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La fe en la enfermedad

Cuando los apóstoles le pidieron al Señor “auméntanos la fe” en Lc 17, 5 seguro que también la necesitaban para superar los duros obstáculos que la vida trae consigo, como por ejemplo la enfermedad grave…

A mediados de febrero de 2012, me hicieron unas pruebas médicas porque notaba problemas de deglución (ingesta de alimentos). Me informaron que tenía un tumor maligno en el esófago, pero hasta dentro de una semana no se sabría qué tipo de tumor era y sobre todo en qué estadio se encontraba. Esa semana fue para mí muy complicada, tuve que esforzarme para no caer en la desesperación de la incertidumbre y además me resultaba inevitable pensar en los demás, ¿cómo les afectaría la noticia? Sabía que la forma de contarlo sería clave para que el impacto fuera menor. Lo único que tenía claro era que tenía el mal ahí pero no podía hacer nada, solo esperar.

En mi oración hice un ejercicio de fe y de abandono en Dios para aceptar lo que viniera, ponerme en sus manos para lo que fuera. El “hágase Tu voluntad…” del Padre Nuestro. Esa fe tuvo una consecuencia y fue el poder ir hablando de mi enfermedad a las personas más cercanas con una paz impropia de la noticia que estaba transmitiendo.

El día 23 de febrero me informaron que me darían un tratamiento con intención curativa que pasaba por sesiones de quimioterapia y cirugía invasiva. Agradecí profundamente a Dios la buena noticia… ya había un plan de actuación y una esperanza fundada. En ese momento hice una comunicación serena, esperanzada y con cierto toque de humor a un amplio número de personas, con la petición de que la transmitieran, a quien ellos vieran oportuno, y que me tuvieran presente en este proceso. La hice a todos los niveles, familia (que es muy amplia), trabajo y amistades.

Ahora me tocaba a mí responder, tener fe en mí mismo. Para ello sabía que contaba con muchas personas y que también encontraría fuerzas, en su fe y en la fe que yo tenía en ellas. Pronto llegaron las primeras sesiones de quimio con todos sus efectos, nauseas, rigideces musculares, pérdida de cabello, agotamiento extremo, temblores… fue difícil, pero entre el amor y la dedicación de los más próximos y las muestras de cariño que me hacían llegar, notaba yo un sustento difícil de explicar, pero que me ayudaba a que el tiempo fuera pasando y mientras iba avanzando en el tratamiento.

Así, al cabo de cuatro meses, me llegó la fecha de la cirugía. Era el momento de tener fe en la ciencia y en los profesionales. Quién sabe si por tanta oración e intenciones, tuve la oportunidad de ponerme en manos de un magnífico especialista en este tipo de intervenciones y a pesar de los riesgos fue todo un éxito, tanto la operación como el tiempo de recuperación y el resultado final. Después, siguió el resto de sesiones de quimio, también con sus momentos complejos, de aguante, hasta que se terminaron. Me llegó así la ansiada y necesitada normalidad, dejar de vivir alrededor de la medicación y de sus efectos. Por fin la primera revisión y los resultados fueron muy satisfactorios. Y pronto será la fecha de la segunda…

No sé lo que me deparará el futuro, espero poder seguir haciendo algo para mejorar un poco un trocito de este mundo, pero en cualquier caso confío en poder seguir abandonándome en Dios, por lo menos en los momentos difíciles. Y si no, siempre poder decir: “Jesús, buen Amigo, auméntame la fe”.

Texto: Crescencio Juan Fernández Gallego
Extraído del blog Nuestra Señora de la Paz y la Alegría
http://pliegotante.blogspot.com/2013/03/la-fe-en-la-enfermedad.html

 


 

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