De tanto leer un texto, y sobre todo influenciado por tradiciones no reflexivas, dejamos de entender lo que dice e imaginamos cosas que no dice.

Leemos en el Evangelio de Juan: Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el asalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo hace presa en ellas y las dispersa, porque es asalariado y no le importan nada las ovejas. Jesús se identifica con la imagen del buen pastor y se distingue del asalariado. En ningún sitio dice que seamos ovejas, pero casi siempre lo deducimos, ya que si Él es el pastor de ovejas, nosotros somos ovejas. Lo cual no es cierto.

Y se refuerza esa lectura al continuar el Evangelio señalando que Jesús afirma: también tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor. Y llega a la cúspide de su significado al concluir esa imagen del Buen Pastor afirmando dramáticamente que por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Juan apunta claramente a la redención en la cruz.

En torno a la difusión de la idea de que somos ovejas se inculca la idea de que debemos ser dóciles, obedientes, ingenuos, desvalidos. Pero el texto se refiere a los valores de un buen pastor, que Jesús asume, no que seamos ovejas.

Si alguna alegoría al reino animal de nuestra identidad como creyentes el Evangelio de Mateo lo presenta en su capítulo 10. He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas. Mateo pone en boca de Jesús la imagen de como a ovejas en medio de lobos. El “como” es importante. No es que seamos ovejas, es que somos como ovejas en medio de lobos, estamos en medio de tantos peligros y riesgos.

Y es en la siguiente oración donde gana relevancia dos rasgos que nos solicita nuestro Redentor: prudencia y sencillez, astucia y humildad. Y lo relaciona con dos imágenes de la fauna. La prudencia de la serpiente y la sencillez de las palomas.

No estamos llamados a ser ovejas, mucho menos lobos, ni serpientes, ni palomas. Jesús nos considera amigos y por Él en la cruz somos reconciliados con el Padre y hechos hijos suyo. Somos creados a imagen de Dios y por tanto obsequiados por nuestro creador con la lucidez, la capacidad de amar y la libertad. Condiciones que ninguna especie animal poseen.