admirable de todo punto y digna de glorioso recuerdo fue aquella madre que, al ver morir a sus siete hijos en el espacio de un solo día, sufría con valor porque tenía la esperanza puesta en el Señor» (II Llibro de los Macabeos, XII, 20…).

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María Santísima recoge la herencia de sus antepasadas y, por su fe, Dios la escoge para ser la madre de Jesús; María vive en plenitud la vivencia religiosa en el misterio de Cristo .

En la constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II se señala: «La Madre de Jesús avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, donde, no sin un expreso designio divino, se mantuvo erguida, compartiendo el atroz sufrimiento con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado» (n.58).

Juan Pablo II en la bellísima carta encíclica La Madre del Redentor subraya que María se convirtió en modelo de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo. María, madre de la Iglesia.

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En la historia del nuevo Pueblo de Dios la mujer creyente ha visto en María el modelo a copiar. En las páginas de la historia eclesiástica figuran mujeres consagradas —a Dios en los institutos de vida consagrada; vibramos cuando leemos las expresiones de san Agustín referidas a su madre, Mónica; constatamos la ciencia y sagacidad de santa Teresa de Ávila; y nos complace reconocer las virtudes de santa Clara y de santa Eulalia.

Juntos a nosotros y con nosotros comparten las vivencias religiosas mujeres que viven la entrega a Dios en silencio, en la actividad apostólica y saben del sacrificio que comporta la incomprensión de sus opciones por parte de un sector de la humanidad que no valora los ideales de las bienaventuranzas.

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La mujer creyente es consciente —como sucedió en la vida de María— que no puede darse una piedad eclesial que se detenga en María, porque la verdadera piedad debe ser necesariamente transmitida a través de María hacia Jesús y por Él, en el Espíritu santo, al Padre como nos explica Hans Urs von Balthasar.

Por Jaume Riera Rius
(Barcelona)
Profesor de la Facultad de Teología de Catalunya, Barcelona

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