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El sí

Sí, quiero. Sí, soy. Sí, estoy. Sí, amo. Sí, doy. Sí, necesito. Sí, aunque me cuesta, puedo. ¡Sí!.. Cuántas formas de decir sí. Todas estas afirmaciones se traducen en una trascendental: el sí a la vida. El sí a la propia existencia.

Pero, cuántas veces nos pasa que decimos sí con la razón y, sin embargo, el corazón dice no. O,  por el contrario, nuestro corazón desea algo y encontramos razones que se le oponen. Un sí vital, coherente, armoniza los sentimientos, los pensamientos, las intuiciones. Es un sí con todo nuestro ser.

Llegar a decir sí a la vida es como redactar nuestra propia biografía, como ser fieles a un diario donde constantemente estamos afirmándonos en la existencia. Ya desde nuestros orígenes, hubieron otros que dijeron sí a nuestra vida sin nosotros saberlo. Nuestros progenitores nos engendraron, dieron nuestro primer sí. Ese sí es el mejor regalo que nos han podido hacer: hemos recibido gratuitamente el ser, sin pedirlo. El crecimiento y la madurez consiste en ir acercando ese sí fundante e inconsciente por nuestra parte, a un sí consciente y agradecido. Es un camino que va, desde ese abrazo que nos dieron al salir del vientre materno, al abrazo que seamos capaces de darnos a nosotros mismos y a la vida que nos rodea.
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Decir sí, es aceptar con gozo la realidad concreta que nos ha tocado vivir. Y el contacto más estrecho y auténtico con esa realidad somos nosotros mismos: nuestro cuerpo, nuestras emociones, nuestros pensamientos. Nos lleva toda la vida conocernos, aceptarnos, decirnos sí. Los seres humanos, además, vamos cambiando con el tiempo, por tanto, nuestro sí también va cambiando. Creciendo y decreciendo, según las circunstancias que estemos viviendo. Muchas veces cuesta decir sí, hacernos a la idea de que somos como somos, que nuestra historia ha transcurrido de una determinada manera y hay cosas que no pueden cambiarse, que quisiéramos pensar o sentir de otra forma y no podemos.  Decir sí es convivir con las limitaciones y, aún más, apreciarlas y hasta reírse con ellas.

El sí es un movimiento que nace en nuestro interior y que se dirige hacia afuera. Por tanto, es un acto de entera libertad. Un sí forzado en realidad es un no o, como mucho, un sí condicional. Cada vez que pronunciamos sí, con nuestros labios o con nuestros actos, si es coherente con lo que sentimos y pensamos, estamos siendo libres.

Y, una vez que podamos decir sí a nuestra naturaleza de seres vivientes, felizmente limitados por las condiciones materiales y temporales, entonces podremos decir sí a la dimensión trascendente en la que creemos. Sí a Dios… El sí a Dios es fruto del encuentro, del descubrimiento de algo inexplicable que respira en todo lo creado. Dios también dijo sí a nuestra existencia, haciéndose Padre con nuestros padres. Dios nos dice libremente sí a cada uno. Nuestro sí a Dios consiste, pues, en caminar a su encuentro, en irle conociendo a lo largo de la vida, en irlo aceptando en su misterioso ser y hacer, en amarlo incondicionalmente. Este sí, como el que hemos de darnos a nosotros mismos, tampoco es fácil. Implica salir de uno mismo, decir no a muchas cosas para ir puliendo ese sí.

Decir sí a Dios sólo es posible si somos capaces de decir sí al prójimo. Recordemos aquellas palabras de la primera carta de San Juan: “¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, si no es capaz de amar al hermano a quien ve?” (1 Juan 4, 20). Aceptarme como soy es un gran paso. Reconocer que no me he dado la vida y que la perderé en algún momento, también. Sentirme hijo de un Padre al que no conozco cara a cara y que más bien intuyo y experimento de forma misteriosa, es un paso más. Hasta aquí hemos andado un trecho largo en el camino del sí. Sin embargo, dar un sí al que se encuentra a mi lado, muchas veces resulta difícil. Además de convivir con mis limitaciones también he de aprender a convivir con las de los demás y, por si fuera poco, aceptarlas y quererlas.  Dar nuestro sí al otro, desde la libertad, es una gran prueba de amor.

Por Javier Bustamante

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