Está María al pie de la cruz, viendo a su hijo pendiendo de ella. El sufrimiento es atroz. No hay mayor dolor para una madre que ver morir a su hijo, más aún de un modo tan cruel.

Bajan a su hijo feneciente del madero. Lo sostiene en su regazo como tantas veces lo había hecho siendo niño. Lo acaricia, lo estrecha contra su pecho. Ya no hay latidos en el corazón de Jesús. Ella lo contempla, lo abraza como si así pudiera transmitirle un soplo de vida.

Sin embargo, en su semblante no solo se trasluce el sufrimiento. En su mirada se puede vislumbrar un destello de una certeza escondida: la muerte no es la última palabra. Ella, como mujer judía, sabía que Dios es fiel a sus promesas, Dios no quiebra la alianza, Dios no ilusiona vanamente.

La esperanza de María se funda en una confianza absoluta en un Dios que, ante todo, es amor. La clara esperanza de María no surge de un día para otro. Se va forjando a lo largo de su vida. Se nutre, profundiza y acrecienta ante los distintos acontecimientos que la realidad le va presentando.

Quizás esa esperanza empezó en ella con su sí a Dios al ángel de la Anunciación. Junto al acto de fe que hizo ante la invitación a ser la madre del Salvador, hubo también una actitud esperanzadora: “Una fe plenamente vivida entraña la esperanza. Porque la esperanza no es más que el lado de la fe que nos da la certeza de que Dios tiene cuidado del mundo y lo ama” (1).

Probablemente las mujeres estemos más preparadas para la espera, para la esperanza, precisamente por lo que significa tener un cuerpo preparado para acoger una nueva vida y esperar a que ese ser se vaya desarrollando hasta el momento del alumbramiento. Nueve meses de espera, con un cierto temor y, al mismo tiempo, con la esperanza de que todo salga bien.

Actualmente, ante la necesidad de la inmediatez en muchos ámbitos de nuestra vida, hemos perdido la capacidad de saber esperar y, con ello, la esperanza se va marchitando. La espera, la esperanza, se cultiva día a día. No es una actitud pasiva ni resignada. Requiere de un dinamismo interno que se concretiza en los pequeños actos cotidianos. Perdemos la esperanza cuando encasillamos la realidad y no vemos que en ella hay una dimensión de misterio que nos trasciende.

Aprender a esperar confiadamente como María al pie de la cruz, implica vaciarse de todo aquello que impide que el misterio se manifieste. María, tanto en la Anunciación como en la Crucifixión, se vació de ella misma, de sus planes, proyecciones o expectativas para, así, posibilitar que pudiera germinar nueva vida.

Ante el misterio de la cruz, abrazada al cuerpo inerte de Jesús, todo su ser se abrió para acoger, con clara esperanza, la voluntad de Dios.

El Papa Francisco, en una homilía en Santa Marta, invitó a “dar esperanza, tener pasión por la esperanza. Y, como he dicho, no siempre es optimismo, sino que es la que la Virgen, en su corazón tuvo incluso en la oscuridad más grande: la tarde del Viernes hasta la madrugada del Domingo. Esa esperanza: Ella la tenía. Y esa esperanza ha hecho nuevo todo”.

(1) Nuevo Catecismo para adultos, Editorial Herder, Barcelona 1969

Texto: Lourdes Flavià Forcada
Fuente: Nuestra Señora de la Paz y la Alegría

 


blanco blanco blanco blanco