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Bienaventurados los Misericordiosos

Cuando un niño se equivoca y lo reprenden, depende la de manera en que esto se haga, el niño no entiende la corrección, entiende solamente la desaprobación, el grito, la violencia hacia él y llora. Se siente mal por la humillación o por sentir el desamor. Se siente maltratado. Esto no lo comprendemos muchas veces los adultos y repetimos el método para que aprendan a comportarse, y logramos que obedezcan, pero no necesariamente que entiendan.

El estudio de los comportamientos humanos nos da muchas luces de cómo relacionarnos entre nosotros y ya es sabido que la violencia no es efectiva, sólo lo es el amor. La forma de la relación, muchas veces es la relación; la forma de la comunicación, también. Jesús nos enseñó esto hace aproximadamente dos milenios! Y otros sabios y profetas lo han dicho también, no obstante, no lo hemos aprendido, seguimos muchas veces por el “camino antiguo”, no solamente con los niños, aplicamos y transmitimos el ojo por ojo, el cobro de los impuestos, el juicio, la desconfianza y en definitiva la falta de amor en nuestras relaciones. Desaprender es difícil.

El Año Santo de la Misericordia ha sido un regalo inmenso para reflexionar sobre el poder sanador de la misericordia (misere-cordae), sanar las miserias del corazón, sanar los corazones miserables… En el mensaje del Santo Padre Francisco para la 50 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales dice textualmente: “Todos sabemos en qué modo las viejas heridas y los resentimientos que arrastramos pueden atrapar a las personas e impedirles comunicarse y reconciliarse. Esto vale también para las relaciones entre los pueblos”.

Hace unos días en un transporte público un hombre se sentó a mi lado, me empezó a hablar sobre su dificultad para dejar de ingerir alcohol, efectivamente el olor lo delataba. A pesar de querer, no había podido abandonar esta dependencia. Sabía que lo destruía, pero era más fuerte que él. Desaprender un comportamiento implica, en primer lugar, tomar conciencia profunda de su ineficiencia; en segundo lugar, convertirme a no repetirlo y tomar la determinación de ocupar otro camino; pero, en tercer lugar, perdonarme a mí mismo todas las veces que no podré ser consecuente y pedir ayuda.

Quizá nunca logre cambiar el comportamiento, pero probabemente sí haré un proceso de conversión a amar, me podré sentir amado y eso tendrá más valor, mucho más, porque sanará heridas más profundas.

Texto: Elisabet Juanola
(Tomado del blog Nuestra Señora de la Paz y la Alegría, agosto de 2016)
Producción: Hoja Nuestra Señora de la Claraesperanza

 


 

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