(Datos de la fotografía: Iesus liberat socrum Simonis a magnis febribus. Mosaico bizantino del Duomo di Monreale (Sicilia). Siglos XII-XIII.Fuente: Wikipedia. Dominio público.)

Curioso personaje femenino la protagonista de este pasaje, también de tradición muy antigua, que es recogido por los tres sinópticos. Marcos (Mc I, 29-31) y Lucas (Lc, IV, 38-39) lo sitúan después de la predicación en la sinagoga de Cafarnaún, al comienzo del ministerio público de Jesús, tras la curación del endemoniado. Para Mateo (Mt VIII, 14-15), sin embargo, es la tercera de una serie de sanaciones que se narran a continuación del sermón de la montaña. En los tres es una perícopa muy breve, un relato corto y condensado, pero con mucho contenido, de ahí que haya que prestar atención a los detalles, pues si a pesar de la concisión aparecen, es porque tienen un carácter pregnante.

De la mujer poco se nos dice. No sabemos su nombre, sólo el parentesco: es suegra de uno de los pescadores llamados por Jesús, Simón, en cuya casa vive. Volvemos, por tanto, a encontrarnos, en contraposición con la sinagoga, espacio público de oración en el judaísmo, en el contexto de la «oikía», el hogar-comunidad, lugar doméstico donde se desarrolla la vida cotidiana de la familia, una familia con claras resonancias matriarcales del Génesis, donde es el varón quien abandona la suya y pasa a vivir con la de su esposa. Que la enferma de fiebres sea precisamente la suegra no es cosa baladí. Y no por la razón que tradicionalmente se ha querido observar, que Simón fuera un hombre casado, ya que tal circunstancia era lo esperable en la sociedad judía y no representaba nada novedoso para los evangelistas. De hecho Pablo en I Cor IX, 5 habla de los que iban acompañados por sus esposas creyentes en la predicación y cita concretamente a Kefas (Pedro). Pues ya sabemos que la obligación del celibato sacerdotal no proviene de los primeros tiempos del cristianismo, sino del siglo IV, cuando se recomendó encarecidamente en los concilios de Elvira y Cartago, para consolidarse definitivamente en 1139 en el Concilio de Letrán. La intencionalidad de los evangelios, por tanto, es otra muy diferente.

En los sinópticos no hay ningún otro personaje que sea caracterizado por ser padre o madre política. Se habla en Lc XII, 53 y Mt X, 35-36 de los enfrentamientos entre suegra y nuera por motivo del Reino, pero sin que esto sea alusión a nadie en concreto. Sin embargo en Juan sí hay un suegro: Anás, cuyo yerno Caifás es su sucesor como sumo sacerdote. En apariencia, poco tendría que ver el poderoso y entendido teólogo Anás con una sencilla mujer de una familia de pescadores; el rico saduceo colaboracionista de Roma con una galilea posiblemente influenciada por el nacionalismo zelota. Pero si profundizamos un poco, comprobaremos que en el fondo ambas figuras no están muy alejadas en cuanto a su fuerte carga simbólica, si bien su final, en función a su relación con Jesús, es muy distinto.

El suegro o la suegra representan el pasado, pero también la potestad y el poder. Anás ya no era sumo sacerdote, lo era su yerno, pero su influencia sigue siendo tan potente que Juan le da un papel preeminente en la causa del Sanedrín contra Jesús. En un contexto más humilde, la suegra, que ha cedido el papel de señora de la casa a su hija, también mantiene una posición de privilegio dentro de la jerarquía doméstica.  Ambos, a su manera, siguen teniendo la sartén por el mango.

De la suegra los tres evangelios dicen que padecía fiebres. Marcos y Mateo emplean el participio griego «pyressousa», «que padece fiebre», pero Lucas lo presenta de otra manera con la expresión «synechomene pyreto megalo», poseída por una gran fiebre, ya que, como veremos, la curación en Lucas es más detallada y presenta ciertas variantes con respecto a Marcos y Mateo. Sea como sea lo primero que debemos preguntarnos qué representan esas fiebres y qué sentido tienen en estos pasajes. Tradicionalmente la fiebre se ha considerado símbolo tanto de lujuria como de soberbia y fanatismo. En este caso, la interpretación de que la suegra de Simón está enferma de lujuria tiene poco sentido. Cuesta imaginar a una mujer ya de cierta edad, matriarca en la familia de su hija, aquejada de tal grado de lascivia. Sin embargo nada nos impide verla como una persona soberbia con tal fanatismo (¿fanatismo zelota tal vez?) y ofuscación que su propia cerrazón le impide tener unas relaciones sanas con los suyos. Y aquí vemos más claro su parangón con Anás: ambos personajes están enfermos de orgullo, de poder mal entendido, y ambos padecen un fanatismo que les impide ver más allá de sí mismos. Es el arquetipo «suegro/a» en su peor versión.

En los tres relatos, la mujer está postrada. Marcos nos dice que se encuentra acostada, Mateo emplea una forma aún más fuerte, el participio de perfecto medio «beblemene», que vendría a significa algo semejante a «abatida», vencida por la fortaleza del mal que padece, postrada de un empujón. Lucas no lo especifica, pero puede entenderse por el contexto. La suegra de Simón se encuentra, como hemos visto en otros enfermos, en un estado de muerte en vida.

Recapitulando, lo que tenemos en escena es una mujer, la suegra, postrada por un mal que le impide ser lo que en realidad debía ser en esa «oikía», en esa comunidad, por lo que necesita de la acción de Jesús. Y en este punto, cada evangelista va a añadir una serie de detalles a la narración a fin de acomodarlo a la finalidad del propio relato. En Marcos y Lucas son los familiares los que ruegan a Jesús por la enferma mientras que en Mateo es el propio Jesús el que la ve e interviene pues en este evangelio se quiere resaltar la compasión del Maestro, que ve la necesidad de los suyos y se apiada, frente a la fuerza de la petición comunitaria que es expresada en los otros.

La narración de la curación es, como ya he dicho, breve, pero muy cargada de significado. En Marcos, Jesús levanta a la enferma tomándola con firmeza («kratesas») de la mano. El verbo empleado para la acción de levantar es el mismo que en este evangelio se usa en los relatos de la Resurrección, «egeiro», el mismo empleado en el relato de la hija de Jairo porque no se trata sólo del acto material de levantarla de su lecho, sino de hacerla resurgir y sanarla. Y el verbo «krateo» nos habla de un concepto muy presente en el evangelio de Marcos: el poder y la autoridad de Jesús, que emana de su propia condición y que siempre es un poder para el servicio y la salvación.

En Mateo el momento de la curación tiene pequeñas variantes. En este caso Jesús se limita a asir la mano de la enferma. El verbo usado aquí es «apto», el mismo que se emplea cuando la hemorroisa agarra el manto o en las narraciones en las que Jesús cura por el tacto. Y es la propia mujer la que, con su contacto, se yergue («egerthe»), se siente sanada y resurge por sí misma.

Lucas presenta de un modo algo diferente el relato. En este evangelio, encontramos otro verbo relacionado también con la Resurrección: «anistemi», que reúne en sí los significados de «alzarse» y «ponerse en marcha». Es el verbo que en su forma de participio, «anastás» («habiéndose alzado y puesto en marcha») abre la perícopa referido al propio Jesús cuando sale de la sinagoga, una forma de resurgir de las formas caducas del judaísmo, y más tarde aparecerá también cuando las fiebres abandonen a la suegra de Simón. Pero hay más: en Lucas la curación se produce como un exorcismo, de manera similar a la expulsión de demonios. Aquí la mujer no padece fiebre, está poseída por una muy grande cual si de un espíritu inmundo se tratara.  Jesús va a inclinarse de pie («epistás») sobre la enferma en un gesto de poder y va a conminar (epetimesen) a la fiebre para que abandone su cuerpo. Es una manera de expresar la victoria de Jesús frente al mal, en este caso, el mal de la soberbia y el fanatismo que atenazaban a la mujer.

En lo que los tres sinópticos coinciden es en el desenlace de la sanación. La suegra de Simón, erguida ya, liberada de las fiebres que la encadenaban al lecho y la convertían en un miembro estéril de la comunidad, en alguien encerrado en su propia soberbia fanática y paralizante, se levanta y asume una actitud de diaconía. El verbo «diakonein» lo deja claro: es el que se empleaba para hablar de la atención a las mesas, del servicio propio de los seguidores del que vino «a servir y no a ser servido». La suegra de Simón, limpia de las fiebres del orgullo cerrado de quien quiere a toda costa mantener un estatus de poder, sabe resituarse entre los suyos, conoce su verdadero papel en la «oikía», esa pequeña comunidad doméstica donde no hay siervos ni señores, donde quien quiera ser el primero ha de serlo en el servicio porque se ha dejado sanar e imbuir del espíritu de Jesús, porque permitió que la tomara de la mano y la llevara a una nueva vida levantándola de sus propias miserias. A diferencia del otro suegro, Anás, quien no se bajó del trono de su estatus e incluso se valió de un siervo para abofetear a Jesús, ella sí se dejó penetrar por su fuerza liberadora y de ese modo se convirtió en modelo del auténtico discipulado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Iesus liberat socrum Simonis a magnis febribus. Mosaico bizantino del Duomo di Monreale (Sicilia). Siglos XII-XIII.

Fuente: Wikipedia. Dominio público.