
Es la expresión con la que San Camilo de Lelis animaba a cuidar de los enfermos y de los necesitados. El deseo de Camilo, fundador de la Orden de religiosos Camilos era crear una compañía de hombres que sirvieran a los enfermos voluntariamente y por amor a Dios, con el mismo amor que tiene una madre por su hijo enfermo.
San Camilo ya consideraba la importancia de las manos como medio para transmitir presencia, proximidad y afecto. Cuidar con las manos, usar el sentido del tacto, quizá el más íntimo de nuestros sentidos, nos permite entender que somos cuerpo, seres vulnerables y necesitados de cuidados.
Hay gestos que hablan antes de que las palabras sean pronunciadas. A través de las manos se pueden expresar sentimientos que a penas alcanzamos a decir con palabras. Sostener, acompañar, bendecir, acariciar, ungir a través de las manos son acciones que encarnan realidades que nos acompañan y a la vez nos trascienden.
En los evangelios son muchas las ocasiones en las que encontramos cómo el tacto es el modo de comunicación principal. Jesús toca y se deja tocar. Comunica y sana con sus manos y con su presencia.
Abre los ojos al ciego tocándolos con barro y abriéndolos a la luz; incumple la ley y toca a los leprosos sanándolos y dándoles la dignidad de personas. Toma de la mano a la suegra de Pedro, toma la mano de la hija de Jairo, se deja tocar por una mujer enferma de hemorragias y la sana, lava los pies de los apóstoles y se deja ungir con perfume por una mujer. En todos los casos, Jesús realiza una sanación integral y les devuelve la dignidad de personas, les transmite esa filiación de hijos del mismo Padre. En cada uno de estos episodios es a través de la acción de tocar que se da la posibilidad de encuentro y de sanación.
En los sacramentos también está presente el sentido del tacto. La imposición de manos, la unción con aceite, el agua del bautismo, incluso en el pan y el vino de la eucaristía hay una presencia de tocar, de saborear.
Y es que Dios no es ajeno a la materia, no rechaza el cuerpo si no que lo abraza y le infunde vida. “Y vio Dios que era bueno”.
En aquellas experiencias de cuidados por enfermedad, por fragilidad, de final de la vida la comunicación táctil se vuelve especialmente prioritaria y profunda. Es preciso entender una ética del cuidado que esté fundamentada en la libertad y el consuelo. Acercarse a ese cuerpo que se cuida con afecto, acogiendo el misterio de su biografía quizá desconocida; realizar las tareas de alimentación, higiene, cambios posturales desde el respeto y la ternura.
No son sólo las tareas que se realizan, son unas manos que reconocen y dignifican. En palabras de San Camilo de Lelis “Hay que poner corazón en las manos”
Rescatar el valor del tacto, aprender ese lenguaje silencioso de unas manos que saben tocar sin poseer, acercarse sin invadir y cuidar sin pedir nada a cambio nos permitirá ahondar en el significado de la esencia de lo que nos hace auténticamente humanos.
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