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Contrastes

Contrastes

[audio:http://www.hoja.claraesperanza.net/wp-content/uploads/2012/05/contrastes_1.mp3|titles=Contrastes]Audio: Contrastes

Ayer, un niño de nueve años estaba entusiasmado viendo por televisión, en directo, la final de un campeonato nacional de baloncesto. Supongo, por sus gestos y exclamaciones, que él era apasionado partidario de uno de los equipos. Estaba algo angustiado, pues jugaban ya la segunda parte e iban bastante igualados en el marcador.

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Acabo hoy de leer una noticia impresionante. Unos astrónomos norteamericanos «han descubierto siete nuevas galaxias en una parte del cosmos en la que, hasta ahora, se creía que estaba desprovista de todo cuerpo celeste. Es la zona más vacía del universo. Está situada a 600 millones de años luz de la Tierra, en dirección a la constelación llamada Bootes. Esa parte del cosmos es tan vasta que podría contener dos mil galaxias como nuestra Vía Láctea».

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Ahora, un adolescente está también ante el aparato de televisión, que retransmite un partido de la Liga de fútbol. Grita jubiloso cuando, en un «chut», un delantero mete el balón en la portería de los contrarios. Poco después, se ha sentido disgustado cuando otro jugador ha dado un cabezazo a la pelota tan bien dirigido que un oponente cercano no lo ha podido interceptar.

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Es tremendo que una gran potencia, según publican los diarios de la mañana tanto de una tendencia como de otra, vendía armas a Irán y, a la vez, por otro lado, daba preciosas informaciones al Irak para que llevara a cabo con éxitos sus bombardeos, precisamente sobre Irán.

Estas naciones vecinas llevan ya muchos años en guerra. Son hermanas –o al menos primas– étnicamente y profesan la misma religión islámica.

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Ha pasado un día. Un joven que ya ostenta gozoso y un poco orgulloso un discreto bigote, asiste –a pesar del frío– en las escasas gradas del campo universitario, a un partido de rugby, mirando con gran interés cómo se arrebatan un balón amelonado y corren con él, sorteando empujones y traspiés, hasta llevarlo a la línea de meta contraria. Los jugadores van más disfrazados que los de baloncesto y fútbol de la televisión.

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He visto esta noche por la Segunda Cadena española, un magnífico reportaje sobre la Madre Teresa de Calcuta. Escalofriantes escenas de los famélicos moribundos abandonados en las aceras, que ella recoge y ayuda con sus débiles fuerzas a llevarlos bajo techo para que, al menos, mueran sintiéndose queridos. Uno de ellos le pregunta:

– ¿Por qué hace esto conmigo?

– Porque le amo.

Un periodista también le preguntó:

– ¿Por qué hace el bien que hace?

Contesta:

– Porque quiero. Dios nos deja libres. No nos obliga ni siquiera a hacer el bien.

Otro le anunció:

– Muchos dicen que Ud. es una santa en vida.

Ella, seria, le contesta:

– Ud. es un santo. Yo también. Todos tenemos la obligación de ser santos.

Un joven de Estados Unidos le inquiere:

– ¿Qué puedo hacer yo por los pobres?

La Madre Teresa, mirándole dulcemente le dice:

– Ven, contémplalos; tú mismo verás lo que puedes hacer… ¡y ponte a hacerlo!

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Un joven de unos 25 años, sano y fuerte, se entrena horas cada día para lanzar una bola esférica de acero, bastante pesada, unos centímetros más allá. Ya logra sobrepasar los…

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Algunas feministas están como enloquecidas pidiendo el aborto totalmente libre. Alguien ha dicho que, en este final de siglo, estamos abortando el XXI.

Nadie discute que la gente que no desee tener hijos, no los tenga. Pero parece un contrasentido no quererlos tener y, a pesar de todo, engendrarlos, ¡cuando hay tantos medios de hacer el amor gratificante sin engendrar a nadie!

Siempre constituirían esos modos de amor y ternura infecundos, al menos, una ética del mal menor.

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Unos señores cuarentones bastante ágilmente aún, dan, y dan fuerte, con sus escuetas raquetas a una pelota pequeña que rebota rápida entre las paredes de una especie de habitación. Eso tiene un nombre foráneo bastante raro: Squash.

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El terrorismo es un misterio. A pesar de profesar ideologías muy diversas, los distintos grupos se ayudan, se entrenan juntos, intercambian armas. Mueren, en muchas partes, muchos guerrilleros jóvenes y muchos jóvenes soldados. ¡Todas unas generaciones recientes, hasta de niños, desaparecen sacrificadas en un holocausto sin nombre! ¿Por qué?

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Unos caballeros, en curiosos cochecitos eléctricos circulan sobre el césped. Se detienen y, con unos palos, dan unos recios –y tratan que atinados– golpes a unas diminutas, blancas y duras pelotas, hasta meterlas en unos lejanos agujeros en el suelo.

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La carrera de armamento, dicen, es terrible. Con poca bombas, de las que ya hay centenares, se podría acabar con todo lo viviente. ¿Y qué?

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Unos ancianos, aún de buen ver, en su residencia para jubilados frotan tiza azul en el vértice de sus largos tacos para golpear adecuadamente las bolas de billar. Sonríen si logran, con sus carambolas, sobrepasar a los otros jugadores.

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Sí; por lo visto hay mucha, muchísima gente en este mundo que desde la infancia a la vejez, lo más ardoroso, importante y entusiasmante para ellos, no es el planeta que pisan en medio de los interrogantes del inmenso espacio, ni siquiera lo que acontece en esta misma Tierra, sino el movimiento cercano de unas esferas más pequeñas: un balón de aire, una pelota más maciza, o una bola de denso marfil.

¿Por qué?

¿Es pura evasión? ¿Es una recta ocupación el ver o el practicar esos juegos con esferas para encontrar el equilibrio y alcanzar una actividad fecunda? ¿O es infantilidad prolongada o «pan y circo»?

La ruleta, inconsciente, sin alma, sin vida, sólo girando por la fuerza que le han impulsado, hacer correr –como una antigua canica– una diminuta bola roja, la más azarosa. Parece una cereza, pero sin vida tampoco, sin poder ofrecer frescor al paladar. Muchos pares de ojos la miran, sin embargo, con expectación. Con boca reseca, los asiduos a los Casinos siguen sus saltos de número en número. Titilan las pupilas con angustia, con esperanza y, casi siempre, al fin, se fruncen con desaliento.

La belleza de las estrellas, fuera, más allá de los lujosos ventanales, no les sirven para nada.

Por Alfredo Rubio de Castarlenas

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