En el año 2016, con motivo del jubileo extraordinario que convocó el papa Francisco, nos invitaba a caminar, a peregrinar. ¿Hacia dónde? ¿Cuál es la meta? La meta es que, atravesando la Puerta Santa nos dejaremos abrazar por la misericordia de Dios y nos comprometeremos a ser misericordiosos con los demás, como el Padre lo es con nosotros(1). La meta geográfica no tiene porqué ser obstáculo: se han abierto muchas Puertas Santas en el mundo y nadie tiene que hacer esfuerzos desmesurados para llegar a una de ellas. El Papa ha pensado en todo el mundo, hasta las personas detenidas para quien la puerta de su celda se convierte en Puerta Santa(2). Lo que realmente necesita esfuerzo y conversión es la meta teológica. La primera etapa es no juzgar(3).

Desear la Misericordia, renunciar a un Dios-juez/castigador 

El pueblo judío sabía que Dios es misericordioso. Hay múltiples textos en el Antiguo Testamento que hablan de ello(4). El problema es que los creyentes no siempre se alegran de esta misericordia. Prefieren un Dios-Juez, un Dios-Castigador. Un ejemplo claro es la historia del profeta Jonás. El relato empieza con la información que la maldad de los habitantes de Nínive ha subido hacia Dios. La maldad indica un juicio sobre la cualidad de las acciones de las habitantes de Nínive (pero no sobre la cualidad de las personas). Dios decide enviar un profeta, una persona que hablara en su nombre. Nínive era una ciudad considerada enemiga. Jonás, evidentemente, no quiere ir. Es sorprendente descubrir cuál es el argumento de Jonás para explicar su resistencia a la misión que Dios le pide: sé que eres un Dios compasivo y clemente, paciente y misericordioso(5)… Jonás no se alegra de la misericordia de Dios.

En el Nuevo Testamento encontramos la parábola hijo pródigo(6). El hermano mayor no se alegra del hecho de que su padre acoja con los brazos abiertos y con fiesta al hermano pequeño, que vuelve a casa después de haber dilapidado su herencia…

Renunciar a querer un Dios-Juez, un Dios-Castigador, es uno de los primeros pasos a para vivir jubilosamente. Vale la pena meditar situaciones concretas de nuestra época. Por ejemplo: ¿Nosotros deseamos Misericordia para las personas que cometen hoy actos de violencia en la región de Nínive (comparables a la maldad de los habitantes de entonces)?

Ser misericordiosos: una posición cruciforme 

La novedad de Cristo no es la noticia de que Dios es Misericordia. Ya se sabía, simplemente a muchas personas les costaba aceptarlo. La novedad es que Cristo nos invita a que seamos misericordiosos con los demás como el Padre lo es con nosotros(7). Ser misericordioso implica no juzgar las personas. ¿Seremos capaces de dejar siempre la puerta abierta, de tener siempre esperanza en los demás, en su capacidad de cambiar, de conversión? Se trata de condenar el pecado, pero no al pecador. Hay que ser lúcidos sobre el mal, tener juicio para distinguir el bien y el mal. Pero, decir que una acción es mala, no es lo mismo que declarar: “eres malo, eres un criminal”. Ser misericordioso implica no juzgar a las personas, no poner etiquetas a las personas, porque las personas siempre son mucho más que sus acciones. Estamos invitados a condenar el pecado y, al mismo tiempo, a abrazar al pecador. Esperar con los brazos abiertos, como el padre de la parábola del hijo pródigo, no es fácil. ¿Dónde encontraremos fuerzas para no juzgar a los demás y mantenernos en una posición cruciforme, siempre de brazos abiertos?

Necesitamos la fuerza del Espíritu Santo 

Para ser misericordiosos con los demás necesitamos la fuerza del Espíritu Santo. No se trata de una fuerza mágica que soluciona todas las dificultades. El Espíritu Santo nos ayuda a continuar amando, pase lo que pase: que estemos afectados por una enfermedad, que nos encontremos en situaciones de injusticia, que suframos violencia, etc. Es el Espíritu Santo quien puede transformarnos en antorchas de caridad, en llamas de misericordia en medio del mundo.

No juzgar es una tarea difícil, es un primer paso a dar en esta peregrinación de misericordia. Hay que andar con todo nuestro esfuerzo, sabiendo que es indispensable abrir al mismo tiempo nuestro corazón al Espíritu Santo. Sin Él no iremos lejos.

Texto: Pauline Lodder
Fuente: Nuestra Señora de la Paz y la Alegría

 


 

(1) Bula de convocatoria del Jubileo extraordinario de la Misericordia, punto 14, Papa Francisco, Roma, 11 de abril 2015.
(2) Carta a Mons. Rino Fisichella, Papa Francisco, Roma, 1 de septiembre 2015.
(3) Bula de convocatoria del Jubileo extraordinario de la Misericordia, punto 14, Papa Francisco, Roma, 11 de abril 2015.
(4) Por ejemplo, Dt 4, 31 ; Tob 3,11 ; Ps 85,15.
(5) Jon 4,2.
(6) Lc 15, 11-32.
(7) Lc 6,36 ; Mt 5,48.


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