Es bien sabido que uno de los ejes sobre el que descansa la vida de fe durante la cuaresma es la oración. Junto con ella van el ayuno y la limosna. Entiendo que lo que hace es acentuar su importancia, dando pie a que revisemos cómo la vivimos. Porque lo cierto es que no sabría cómo concebir el resto del año litúrgico, la vida en sí, sin su dimensión orante. Sería como quitarle el alma y el sostén cotidiano de la relación con Dios…

Asimismo, pensando en la oración durante el camino cuaresmal, me resuenan unas palabras que Enzo Bianchi, fundador de la comunidad italiana de Bose, escribe en las Cartas a un amigo sobre la vida espiritual. Recuerda que “plegaria -u oración- tiene la misma raíz que precariedad.” Y lo explica así: “Es cuando topa con su impotencia que el cristiano se gira hacia el Señor en toda verdad. No implores soluciones mágicas, ni quieras ser eximido del compromiso o de la responsabilidad, sino que la fe en el Señor de la historia te empuje a la intercesión.”

Y para que no quede duda sobre a qué se refiere cando destaca este aspecto de la oración que es la intercesión, señala que interceder quiere decir “caminar entre” dos partes, situarse entre dos realidades, introducir en una situación negativa unos elementos que la puedan transformar. “La intercesión -sigue Bianchi- quiere decir transformación activa, quiere decir tomarse seriamente la relación con Dios y con los otros”.

Cuánto dice en tan pocas líneas… Plegaria y precariedad, relación con Dios en verdad. Hablar de impotencia es hablar de limitación y, por tanto, de invitación a la humildad. El hombre humilde se dirije a Dios en verdad y por eso no se le ocurre pedirle soluciones mágicas. Transparencia en la presencia delante de Dios y transparencia en el corazón mendigante.

Pidamos a Dios que nos inspire qué hacer y que se vuelva nuestro aliento a la hora de hacerlo. Lo cual no supone nunca lavarnos las manos de lo que nos toca. Por eso la oración no es sólo dejar las cosas en manos de Dios. Es dejárselas poniendo también las nuestras; que Él sea quien las dirija. Como decía Madre Teresa de Calcuta, somos un lápiz en sus manos.

Esta plegaria de precariedad es reconocer lo que nosotros no podemos o no sabemos, hacer explícita la confianza en que Dios sí puede y sabe, y colocarnos en una tesitura que permita una comunicación efectiva entre los dos. Y todo, en último término, para bien de aquella realidad que conviene empapar del don de Dios.

Texto: Natàlia Plá

 

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