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Claraesperanza: Encuentro de María con su Hijo Resucitado

Santa Teresa de Jesús, en sus cuentas de conciencia habla de una revelación: “Díjome que en resucitando, había visto a nuestra Señora”.

María la joven que diera su Sí al designio divino, quien fuera madre y formadora del verbo encarnado en su vientre, quien le protegiera y acompañara hasta el último minuto de su vida carnal (“La Pietat”), habiéndose desprendido de su Hijo y con la fe en Dios y su promesa de reconstruir el templo al tercer día (Juan 2,13-25), estaba al alba del día siguiente en la soledad acompañada que le ofrecía el Padre y el Silencio lleno de resonancias de su Hijo amado, quien le anunciara su Resurrección (Mateo 16, 21). Con la Claraesperanza en su Encuentro. Ahora es el hijo quien acuna y abraza a su madre, tal cual ella lo hiciera cuando niño. (Andadura Pascual – Alfredo Rubio de Castralenas).

Las demás mujeres fueron a la madrugada a ungir el cuerpo de Cristo al sepulcro. Ellas buscaban con miedo, angustia, dolor, “fuera de si” y entre los muertos, a quien había anunciado resucitaría. (Marcos 16, 1-8) (Mateo 28, 1-7)(Lucas 24, 1-12) (Juan 20, 1-18).
Un ángel debió anunciarles el lugar donde le hallarían; “Id a Galilea, allí le encontrareis”. El Papa Francisco en su homilía del domingo 1 de marzo, reflexionó sobre el anuncio de la resurrección. Explicó tres pautas para ir a nuestro Encuentro con Jesús.

La primera: el anuncio. Las mujeres fueron al alba a ungir el cuerpo de su maestro en el sepulcro y encontraron la tumba vacía, el ángel les dice: “El Señor ha resucitado” esta noticia, pasa de boca en boca. María madre, le espera en soledad y silencio.

La segunda: la sorpresa o “golpe bajo”. La tumba está abierta, vacía y no encuentran el cuerpo de su maestro. Se sorprendieron. Los anuncios de Dios son siempre sorprendentes, porque nuestro Dios es el Dios de las sorpresas. La sorpresa es lo que conmueve tu corazón, que te toca allí mismo, donde no lo esperas. En comunidad, en el corazón de Jesús.

El tercero: el tipo de respuesta. Ante la sorpresa se desencadena el movimiento, el apostolado, de prisa o lentamente. Las mujeres corren, se apresuran a decir: “¡Pero, encontramos esto!”. Las sorpresas de Dios nos ponen en camino, de inmediato, sin esperar. Pedro y Juan corren. Los pastores, esa noche de Navidad, corren: “Vamos a Belén a ver lo que nos dijeron los ángeles”. Y la mujer samaritana corre para decirle a su gente: “Esto es nuevo: encontré a un hombre que me contó todo lo que hice”.

“Hemos encontrado al Mesías”. Las sorpresas, las buenas noticias, siempre son así: de prisa. En el Evangelio hay uno que se toma un tiempo; él no quiere arriesgarse. Pero el Señor es bueno, esperándole con amor, es Tomás. “Lo creeré cuando vea las heridas”, dice. Incluso el Señor tiene paciencia para aquellos que no van a tan rápido.

Finalmente el Papa nos cuestiona: “¿Y a mí? ¿Mi corazón está abierto a las sorpresas de Dios? ¿Puedo ir aprisa? o siempre con ese canto: ¿mañana veré, mañana, mañana?”. ¿Cuál es la sorpresa para mí? Juan y Pedro corrieron a la tumba. Juan nos dice: “Creo”. Incluso Pedro: “Cree” a su manera, con fe un poco mezclada con el remordimiento de haber negado al Señor. El anuncio sorprendió. El viaje fue rápido y la pregunta: Y yo, hoy, ¿qué estoy haciendo? ¿Qué estamos haciendo?

Texto: Elsa Lisarazo
Producción: Hoja Nuestra Señora de la Claraesperanza


 

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