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Cuando el desierto florece

El desierto de Atacama abarca un extenso territorio del norte chileno, llegando hasta la frontera con Perú. En la región de Atacama, tanto en su borde costero como en sus valles interiores se produce el fenómeno del desierto florido que consiste en la aparición de una gran diversidad de floresseptiembre2010_016 entre los meses de septiembre y noviembre. Esto ocurre cuando ha sido un año de mayor pluviosidad en esa zona, de por sí, seca. No todos los años florece el desierto o no con la misma intensidad. Este año, en la primavera austral que empieza en septiembre, hemos podido gozar de este bello espectáculo, ya que las precipitaciones caídas han posibilitado que gran cantidad de semillas y bulbos que se encontraban en estado de latencia hayan germinado, acompañadas de la proliferación de insectos, aves y especies de lagartos pequeños.

Extensiones de pampa, de tierras áridas, laderas de cerros, arenales cercanos a la costa, se han cubierto de un universo multicolor, cuyos nombres son casi tan atractivos y sugerentes como sus variadas formas: añañucas, borlón de alforjas, amancai, copiapoa, cuerno de cabra, garra de león, pata de guanaco, renilla, suspiro del campo, oreja de zorro,…Todas ellas y muchas otras (son más de 200 especies de carácter endémico) han florecido gracias a las lluvias caídas, inusuales para el rango normal del desierto, y que permitieron que esas semillas, por años enterradas bajo ese suelo árido, pudieran germinar.

Las personas tenemos también en germen diversidad de semillas, talentos, capacidades, dones. ¿Cuál es la lluvia que necesitan para que esas semillas puedan germinar y ser, así, creadoras dseptiembre2010_007e belleza tanto en el plano estético como ético? Quizás lo primero sea apearse de la prisa, detenerse, sosegarse, apaciguar el ser para poder ver la propia interioridad y descubrir, así, los talentos que Dios nos ha dado. Muchas veces nos quejamos porque nos sentimos inferiores a otros, nos comparamos, perdemos el tiempo mirando hacia al lado en vez de contemplar la maravilla que el Creador ha hecho con cada uno de nosotros. No se trata de caer en la autocomplacencia, sino en saber reconocer con mirada agradecida y humilde la obra de Dios,  tomar conciencia plena e inefable de ser y de ser lo que se es. Nuestro itinerario existencial no puede estar ajeno a estos espacios de soledad y silencio, de admiración y gratitud: “Fue un camino arduo reencontrar esa relación íntima con Dios, y decir en la noche en la ventana: ‘Ten mi gratitud, oh Señor’. En mi interior imperan la tranquilidad y la paz. Realmente fue un camino arduo” (Etty Hillesum).

Descubiertos ya estos dones, aceptándolos y gozándose en ellos, hay otro paso más para que el agua siga fertilizando la semilla. Hay que ponerse a la intemperie, pues si estamos bajo tejado el agua no nos impregnará. Eso significa, dejar los temores, las seguridades, las comodidades, vivir el desapego, dejar que la lluvia nos empape, y que penetre hasta lo más recóndito de nuestro ser. Liberarse de la desconfianza para enraizarse en la confianza radical, en la fe de que, a pesar de nuestra pequeñez, si nos abrimos a la lluvia del Espíritu Santo podemos ofrecer un bello mosaico floral en la tarea de ajardinar el mundo.

Cuando el desierto florece, se multiplica la vida animal, haciendo su aparición diversidad de insectos, aves y lagartijas que encuentran, en ese medio, el hábitat adecuado para vivir y desarrollarse. Así también, cuando los seres humanos ponemos a trabajar los talentos en bien de los demás, se genera una dinámica de vida, interacción y retroalimentación. Hay vida y vida en abundancia.

Por Lourdes Flavià Forcada
Voz: 

Música:  Manuel Soler, con arreglos e interpretación de Josué Morales
Producción: Hoja Nuestra Señora de la Claraesperanza

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