Iniciamos con este una serie de artículos dedicados a las figuras femeninas neotestamentarias y el hecho de comenzarla con la mujer del perfume no es baladí. En primer lugar, hay que tener en cuenta que la escena de la unción de Jesús a manos de una mujer está recogida en los cuatro evangelios canónicos, lo que nos habla de la antigüedad de la fuente así como de su historicidad. Aunque en cada uno de los textos el hecho está reelaborado para adaptarse al mensaje que se pretende transmitir, no se puede negar que la presencia en los cuatro de una mujer que, contra todo lo establecido en la sociedad, osa entrar en un banquete, ámbito reservado a los varones, para realizar un gesto considerado extravagante y fuera de lugar, nos remite directamente al Jesús histórico y nos dice mucho de lo novedoso y rupturista de su mensaje. Pero además, no podemos dejar de lado la profundidad del simbolismo que encierra la unción, que tiene un significado poliédrico, cuyas aristas siempre confluyen en el amor.

En los cuatro pasajes encontramos un agente, una mujer, el mismo receptor, Jesús, una materia, el perfume y unos testigos, cuya actitud va a desencadenar la reacción del Maestro. Empecemos por analizar el simbolismo del aceite aromático.

El perfume que la mujer emplea para la unción según Marcos y Juan es de nardo. Mateo y Lucas no especifican la esencia, pero los cuatro coinciden en que es muy valioso porque es auténtico. Marcos y Juan incluso especifican su precio, trescientos denarios. Mas no es un caso aislado, ya que las Escrituras están llenas de alusiones a esencias, aromas y perfumes, a aceites olorosos y plantas que exhalan su olor. Y la mayoría son  bálsamos exóticos y muy costosos porque representan una metáfora de todo lo bueno y lo bello de la creación así como del misterio de lo divino ya que son manifestación de amor y gratitud.

Es el caso del Cantar de los Cantares, en el que plantas como el enebro y el cinamomo perfuman el aire junto a los lirios del campo con los que el amado obsequia a la amada. El nardo, el aloe, el incienso o la mirra conforman un perfume que constituye una expresión de la entrega personal.

En el libro de Ben Sira o Eclesiástico la Sabiduría dice de sí misma estas palabras: «He exhalado aromas como el cinamomo y el aspálato, como mirra escogida esparcí mi aroma, como gálbano, ónix y humo de incienso en el Tabernáculo.» (Ben Sira, XXIV, 15). Si tenemos en cuenta que la Sabiduría se asocia al Hijo, el Christos, ungido, podemos observar la profunda simbología de estos pasajes evangélicos.

En lo que se refiere a la personalidad de la mujer así como al lugar y momento en que ocurre la unción y el sentido de la misma, los evangelistas difieren. Y no nos ha de extrañar, ya que cada relato reelabora el material y lo utiliza para una finalidad teológica diferente.

Los relatos de Marcos (Mc XIV, 3-9) y Mateo (Mt XXVI, 6-13) guardan un paralelismo casi perfecto en el que sólo se observan pequeñas, aunque significativas diferencias. En ambos casos la unción sucede al final del ministerio público de Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, personaje cuyo sobrenombre de «el leproso» puede dar a entender que podría tratarse del destinatario de una curación de Jesús, pero también puede tener un significado simbólico que va más allá. La lepra era considerada un castigo divino motivo de impureza. Simón debió de haber sido un proscrito durante mucho tiempo, pero es precisamente en su casa, en el contexto de un hogar que ha sido considerado inmundo, en el que se va a expandir el aroma del perfume de la unción adelanto de la sepultura.

La mujer que aparece en Marcos y Mateo no tiene ninguna característica especial, pero se atreve a romper con los prejuicios y los condicionamientos sociales: no pide permiso, se adentra en la sala y realiza un acto cuando menos extravagante a ojos de los presentes en el que además no se limita a verter unas gotas, sino que derrama el frasco entero. En Marcos incluso lo quiebra con clara intención de agotar la esencia de nardo, esencia que ambos evangelistas caracterizan como «apreciadísima» y «auténtica» y de cuyo valor concreto también informa Marcos: trescientos denarios.

El gesto de la mujer es calificado de «dispendio» en ambos evangelios y en realidad lo es: es un derroche de amor de una mujer que entrega lo mejor que tiene, pero que, al quedarse sólo en la superficie de lo material, los presentes malinterpretan sin llegar su valor esencial, por lo que recurren a la hipocresía de los pobres para censurar la generosidad sin límites de la mujer.

Por eso la respuesta de Jesús no está exenta de ironía. Muchas veces ese «a los indigentes siempre los tendréis con vosotros» se ha interpretado como una carta de naturaleza de la miseria y no como lo que en Marcos queda claro: los mendigos no son responsabilidad de la mujer, sino de aquellos que en su nombre la critican, pues «cuando queráis podéis hacerles el bien». Es la comunidad en su conjunto la que está llamada a atender a los que nada tienen y Jesús rompe, con esa aseveración, con la hipocresía de quienes utilizan la necesidad ajena para criticar un detalle delicado y hermoso, que además, encierra un hondo significado: la unción de la mujer en los pasajes de Marcos y Mateo, prefigura la muerte de Jesús, su sepultura, la unción mesiánica que significa la Pascua, en un adelanto profético por el que una mujer anónima y vituperada pone de manifiesto al Ungido.

En el evangelio de Juan (Jn XII, 1-8) el carácter pascual y anticipatorio también se encuentra presente, aunque cambian los actores y también hay variantes en el propio gesto de la unción. Acontece en Betania y también al final de la vida pública de Jesús: seis días antes de la Pascua, última semana antes del «día primero» de la Resurrección. Jesús no es invitado en casa de un leproso sanado, sino de un muerto resucitado, Lázaro. El contexto es el de una cena, dato importante, ya que en el evangelio de Juan, Jesús muere la víspera de la Pascua. La cena en Betania, en casa del hombre resucitado, junto a sus hermanas, Marta y María y sus discípulos, entre otros, seis días antes es la prefiguración de la cena pascual que en este evangelio no tiene lugar. En medio de la comida, mientras Marta sirve, María se adelanta y unge los pies de Jesús con una libra de perfume de nardo, que también aquí es calificado como de gran valor, para terminar su gesto secándolos con sus propios cabellos.  Si Marta representa la diaconía del servicio de las mesas, María anticipa la acción simbólica del lavatorio de pies con el que Jesús instituye la señal del amor por la que sus seguidores serán conocidos. Lo cual se ve corroborado por el perfume que se expande, símbolo de vida en abundancia y contraposición del olor a podredumbre del sepulcro del que hablaba Marta en la perícopa de la resurrección de Lázaro. El perfume toma aquí la simbología del pan que se parte y se comparte y a la vez prefigura al Espíritu, que es el amor que envolverá a la comunidad de seguidores de Jesús.

También en Juan encontramos el reproche por el supuesto derroche de María. Pero esta vez viene de un personaje concreto, Judas Iscariote, y su intención es claramente puesta de manifiesto por el evangelista: Judas, administrador desleal, utiliza la necesidad de los indigentes en beneficio propio. María, por el contrario, sabe muy bien lo que es un acto de amor generoso y desinteresado así como el verdadero sentido mesiánico de Jesús.

Distinta a las anteriores es la significación del pasaje en Lucas (Lc VII, 36-50). El hecho se sitúa al comienzo de la predicación de Jesús, en Galilea, en casa de un fariseo de nombre Simón que ha invitado a Jesús a comer movido por su fama de profeta. En este contexto, el evangelista se detiene a narrar con profusión de detalles la escena a un tiempo que pone de manifiesto el diálogo interior del fariseo, que tal vez por su expresión, Jesús supo adivinar.

La mujer aquí tampoco tiene nombre, pero de ella se nos da un dato significativo que será el que sirva para articular todo el pasaje: es una «pecadora de la ciudad», es decir, una prostituta. De ahí que el escándalo en esta ocasión no se deba al derroche por el elevado precio de la esencia, sino a la identidad de la protagonista y al gesto cercano que esta tiene con Jesús, quien al dejarse tocar por ella, pone en entredicho ante Simón su condición de profeta.

La mujer llega por detrás, se sitúa a los pies del Maestro y los baña con sus lágrimas, los seca con los cabellos de su cabeza y, entre besos afectuosos, los unge con el perfume. En pocas frases, Lucas está mostrando una escena de marcado carácter erótico, pero que hace de ese erotismo oración: la mujer transforma el gesto de amor mercenario por el que eran conocidas las prostitutas hebreas en el Imperio Romano, que recibían a sus clientes con una ablución de pies, que luego secaban con su melena para masajearlos con bálsamos aromáticos, en todo un acto de arrepentimiento y amor genuino, que sin duda debió dejar a todos los presentes sorprendidos por su atrevimiento y a Simón, como buen fariseo que era, bastante asqueado hasta el punto de pensar que había cometido un error al invitar a Jesús, pues no podía ser un profeta quien o bien no supiera la condición de esa mujer o, conociéndola, se dejara tocar por un ser tan impuro.

Pero Jesús da la vuelta a la situación y propone a Simón la parábola de los dos deudores que encierra en el fondo una sutil ironía: Simón, el fariseo puro y escrupuloso cumplidor de la ley, se ve a sí mismo como un «justo», alguien a quien poco tiene Dios que perdonar ya que su comportamiento es impoluto. De ahí que su capacidad de amar sea pequeña, pues tiene poco que agradecer de la misericordia divina. Simón sabe de ley, de cumplimiento, de ritos, pero no de detalles amorosos. No le ha proporcionado ni siquiera una bacía con agua para quitar de sus pies el polvo del camino, no le ha recibido con el beso del shalom de acogida de buen anfitrión ni se ha molestado en derramar dos gotas de esencia sobre su cabeza. Sin embargo la mujer, que no es de la casa, sino «de la ciudad», que no es «pura», sino «pecadora» y tiene consciencia de ello, torna su arrepentimiento en gratitud y frente a la frialdad carente de afecto de Simón, es ella misma la que se entrega, la que expresa su amor con su corporalidad: lágrimas, cabellos, besos… y con el derroche de una esencia valiosa, tal vez lo único de valor que poseyera, en un acto de fe que es redentora y que, lejos de provocar el rechazo de Jesús, el miedo a la contaminación de su impureza, despierta en él un sentimiento de ternura y acogida, porque Jesús no es el profeta que Simón esperaba para que refrendara su piedad farisea hecha de rituales, de purificaciones y prohibiciones, sino el que viene a traer un mensaje de misericordia y perdón, de amor, de igualdad y libertad.