Por Patricia Castillo Ávila. El Papa Francisco, a lo largo de su magisterio, nos ha hablado reiteradamente de las periferias existenciales, las periferias humanas. Y pensamos en aquellos que viven en alguna situación humana extrema, en la que la sociedad los margina. Podemos correr el riesgo de creer equivocadamente que esas realidades son ajenas a nosotros o que no hay nada que podamos hacer para cambiar la situación.

Hace poco el Papa nos convocó a celebrar un Año Santo de la Misericordia. Para ello, redactó una bula titulada “El Rostro de la Misericordia” (Misericordiae Vultus – MV), en la cual nos dice que “Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad; es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro” (MV 2). Se manifiesta, así, una relación directa entre Dios y la persona. Y añade el Papa más adelante en ese mismo numeral que, la “Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida”

Vemos, pues, que la misericordia no es un hecho que únicamente se aplica a la relación de una persona con Dios Trino, sino que también la misericordia está llamada a realizarse en la creación de vínculos de fraternidad entre las personas.

En el camino de nuestra vida nos habremos encontrado con personas que pueden estar viviendo en una situación de periferia humana, una situación en que son los últimos, que claman acompañamiento y ayuda. O también, podemos ser nosotros los que clamamos por ese auxilio.

Vivimos en un mundo que va demasiado a prisa, entre necesidades, anhelos, responsabilidades y también banalidades y frivolidades… muchas veces sólo sabemos que vamos, pero hasta hemos perdido el rumbo profundo que nos debiera motivar. A ese ritmo, si mínimamente tenemos bajo control nuestra vida, ¿cómo podremos encontrarnos con la mirada del otro?

Debemos hacer un alto, un alto sosegado y abandonado, “olvidado de todo, hasta de mi cuerpo” (“Mística natural de la humildad óntica”, Alfredo Rubio de Castarlenas) y así entrar en la profunda constatación de que ¡somos, existimos! y de que nuestra vida es el regalo más maravilloso que hemos recibido de Dios.

Si logro deshacerme de todo, desinstalarme para que brote en mi ser esa humildad óntica que me lleva a postrarme ante el Misterio, entenderé que mi ultimidad no es solamente aceptación de mis limitaciones, sino que también ha de manifestarse en el servicio a los demás. La humildad óntica me hace constatar mi humanidad, mis limitaciones, mis pecados, mi necesidad de conversión; pero también me pone delante del amor y la misericordia de Dios que no conocen límites. Es importante buscar “encontrarme con el misterio de la misericordia, que es fuente de alegría, serenidad y paz.” (MV 2)

Desde mi ultimidad soy capaz de reconocer no sólo que soy, que existo, sino también que tengo necesidad de la misericordia de Dios y que debo abrir mi corazón para llenarme de su consuelo y perdón. Y eso está bien, pero es sólo la primera parte de la ultimidad. La ultimidad quedará plenamente realizada cuando se convierta en servicio a los demás, cuando entienda la ultimidad del otro, sea capaz de perdonar y me ponga a su servicio. Si puedo constatar que mi vida es un don de Dios, así también podré entender que cada ser humano es un don de Dios, que su existencia no me es ajena, que somos hermanos en la existencia y que sus necesidades deben cuestionar mi potencial de ultimidad. Hacerme último, entrar en proximidad con el último, con el más necesitado de la misericordia del Padre.

Dios nos quiere libres, nos quiere felices y entre nosotros podemos ayudarnos a conseguir esa libertad y esa felicidad, si somos misericordiosos como nuestro Padre es misericordioso. (cfr Lc 6,36) Es preciso recordar las palabras del Señor Jesús: “La felicidad está más en dar que en recibir”. (Hch 20,35)

El Papa Francisco nos ha invitado a que hagamos eco de lo que Jesús nos dice y reflexionemos y vivamos las obras de misericordia corporales y espirituales. “¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida! Este es el tiempo para dejarse tocar el corazón” (MV 19)

Texto: Patricia Castillo Ávila
Fuente: Nuestra Señora de la Paz y la Alegría – http://pliegotante.blogspot.com/2015/11/

 


 

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