La cuaresma es un tiempo que nos llama a la conversión. Tal como hiciera Juan el Bautista a orillas del Jordán, que llamaba a prepararse para la llegada de Dios. La palabra conversión, de origen latino, tiene su equivalente griego en el término metanoia o metanoien, que se descompone en meta, ‘más allá’, y nous, ‘de la mente’. La metanioa es una expansión de la consciencia, un ir más allá de lo que conocemos. Se asocia a un cambio de camino o un rectificar el rumbo, muchas veces teniendo que desandar lo andado. Esto trae consigo un cambio de corazón.

La metanoia está en la base del “ven y verás” con el cual Jesús invita a seguirle. Ese ven implica dejar el camino que hasta ahora llevábamos, cambiar de rumbo, girar el corazón. Y, sólo yendo al paso de Jesús, se consigue ver la vida de otra manera o de otras maneras, captar que la realidad es mucho más de lo que vemos desde nuestro camino unidireccional.

Y, ¿qué hay más allá de mí mismo? El otro, la otra persona, la humanidad, la creación completa que también me incluye a mí. Emprender un proceso metanoico implica un expander mi campo de visión y actuación, salir de mí. Encontrarme con las otras personas y con la realidad. Y, en todo ello, encontrarme con Jesús: maestro de la metanoia.

La metanoia no es un acto instantáneo ni que se improvise. Requiere todo un camino de incomodidad y extrañamiento de sí mismo, en primer término. Después un irse poniendo en contexto, valorar las condiciones que nos han permitido existir y ser quienes somos, para ir soltando todo aquello que es accesorio en nuestra vida y nos resta libertad. De ahí que se exprese que la cuaresma es un periodo de conversión o metanoia, ya que simbólicamente es un tiempo largo que permite ahondar en uno mismo, recogerse para luego, en la Pascua, desplegarse.

Todo el periodo de enseñanzas de Jesús, junto con su pasión, muerte y resurrección, está marcado por una dinámica interna basada en la metanoia. Una enseñanza lleva a la otra, abriendo el círculo. Reconocer la invalidez de ciertos preceptos o estructuras que nos han dado seguridad pero que no son coherentes con la vida, abre los ojos a una nueva manera de relacionarse, lo cual también es metanoia. Compartir lo que sé y lo que tengo con personas a las que no había contemplado es metanoia. Morir (a muchas situaciones y cosas) para resucitar a una nueva manera de estar en el mundo es la metanoia por excelencia.

Después de un buen baño, una buena siesta, una buena comida, una buena charla, solemos decir: “me siento resucitado o resucitada”. Reconocemos que ha habido un cambio en nosotros, que nos percibimos diferentes, que hemos pasado como de muerte a vida. Es curioso cómo a Jesús resucitado no lo reconocieron sus más allegados en un primer momento. Tenía él que abrirles los ojos con referencias a “cuando estaba en vida” para que descubrieran quién era. La resurrección es un cambio profundo, radical, de forma de vivir que, incluso, afecta hasta el plano físico y relacional.

A esto nos está invitando Jesús todo el tiempo, esta es la metanoia que él nos propone. Ven y sígueme se traduce en: sé un vivo en vida, una viva en vida. No un muerto en vida, como muchas veces solemos ser. Un vivo en vida, alguien que ha ido más allá de sí y se siente parte del todo. Porque ese más allá está aquí, en mí. Jesús va caminando por dentro mío, seguirle es descubrirme vivo. Esta es la llave del más allá que comienza en mí.