Dicen que morimos como hemos vivido. Si hemos vivido con miedos, morimos con miedos; si hemos vivido con confianza o afrontado la vida con serenidad, afrontamos la muerte de la misma manera. Pero lo que siempre ocurre, o al menos así lo he vivido yo, es que las persones que nos dejan siempre nos enseñan y se convierten en maestros para quienes los acompañan, maestros de vida.
Recientemente he vivido la muerte de un familiar muy cercano. Le diagnosticaron una enfermedad con un pronóstico desfavorable. Probablemente pasó por algunas de las etapas descritas por E. Kübler-Ross: la etapa de la pérdida (negación, ira, depresión), en la que se teme perder lo que consideramos nuestra identidad; la etapa de la rendición (aceptación, entrega, soltar), que no se vive como una derrota, sino como una fuerza mayor que no depende de nosotros mismos; y, por último, la etapa de la trascendencia, más allá de nuestros límites, más allá de nosotros mismos. Y seguramente muchos de estos momentos se repitieron a lo largo del tiempo.
Pero quiero centrarme en lo que me enseñó y en lo que percibí en su forma de vivir y afrontar la enfermedad: una lección de vida y esperanza, una disposición interior ante la enfermedad, el sufrimiento y la fragilidad humana.
Comprendí la esperanza de una nueva manera, no como la proyección de un futuro mejor ni como un deseo mental, sino como una forma de caminar, como una fuerza que lleva a vivir el momento presente, a habitar plenamente el ahora. Una esperanza que no se espera, sino que se encarna, porque permite que la Presencia que habita en nosotros se manifieste.
Cuando se vive un tiempo marcado por la incertidumbre y la fragilidad, como es la enfermedad, hablar de esperanza no es una ilusión ingenua, ni un optimismo superficial de que todo saldrá bien, ni una evasión de la realidad, sino una forma profunda de habitarla.
La esperanza es una actitud interior, una disposición, y nace cuando la persona acepta su vulnerabilidad y confía en que la vida no se agota en lo que vemos. Esperar implica vivir en el presente, no esperar pasivamente.
La esperanza, aunque todo invite a cerrarse, abre un espacio interior donde el dolor puede ser acogido sin convertirse en desesperación. Abre a descubrir una fuerza inesperada que ayuda a seguir adelante, a habitar el presente con confianza, a seguir amando y viviendo, incluso cuando el camino es incierto. Abre a una realidad mayor que está actuando, sabiendo que no caminamos solos y que, incluso en la noche, algo —o Alguien— sigue sosteniendo nuestras vidas.
La esperanza es humilde, es un acto de rendición. La esperanza se convierte en confianza en la vida, en los demás y en Dios. «La esperanza no defrauda, porque Dios, al darnos el Espíritu Santo, ha derramado su amor en nuestros corazones» (Rm 5,5)
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han dice: «La esperanza ensancha el alma porque transforma el presente desde dentro. La esperanza actúa como una fuerza expansiva que abre espacios interiores donde antes solo había contracción».Es la capacidad de acoger lo que aún no es, de hacer sitio a lo imposible, permitiendo que el alma respire más allá de los límites impuestos por la realidad actual. Al ensancharse, el alma recupera su amplitud originaria y se vuelve capaz de contener más vida, más posibilidad, más alteridad.
No niega el sufrimiento o las crisis, sino que lo atraviesa con una confianza radical en lo abierto.
La esperanza, para mí, es el espíritu que resiste a la clausura de «no hay alternativa» y afirma, en silencio, pero con firmeza, que siempre hay un más-allá de lo dado. Cuando el alma se ensancha, el ser humano deja de agotarse en la repetición de lo mismo y comienza a habitar un tiempo cualitativamente distinto: un tiempo amistoso, lento, lleno de promesas. En ese ensanchamiento nace la verdadera libertad, la que no necesita dominar ni explotar, sino simplemente dejar ser.
Quien permite que su alma se ensanche no solo se salva a sí mismo, sino que abre un horizonte para los demás. La esperanza no promete un futuro paraíso; hoy promete un alma más grande, capaz de amar, de contemplar y de crear mundos nuevos. Y en esa amplitud late el optimismo más profundo: la certeza de que, mientras haya esperanza, la vida siempre podrá ser más ancha que cualquier opresión».
Y, por último, decir que no todo al final de la vida es visible. Hay movimientos internos y procesos sutiles que no siempre pueden medirse ni nombrarse, pero que están ahí: en la mirada que se apaga, en la presencia que se va retirando lentamente. El morir no ocurre en un instante, sino que se despliega como un proceso. Sostener estos procesos invisibles con respeto, sin invadir, sin llenar de ruido y palabra, y estar presente significa también dar espacio a aquello que no comprendemos del todo.
Esto es amar; esto es un acto de amor de las personas más cercanas y que más aman a quien nos deja. Una presencia que no se retira, que no exige, que no huye del dolor, que no busca imponer ni dar sentido, sino que sostiene, que mira con ternura y deja que el amor haga su trabajo silencioso.
Cori de Dalmau
Mataró
Foto: Cori de Dalmau
Deja tu comentario