El 3 de octubre, el Papa Francisco firmó su nueva encíclica Hermanos todos, sobre la fraternidad y la amistad social. Ha sido en Asís, en la vigilia de la fiesta de san Francisco. Y precisamente el capítulo 18 del evangelio de Mateo es un discurso dedicado a las relaciones fraternas.

Un Pedro con inquietudes, pregunta a Jesús cuántas veces debe perdonar a un hermano que le ofende. “Hasta setenta veces siete”, le responde, y después relata la parábola del siervo sin entrañas.

Y nos encontramos al protagonista de la parábola, un hombre que clama a su señor que le perdone la inmensa deuda que tiene con él. El señor se compadece y se la perdona. Inmediatamente después, el siervo exige a un compañero que le devuelva una pequeña cantidad de dinero que le debe. En este caso, no hay compasión, ni perdón. El siervo vive solo centrado en sí mismo y en sus necesidades, ciego y sordo a las necesidades de los demás. ¡Qué urgente es descentrarnos de nosotros mismos para pensar más en los demás, en sus necesidades, en cómo podemos echarles una mano!

¡Qué olvidadizos podemos llegar a ser! ¡Hemos recibido tanto en nuestra vida! Amor, acogida, compasión, ternura, perdón… Es tanto lo que nos han amado, tanto lo que nos han perdonado… Dios, familiares, amigos… Y nosotros, rápidamente nos olvidamos de ello y nos volvemos déspotas y exigentes con Dios, y con los demás… Un buen ejercicio para hacer estos días es mirar atrás, rememorar momentos en los que nos hemos sentido perdonados y, por tanto, amados y liberados. Recordarlo nos hará más humildes y más capaces de perdón.

Juan Manuel Cotelo, director de la película El Mayor Regalo dice en una entrevista: “Si tú te conoces con la mirada que Dios tiene sobre ti, te va a costar muy poco perdonar. Te vas a saber perdonado, no porque te lo merezcas, sino porque el primero que perdona es Él, el primero que ama en extremo es Dios. Dios, que viendo nuestras miserias no se asusta ni marca distancias, sino que hace todo lo contrario, abandona el palacio real y se abaja, se hace uno de nosotros, se pone a nuestra altura, es más, por debajo de nosotros y nos lava los pies”. Así es nuestro Dios. Su amor incondicional, su misericordia sin límites, su perdón gratuito son un don, una gracia. Y nuestra tarea es descubrirlo, abrirnos a esta gracia y dejar que nos transforme por dentro para ser amor, misericordia y perdón para con los demás.

“No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”, es decir, siempre, toda la vida, porque así nos ama Dios.

Hoy es un buen día para recordar el poema “Perdonar” de Alfredo Rubio de Castarlenas. La belleza del lenguaje poético, nos acerca a la bella realidad del perdón. Aquí un fragmento:

 

Un cheque en blanco ciertamente
es el perdón
que se ofrece de veras.
Porque es el «per-donar», estar dispuesto
a donar «muchos dones»
a las mismas personas
que malbarataron los primerizos regalos
que les dimos, cándidamente.
Si vuelven, les ofreceremos, sí!,
aún más.
Que es mayor la alegría
del acercarse aquéllos que se huyeron
¡los amigos perdidos
de nuevo recobrados!
No importa que se fueran
setenta veces siete,
cada vez que nos vuelven
es porque mejor nos conocen
y cada vez se nos retornan
con mayor confiada libertad.
Y más humildes,
s verdaderos.

Alfredo Rubio de Castarlenas

 

Texto: Marta Palau
Producción: Hoja Nuestra Señora de la Claraesperanza

 


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