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Espíritu Santo, amigo

Padre-Hijo-Espíritu Santo, ¡qué comunidad de Amor tan perfecta! ¡Qué maravillosos Amigos sois estas Tres Personas!, pues siendo tan distintas, formáis una Unidad en el Amor y la Amistad.

Y tanto nos amáis, que el Padre envió a su único Hijo para que nos enseñara a amar de la misma manera que vosotros. Dice Jesús: «Como el Padre me ama a mi yo también os he amado a vosotros. Éste es mi precepto, que _os _améis _unos a _otros como yo _os he amado» (Jn 15,9-13).

Nos amaste ¡oh Jesús! como el Padre que hace salir el sol sobre buenos y malos, sobre justos e injustos.

Muy bien sabía Jesús que nosotros solos no podemos amar así. Por eso promete que el Padre y Él nos enviarán al Espíritu Santo.

¡Qué maravilla tener estos Tres Amigos que respetan tanto nuestra libertad y nos aman con amor sin límites!

¿Cómo debemos relacionarnos con cada uno de ellos?

Jesús nos lo dice: «Cuando queráis hablar con vuestro Padre, cerrada la puerta allá en lo escondido, donde nadie os vea, decid: Padre nuestro». Por lo tanto de una manera muy especial, nos encontraremos con el Padre en la Soledad y el Silencio, abandonados en Él como niños pequeños.

¿Cómo relacionarnos con Jesús? «Donde haya dos o tres reunidos en mi nombre allá estoy yo en medio vuestro».
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¿Y con el Espíritu Santo? ¡Ese gran desconocido! Esta Persona Divina procede del Amor Infinito del Padre y el Hijo. Por ello, cuando nos relacionamos con el Padre, en la soledad y el silencio, y además, nos relacionemos con Jesús, en la Eucaristía, en nuestra comunidad, entonces brotará en nosotros el Espíritu Santo, nuestro Amigo por excelencia. Don que se nos da. Es el gran Regalo del Padre y el Hijo. Tan cercano que como dice san Pablo: «Somos templos vivos del Espíritu Santo y Él habitará en nosotros». Es decir, somos sus sagrarios. El Espíritu Santo siempre tan respetuoso de nuestra libertad. Nos ama infinitamente a cada uno haciendo que crezca y madure lo mejor que tenemos. Nos lleva a vivir la realidad para la que hemos sido creados: ¡Hijos de Dios! Para esto el Padre envió a Jesús, para que nos enseñara a vivir así. Para esto el Padre y el Hijo enviaron al Espíritu Santo, el Amor Infinito hacia nosotros.

Él desea que nosotros le digamos que sí; que queremos ser Amigos del Padre, del Hijo y de Él. Que queremos nos ayude a amarnos como ellos se aman. Aman a amigos y enemigos; todos, sencillamente porque existimos, independientemente de cómo seamos.

¡Espíritu Santo, dulce huésped del Alma! Nuestro gran Amigo. Impúlsanos a saber contemplar y disfrutar de tanta belleza como hay en vuestra creación. Tú eres Belleza. Tú eres Amor Perfecto. Sin ti nada podremos hacer.

Y tú, María, tan plena de Alegría del Espíritu Santo ayúdanos a vivir así.

Por Dolores Cabrera y Soledad Gutiérrez (Hermosillo)

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