Hoy vamos a tratar de un pasaje evangélico de tradición muy antigua, pues es recogido por los tres sinópticos (Mc V, 21-43; Mt IX, 18-26; Lc VIII, 40-56), y forma muy llamativa en los tres, ya que presenta una estructura encuadrada lograda por la técnica narrativa de la intercalación. Y este hecho no es baladí puesto que ambas historias se hallan fuertemente entrelazadas por su significado más profundo.

El protagonismo en los dos casos recae en personajes femeninos, una mujer con hemorragias y una adolescente postrada, que representan la situación de marginalidad de las mujeres en el judaísmo de tiempos de Jesús así como la determinación segura y confiada de superar ese sistema y alcanzar una vida plena. La mujer lleva enferma doce años y esos mismos son los que la niña cuenta como edad: doce, el número que simbólicamente representa al pueblo de Israel. De la niña se nos informa que es la hija (thygater) de un archisinagogo y esa misma palabra, thygater, es la que empleará Jesús para llamar cariñosamente a la mujer tras su curación. Ambas son hijas, con todo lo que de cariño entrañable encierra esta palabra sobre todo si es pronunciada en diminutivo (thygatrion).

Jesús está de vuelta de la tierra de los gerasenos tras haber cruzado en barca el mar de Galilea y lo espera en la orilla una muchedumbre de la que se adelanta un archisinagogo, de nombre Jairo (el portador de la luz) en los evangelios de Marcos y Lucas, para echarse a los pies de Jesús y rogarle que vaya a su casa a curar a su hijita que está muy enferma. Y es en medio de esos ruegos cuando la mujer toma la determinación de acercarse por detrás y tocar el manto de Jesús plenamente confiada en que sólo su roce podrá liberarla de su mal. Cabe aquí destacar la diferencia entre la actitud del jefe de la sinagoga y la de la hemorroisa. Jairo sale al frente, mira a Jesús y se postra a sus plantas en actitud suplicante. Es un varón que puede presentarse y expresar su ruego libremente. Sin embargo, ella es una mujer proscrita por su enfermedad, el colmo de la impureza de la que la muchedumbre se habría apartado asqueada si hubiera conocido su condición. Es una mujer a la que en doce años nadie se ha acercado, que ha debido mantenerse alejada y al margen de la sociedad, una mujer afectada de lo que el evangelio llama mastix, palabra griega cuya primera acepción es «látigo» y de ahí su significado como «castigo», porque sus flujos no son sólo una enfermedad debilitante y molesta, son algo más, son la expresión de un supuesto mal moral cuya consecuencia es, no ya una enfermedad cualquiera, sino, junto con la lepra, la más denigrante de todas. Por eso la mujer, y ya es osadía, sólo se atreve a acercarse por detrás y rozar levemente las vestiduras de forma completamente anónima. Y no por Jesús, en quien ha puesto toda su confianza, sino por esa multitud que la rodea.

Tanto Marcos como Lucas nos informan de que la mujer ha gastado vanamente todo su capital en médicos que no la han sanado. Y eso tiene su lógica: esos médicos, pertenecientes al sistema, como también lo es el archisinagogo, nunca podrían sanarla. A lo sumo podrían haber solucionado el mal físico y hacer que el flujo continuo cesara, pero nunca serían fuente de sanación ya que ella, dentro del judaísmo, seguiría siendo cíclicamente impura hasta que la vejez le arrebatara lo único por lo que una mujer valía: la posibilidad de dar hijos. Esos médicos eran incapaces de liberarla y otorgarle la dignidad de persona más allá de sus condicionantes fisiológicos.

Por eso centra su fe y su confianza en alguien que ofrece una sanación diferente de la de médicos y curanderos. En los tres relatos evangélicos se observa tanto su determinación como su total seguridad: «Si sólo una vez toco su manto, me veré liberada» (Mt IX, 21). Su certeza llega al extremo de saber que sólo necesita un leve contacto con el manto, pero su gesto es mucho más osado de lo que en principio puede parecer.

A ojos de nuestros días, podemos interpretar que la mujer sólo se atreve a tocar un extremo de la ropa más exterior de Jesús, es decir, que evita el roce con su persona por no considerarse digna de ello. Pero si nos situamos en la clave interpretativa correcta, veremos que es todo lo contrario: el manto que la mujer toca es el talit, el manto de oración, la prenda más sagrada que podía portar un judío piadoso, aquella que no debía bajo ningún concepto tocar impureza o inmundicia. Es decir, la mujer apartada de lo humano, pero sobre todo de lo divino, se aferra a lo más sagrado, a aquello que representa a Dios. Pero es que además Mateo y Lucas narran que se aferró a un kraspedon, a una borla y, ¿qué eran estas borlas?

El talit tenía cuatro puntas y en cada una de ellas estaba bordada una letra del tetragramma, es decir, del nombre impronunciable y divino del Dios de Israel, YHWH («el que soy y estaré contigo»). Debajo de cada letra, de la punta, colgaba una borla, llamada tzit-tzit que estaba trenzada con siete hilos, el número de la plenitud, y un hilo azul que representaba la realeza de YHWH. Estas borlas tenían cinco nudos y entre ellas una serie de vueltas cuyo valor numérico expresaba «YHWH nuestro Dios es uno».

Ahora podemos comprender plenamente la osadía de la mujer apartada de lo humano y lo divino por impureza. No sólo se aferra a una prenda sagrada, sino que toca con sus manos lo que ni siquiera el más piadoso de los hombres ponía en su boca, el nombre impronunciable de Dios. Ella, a la que no se permitía ni recitar el comienzo de un salmo, osa agarrarse al ser de Dios, al cogollo del misterio, al corazón del que habló a Moisés desde la zarza. Y es precisamente por ese arrojo, por esa seguridad, emunah, que es más que fe, por lo que arranca el milagro. En este caso no es Jesús quien conscientemente impone sus manos o quien se compadece ante la enfermedad, es ella, la necesitada de curación, la que con su confianza sin límites llega hasta el centro de la divinidad y arranca una dynamis, que es profundamente sanadora.

La trasgresión de la mujer va más allá de tocar a un varón piadoso en sus vestiduras de oración (que ya sería grave en el contexto del judaísmo). La mujer ha provocado una fuerza, una dynamis, que para la religión judía debía ser aniquiladora. Nadie osaba pronunciar el nombre de YHWH, nadie mirar cara a cara lo divino porque sería profanación y la respuesta no podría ser otra que la destrucción. Sin embargo, la dynamis divina que se desprende de Jesús es muy distinta, es una fuerza liberadora, una fuerza que limpia, que cura, que salva. En Jesús, acercarse a lo divino, es acercarse al Padre, al Abba, al Dios misericordioso que se apiada del ser humano, al que bendice y no maldice.

Por eso la reacción de Jesús es la que es. Y aquí, como en tantas cosas, la lengua griega se nos queda corta. Los evangelios, dada la universalidad del mensaje de Jesús, optaron por usar la lengua franca del Imperio, la que se hablaba en su zona oriental, el griego de la koiné, para así poder llegar a los miembros de sus respectivas comunidades. Pero escribir en griego lo que son palabras originalmente arameas y expresar en esa lengua la mentalidad semítica es algo harto complicado, por no decir imposible. Ni la traducción del Marcos y Lucas «hija, tu fe te ha salvado, vete en paz», ni el «hija, ten ánimo, tu fe te ha salvado», pueden recoger el significado del momento. Tan sólo si interpretamos como un arameismo el imperativo tharsei de Mateo y le damos un valor exclamativo, podemos comprender el sentido de las palabras de Jesús. No es un «ten valor», pues, ¿qué más valor necesitaba alguien que se ha atrevido tanto? ¿No resulta un poco absurdo querer infundir coraje a alguien que ya lo ha demostrado con creces? Pero si vamos más allá de la letra, encontraremos a un Jesús admirado, a un Jesús cercano ante una mujer asustada por lo que acaba de hacer, que lejos de recriminarla, le habla con todo el cariño e incluso con admiración, pues exclama: «¡Hija mía, qué coraje le has echado! Tu confianza sin límites ha sido tu liberación».

Y sí que le echó valor. No sólo interrumpió la conversación de dos varones, sino que se aferró a lo más sagrado en la plena seguridad de que obtendría su curación. Pero volvamos al archisinagogo. Doce años, los mismos que la mujer llevaba enferma, hacía que había nacido su hijita. Doce años en los que él la ha cuidado en el contexto del hogar de un judío piadoso con un cargo relevante en su comunidad. Pero esos cuidados no han servido de nada y la niña está postrada: una hija que acaba de morir según Mateo, una hija única muy enferma según Marcos y Lucas. Y otra vez nos topamos con el doce, el número simbólico de Israel, y otra vez con un personaje femenino enfermo, postrado, incluso muerto.

La muchacha de doce años es una niña que acaba de dejar de serlo. Es la edad prototípica de la menarquía, el momento en que la feminidad va a marcar su vida al dejar atrás la libertad y la inocencia de la infancia para convertirse en una mujer casadera, alguien «postrado», sin autonomía, dependiente y, entre reglas, partos y pospartos, impuro la mayor parte del tiempo. En casa de su padre, y la casa también representa la comunidad, es eso lo que le espera. La niña no tiene salvación, la niña, en un sistema que como mujer la oprime, va a morir o está ya muerta.

En el texto de Marcos, que sirve de fuente a los otros dos sinópticos, cuando Jairo va a suplicar a Jesús, su hija aún no ha muerto. Su muerte sucede mientras la mujer de los flujos alcanza su curación, lo mismo que en el de Lucas. Mateo en este caso es mucho más sucinto, si bien es el único que se fija en el detalle de los músicos fúnebres. La música y los cantos era un elemento que también acompañaba a las bodas, ¿estamos aquí ante el mismo símbolo? Porque el matrimonio en la Palestina de tiempos de Jesús nada tenía que ver ni con el amor ni con el gozo, al menos no para la niña que era sacada de la seguridad del hogar materno para ser entregada a un desconocido que podía hacer con ella lo que quisiera. ¿Eran en realidad esos himnos nupciales cánticos fúnebres entre los que una adolescente era enterrada en vida? Ahí lo dejo.

Marcos y Lucas detallan más la escena. Unos vecinos o familiares vienen a informar a Jairo de la muerte de su hija e incluso lo increpan por molestar al Maestro. Son los que piensan que no hay nada que hacer y que la situación es irreversible. Pero Jairo, que era una persona de respeto en su comunidad, un dirigente religioso, aparece aquí como un buen hombre y un padre preocupado, un padre que no se resigna al destino de su hija y que, como la mujer de los flujos con los médicos, ha descubierto que dentro del sistema establecido que él representa no hay salvación para la niña. Pero Jesús vuelve, como con la mujer a apelar a la emunah, que es algo más que fe, es confianza, es certeza que desvanece el temor.

La casa a la que Jesús llega es un contexto de muerte. Es el lugar donde la niña de doce años no tiene ya futuro. Ha fallecido y todos la lloran. Se puede palpar la atmósfera opresiva y lúgubre que rodea la estancia. Pero Jesús ha venido para dar vida en abundancia. Por eso lo que Marcos y Lucas nos cuentan es el paso de una situación opresora que genera parálisis y muerte a otra en la que la niña pueda levantarse (talitha qumi) del sueño, tomar alimento y vivir en plenitud. Y es significativo que para llamar a la vida a la adolescente, Jesús pida la presencia del padre y la madre y entre en la estancia fúnebre con tres de sus discípulos. El porqué de estas presencias es evidente: se trata de una curación familiar y comunitaria. Para que la niña reviva, es la familia, representada por los padres, la que ha de transformarse y es la comunidad la que ha de renovarse. La dynamis en este caso no opera desde la emunah de la chiquilla, que es lo que hoy llamaríamos una víctima inocente del sistema, sino desde la de la comunidad, representada por el padre, que ha de transformar esas relaciones familiares y sociales para que no haya más niñas a los doce años sumidas en la parálisis de la falta de vitalidad que produce la opresión.

Jesús ordena a la niña egeire, y el verbo egeiro, que traduce el arameo qumi, es algo más que levantarse, es alzarse, erguirse, pero también resurgir y sanar. Es un verbo que nos habla de recuperar la dignidad, de volver a ser persona, de tomar la iniciativa y liberarse. La niña dormida, a la que el Maestro toma de las manos en un gesto de cariño y cercanía, no va a volver a la vida que dentro de la tradición del judaísmo le esperaba a los doce años. Va a levantarse y caminar, va a ponerse en marcha. Lucas es más explícito. Dice que volvió su espíritu, no su alma (psiché), sino su espíritu (pneuma), la palabra griega que traduce el hebreo ruah, la misma que utilizará en Pentecostés. A la muchachita (talitha) a la que Jesús levanta de su postración le ha vuelto el aliento vital, pero para que pueda respirar la casa, la familia representada en el padre y la madre ha tenido previamente que transformar sus relaciones y convertirse en una auténtica comunidad de seguidores del Jesús, un entorno de amor en el que todos sus miembros puedan desarrollarse y vivir. Por eso Jairo, lo mismo que la mujer de los flujos, han tenido que atreverse y salir del sistema para encontrar la auténtica sanación.