¿Vale la pena creer en algo más grande que uno mismo?.

En tiempos donde todo parece urgente, rápido y desechable, quizá la esperanza no llegue como un discurso perfecto, sino como una experiencia concreta: tocar la tierra, compartir el silencio, contemplar una semilla crecer y descubrir que también el alma necesita calma y paciencia para ser cultivada.

¿Acaso no existe signo más necesario que la búsqueda sincera de una paz verdadera: no la ausencia de problemas, sino esa serenidad profunda que permite habitarse sin miedo?.

El ser humano, vive fatigado por identidades fragmentadas, comparaciones constantes y búsquedas que prometen plenitud inmediata pero dejan vacío.

Sin embargo, cuando alguien se permite detenerse y contemplar el misterio de existir, comienza a intuir que dentro de sí habita una sed más profunda: la sed del Ser absoluto.

San Agustín expresó esta experiencia con una frase que atraviesa los siglos y sigue  dialogando en el corazón de muchos:

“Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta descansar en Ti.”

La espiritualidad cristiana no nace del miedo ni de la obligación moral; nace del descubrimiento de una Presencia. Un Dios que no aplasta la libertad humana, sino que la despierta. Un Dios que no elimina las preguntas existenciales, las ilumina desde dentro.

Tal vez por eso Jesús hablaba tanto de semillas, viñas, campos y jardines. Comprendía que el alma humana se parece a la tierra: necesita cuidado, paciencia y tiempo. Nada verdaderamente vivo florece de inmediato.

Dios se acerca en la fragilidad inacabada de nuestra historia. El profeta Isaías lo expresa con ternura artesanal:

“Señor, tú eres nuestro padre; nosotros somos la arcilla y tú el alfarero: todos somos obra de tus manos.” Isaías 64,7

Quizá cuando nos alejamos de la Iglesia es porque encontramos estructuras, pero no siempre testigos; normas, pero no siempre humanidad. Sin embargo, el evangelio sigue conservando intacta su fuerza original: la de un Cristo que camina con los cansados, conversa con los buscadores y devuelve dignidad a quienes creen haber perdido el rumbo.

En una cultura que muchas veces reduce las personas a producir, consumir y competir, el evangelio continúa ofreciendo algo radicalmente distinto: la posibilidad de reconocerse amado antes de ser exitoso.

Porque Dios no espera seres humanos perfectos.

Espera corazones disponibles.

Quizá baste palpar la tierra, guardar silencio y contemplar la belleza sencilla de la vida para descubrir que todavía es posible florecer por dentro.

 

Elsa V. Lizarazo Díaz