En el número 12 de la encíclica Magnifica Humanitas, del papa León XIV, leemos: “edificar en el bien significa aceptar los límites y la fragilidad de la humanidad sin considerarlos un error que haya que corregir”. Esta reflexión del papa y la que realiza en el 232 que en síntesis viene a decirnos que la plenitud humana no se logra superando la condición humana con la tecnología, sino acogiendo la dignidad de la fragilidad, manifestada y redimida por Cristo.
Estas afirmaciones papales nos dan pie para reflexionar sobre eso que se han dado en llamar experiencias límites que el ser humano enfrenta con especial intensidad en un contexto de enfermedad grave, entre otras se podrían señalar: contingencia, fragilidad, vulnerabilidad, dependencia, sufrimiento, miedo y muerte. Estas no son anomalías o errores del ser humano como bien afirma el papa León, sino dimensiones constitutivas de la condición humana, es decir, las que nos constituyen como humanos. La contingencia revela que el ser humano no es necesario, y que como personas concretas podríamos no haber existido, además, su existencia está marcada por la finitud -tiene principio y tiene fin-. La fragilidad y vulnerabilidad muestran la posibilidad constante de quebrarse o ser herido, mientras que la dependencia evidencia que nadie es autosuficiente en este mundo, por lo que revela el carácter social de la persona. El sufrimiento, más allá del dolor físico, afecta la identidad y el sentido del sujeto; mientras que el miedo actúa como respuesta ante la amenaza. Todas estas dimensiones constitutivas del ser humano convergen en la muerte, entendida esta como el límite último o el gran límite humano que da profundidad y sentido a la existencia humana.
Por ello, cuando reflexionamos sobre la enfermedad, esta se ha de plantear no solo como un fenómeno biológico, sino como una experiencia existencial integral que afecta a toda la persona: cuerpo, emociones, relaciones, sentido de vida y apertura a la trascendencia, etc., y empuja a la persona a plantearse las grandes preguntas sobre el sufrimiento, la muerte y el papel de Dios en un contexto de enfermedad y muerte.
La fe cristiana nos muestra que la enfermedad no solo se ha de entender como un mal físico ligado a la condición humana, que puede empujar a un sinsentido. Aunque la teología cristiana no ha de buscar explicar el sufrimiento de forma racional, si ha de ser capaz de mostrar a un Dios que no permanece indiferente ante la enfermedad, sino que comparte el sufrimiento humano en Jesucristo. La cruz y la resurrección se presentan como clave interpretativa: Dios no elimina el dolor, pero lo habita y lo transforma en esperanza. La fe, por tanto, no es evasión ni consuelo fácil, sino una vivencia que permite afrontar el sufrimiento con sentido.
Todo creyente está llamado a un itinerario concreto: aceptar su condición limitada, superar la indiferencia, purificar una fe infantil y abrirse a la oración y al compromiso solidario en el enfermo. La experiencia del dolor impulsa a la acción moral, basada en la fraternidad, la compasión y la responsabilidad hacia los que sufren. Así, la fe se traduce en cuidado concreto del prójimo-enfermo, como en la parábola del buen samaritano.
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