En muchas representaciones de Pentecostés se ven dibujadas unas llamas de fuego encima de las cabezas de los discípulos. Parece como si estas llamaradas hubieran caído del cielo, desde fuera…

Pero tengo la profunda convicción de que estamos habitados por el Espíritu Santo desde el principio de nuestra existencia. Somos Templo del Espíritu Santo: todo ser humano está habitado por Él. Es un don, es algo dado con nuestro ser. No depende de haber recibido el bautismo o de celebrar una fiesta.

El texto de los Hechos de los apóstoles nos dice: “se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa” (Hch 2,2). En nuestro interior hay una zarza ardiente, un “yo soy”, y cuando sopla el viento, se enciende. Las llamas de Pentecostés vienen de nuestro interior.

Etty Hillesum en su diario escribe: “Un pozo muy profundo hay dentro de mí. Y Dios está en ese pozo. A veces me sucede alcanzarle, mas a menudo piedra y arena le cubren: entonces Dios está sepultado. Es necesario que lo vuelva a desenterrar” (Diario, 97).

La fiesta de Pentecostés nos invita a desenterrar nuestra zarza ardiente interior y dejar que el soplo la vivifique. Hemos recibido con nuestro ser todo lo que necesitamos para santificar el mundo, para inundar el mundo con el fuego del amor. La zarza del Horeb no se consumió; nunca se apagará. Por ello, siempre hay la esperanza de que nuestros corazones ardan y nos impulsen a trabajar por una nueva humanidad.

 

Texto: Pauline Lodder

Producción: Hoja Nuestra Señora de la Claraesperanza