Por Cori de Dalmau. En el mes de febrero fui a un retiro, “A la escucha del Espíritu de la mano del invierno”, un tiempo para respirar el aliento de la creación siguiendo los ciclos de la naturaleza. Al llegar, en la habitación, encontré una carpeta, con el programa para el fin de semana y la documentación. Abrí la carpeta y lo primero que me salió fue una hoja donde decía: “La misericordia y la verdad se han encontrado……” Sentí un gran eco y emoción dentro de mí, como si me lo estuvieran diciendo a mí. Intuí que sería un fin de semana especial donde Dios se haría presente.

El último día compartimos lo que habíamos vivido. Yo ese fin de semana puse nombre al momento personal que estaba viviendo. El exterior coincidía con mi interior. En mi momento personal estaba viviendo el invierno.

Invierno, como noche oscura, como tiempo de silencio de Dios. Invierno, como tiempo de ausencia, de silencio, de soledad, de dolor, de desnudez, de luna vacía de presencia. Pero me di cuenta que este tiempo de invierno, de silencio de Dios, lo podía vivir muy diferente a como lo estaba viviendo, podía ser un tiempo también de espera atenta, paciente, de quietud, de confianza, de espera de nuevo reencuentro, de pasaje hacia la Luz, de preparación para el estallido de la primavera.

Vivimos el silencio de Dios porque muchas veces estamos buscando fuera de los lugares donde Él se ha querido hacer presente. Porque buscamos un Dios omnipotente que podría destruir a los enemigos y no lo hace, y en su lugar aparece la impotencia, la debilidad, la vulnerabilidad del Amor: “¿Dios mío, Dios mío, porque me has abandonado?” (Mt 27, 46). Porque consideramos que la divinidad se esconde y en realidad lo que se esconde es nuestra imagen tópica de Dios. Porque no abrazamos la cruz y sin cruz no hay crucifixión ni muerte y sin muerte no hay resurrección. Porque no siempre estamos en disposición para recibir su respuesta. A veces Dios responde enseguida y nosotros no lo notamos hasta después de un tiempo, otras veces tenemos más prisa que Él y no le dejamos hacer. Porque no podemos ver el significado de todo lo que vivimos al mismo tiempo que lo vivimos y muchas veces tendrá que pasar mucho tiempo para poder ver el rostro de Dios vivo en situaciones vividas de dolor y rotura. Porque no hacemos la experiencia del silencio, de desconectar, de retirarnos, para apartarnos para que Él entre, para sentir su presencia, para desarrollar una conciencia más profunda de nuestra unicidad con Dios.

Sentí que el silencio de Dios también lo podía vivir como:

. Paso necesario, en todo camino espiritual, de noche y de ausencia para crecer.
. Paso para transformar nuestra imagen de Dios, y verlo no como Ser omnipotente que desconoce el dolor, sino como amor vulnerable y vulnerado, expuesto sin límites a la intemperie de la historia humana.
. Tiempo de purificar y profundizar nuestra relación con Dios.
. Noche de la Pasión, necesaria para que se produzca la experiencia de Resurrección. . Momento de ejercitar la fe creyendo que aunque Jesús duerma está en la barca con nosotros (Mt 8, 23-27).
. Vacío posibilitador, como un espacio en blanco que permite la manifestación del Resucitado.
. Interrupción, como silencio de la revelación antigua de Dios, necesaria para que haya una nueva revelación.
. Oscuridad provocada por la proximidad de Dios. Está tan cerca que no lo vemos.
. Experiencia de conocimiento de la desolación para poder consolar.
. Invierno, vivido como la espera de quien sin esperar nada concreto no pierde la esperanza, vivido como que todo tiene un sentido bueno y útil en cada momento y que participamos en un movimiento que va más allá de lo que podemos entender, porque el amor de Dios es inagotable, incondicional.
. Tiempo de vigilia, de recogimiento, de escucha, de acogerlo todo, de conversión. De camino para tomar conciencia de que todo existe en la Presencia que todo lo abarca: “En Él somos, nos movemos y existimos” (Hechos 17, 28).
. Salida, no a pesar de las noches oscuras sino gracias a ellas, pues la oscuridad existe para que puedan brillar las estrellas.
. Confianza en que la fría y oscura noche lleva al fondo más íntimo, a vivir centrados hacia adentro para ser estallido hacia fuera.
. Invitación a dejarnos llevar, con disponibilidad, a dejar la vida cómoda, las seguridades, a salir a la intemperie, al encuentro con Dios, expuestos sin reservas.
. Noche santa porque Dios se deja buscar por nosotros y, encontrándolo, aviva la voluntad de buscarlo aún más.

“De noche iremos, de noche,
que para encontrar la fuente
solo la sed nos alumbra…
solo la sed nos alumbra… ”
(San Juan de la Cruz)

Terminé el fin de semana entendiendo y comenzando a vivir lo que había comenzado leyendo en la hoja de la carpeta: “La misericordia y la verdad se han encontrado. En nuestra humana debilidad y miopía creemos que tenemos que hacer una elección en esta vida y temblamos frente a los riesgos que corremos. Nuestra elección no importa nada. Llega un tiempo en el que se nos abren los ojos y llegamos a comprender que la gracia es infinita y aquello maravilloso y único que tenemos que hacer es esperar con confianza y recibirla con agradecimiento”

Texto: Cori de Dalmau
Fuente: Nuestra Señora de la Paz y la Alegría
Link: http://pliegotante.blogspot.com/search?q=cori

 


 

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