Email RSS Feed Facebook Flickr YouTube Google+

Hombre grande, gran hombre

Hombre grande, gran hombre

En nuestras culturas tiene un significado distinto la reunión de estas dos palabras: hombre y grande, según que el adjetivo se ponga antes o después del sustantivo.

Decir «un gran hombre», «una gran mujer», expresa nuestra admiración hacia alguien por sus hechos o cualidades. Por el contrario, decir un hombre o una mujer grande es algo peyorativo, es señalar que este ser humano es anciano, está ya en el declive de sus facultades.

Otra cosa es cuando este adjetivo, aunque pospuesto a un nombre propio está sustantivado a su vez, cosa que ocurre con Reyes especialmente, por ejemplo: Catalina la Grande o Pedro el Grande. Aquí esta palabra adquiere aún un mayor sentido pleno de grandeza.

Pero, pregunto yo, ¿no es ya el llegar a ser anciano, un legítimo título de verdadera grandeza?

En muchas culturas africanas he visto una enorme veneración por las personas grandes. Las ven vencedoras del tiempo y de innumerables peligros y enfermedades; libros vivientes de historia y enciclopedias de conocimientos, archivo de experiencias y fuente de prudencia y consejos. Por nada del mundo en un hogar se privarían de la posesión de algún anciano. Y aunque éste se quede casi inconsciente y paralítico, le cuidan con mimo, pues su mera presencia es el signo eficaz que convoca a todos a la armonía y a la alegre y festiva convivencia. Cuando muere, corren a casa de parientes o amigos donde tienen dos o más ancianos a suplicar les presten, o mejor les den, uno de esos humanos cargados de veranos para que presida su huérfana familia.

Los ancianos son como el añoso árbol de copa frondosa, que cobija, sombrea y atrae lluvias, brisas y pájaros que gorjeen.

Ser una gran persona es bueno, claro está, pero se es así por lo que se tiene: virtudes, habilidades… Ser en cambio una persona grande, es que su grandeza le viene sencillamente no de su tener, sino de su mismo ser, algo existencial: es un brillo radical, óntico. Es algo misterioso que roza lo trascendente; que nos habla por sí mismo del hálito íntimo del universo, grandioso y limitado a la vez.

La muerte, como el nacer, son las expresiones de nuestra mayor grandeza.

Por Alfredo Rubio de Castarlenas
(Barcelona)

Revista en PDF

Deja un comentario