La humildad del ser
Extracto del artículo publicado en la colección Oasis
Número 2
Murtra Santa María del Silencio

Javier Bustamante Enriquez Introducción
Leticia Soberón Mainero La humildad óntica

Introducción

Teresa de Jesús definió la humildad como “andar en verdad”. Un verbo: el andar. Y un camino: la verdad. La humildad, pues, no es estática. Es una andadura, un ponerse en camino, un salir de sí mismo. Andar en verdad implica la búsqueda de la verdad y el mantenerse en ella. Es una búsqueda personal e intransferible. Cada persona que busca la verdad, la va encontrando de acuerdo a sus propias características. No es que posea su propia verdad, sino que se va adentrando en ella con sus propios medios.

La verdad, en tanto búsqueda del ser humano, tampoco es estática. La verdad se va ampliando en la medida en que la persona va madurando, se va conociendo mejor y se va integrando a la realidad. Nunca poseeremos toda la verdad, somos limitados. Pero, justamente, reconocer esa limitación nos hace ya andar en verdad. Ser humildes es vivir en la verdad de que somos seres limitados.

Humildad también implica comprender que los otros seres que me rodean son limitados. Y aquí radica la sabiduría de la creación, en la complementariedad. Cada ser existente necesita del resto de seres que lo rodean para vivir. Esto es la interdependencia: el término justo entre la dependencia y la independencia.

En este número de la colección Oasis, tratamos de la “humildad óntica”, la humildad del ser. Crecer en la humildad óntica nos ayuda a aceptar, gozosamente, nuestra existencia tal y como es.

Este texto se basa en la aportación realizada por el Dr. Alfredo Rubio de Castarlenas

 

  1. Premisas

– El radical límite humano
Rubio toma como punto de partida para toda su propues­ta, una evidencia: “Soy algo que antes no era. Que empezó a ser. Que ahora estoy siendo.” Y se da cuenta de algo que configura radicalmente su postura ante la vida: “Antes de mi engendramiento, en efecto, si algunas cosas (aunque pudieran parecer irrelevantes) hubieran ocurrido distintamente de lo que en realidad aconteció, habrían impedido las condiciones precisas para que empezara a existir ese algo que sería yo. ¡Cualquier hecho por nimio que fuera! Que mi padre hubiera declinado, por apete­cerle más ir a otro sitio, la invitación a la fiesta donde se le cruzó por primera vez mi madre… O luego hubieran fijado la boda un tiempo más tarde… o después, aquel día, porque se hubieran enfurru­ñado, no hubieran hecho el amor… Cuando pienso, siento, que ciertamente podía yo no haber existido, un estreme­cimiento implacentero me recorre la médula de mi ser. Y casi a la vez, en una oleada contraria, gozo la exultante alegría de ser, de existir..(A. Rubio: 22 historias de realismo existendal, Edimurtra, Barcelona 1981, p. 22)

Esta conciencia de “existir pudiendo no haber existido nunca” se hace particularmente palpable para el hombre moderno tras la invención del microscopio: se ha descubierto que cada ser humano es fruto de dos células concretas, el espermatozoo y el óvulo, cada una de las cuales aporta la mitad de los cromosomas del nuevo individuo, cuyo código genético es único e irrepetible. De no haberse unido precisamente esas dos células, tal individuo no habría existido nunca.

Rubio ve, pues, la evidencia del límite radical en su origen: empezó a existir y podría no haber existido. Lo primero que surge es la sorpresa y, tras ella, viene de inmediato la alegría, el gozo de existir. E l autor es consciente también de su límite por el final: “Un día -¿una noche?- sé que cesará este vivir. Lo recuerdo siempre, pero no me importa. Vivo”. Es decir: ante tal panorama de “levedad” de su ser (como diría Kundera), Rubio no sólo no se entristece, sino que se sorprende y “goza la exultante alegría de ser, de existir”. Está contento de ser quien es y como es, limitado, comprendiendo que se trata de su única posibilidad de existir en el universo.

Al abrazar su existencia concreta, Rubio se hace here­dero de los hallazgos del existencialismo, que aportó la valoración del ser existente más que la idea. Pero se distancia de él en el hecho de que asume con alegría su ser concreto, con sus límites y potencialidades. No añora la absolutez del ser; sabe que no será para siempre, y aunque no cierra la puerta a una posible trascendencia, sabe bien que con sus solas fuerzas no la alcanzará. Aquí viene lo que él llama “humildad óntica”.

 

– Humildad óntica
Se trata de la aceptación alegre de ser uno mismo quien es y como es: con límites no sólo por su principio y por su final, sino limitado en el modo de vivir y en las propias capacidades: uno envejece, es enfermable, su inteligencia también tiene límites -incluso como colectivo, la inteligencia humana presente y en sus hallazgos acumulados a lo largo de la Historia, es limitada. Uno es fruto de otros seres humanos igualmente limitados, con virtudes y defectos; proviene de una historia polivalente en la que hay grandes logros y también sufrimientos y guerras; sus proyectos pueden cumplirse, o bien verse truncados por el devenir de acontecimientos que no domina; está acompañado en el mundo por unos contem­poráneos asimismo limitados, que no escogió ni lo escogieron como compañero de viaje.

La humildad óntica va, pues, más allá de la humildad en sus acepciones psicológica o religiosa. Podría decirse que es una forma básica de la humildad, y por ello está en estrecha relación con esas otras dos, con las que podría compartir la formulación de Teresa de Ávila: “La humildad es la verdad”. En este caso se trata de aceptar, con todas sus consecuencias, las reales condiciones de nuestro modo de existir en el universo.

La persona humilde óntica deja de desperdiciar energía y tiempo en desear ser algo que no es, o en lamentarse por aquellos aspectos de su vida que no podrá cambiar jamás, tales como su origen, la historia anterior a ella o las coordenadas en las que nació. En cambio, reconciliada con su realidad, es más proclive a la contemplación de la belleza, está en capacidad de desarrollar más armoniosa­mente sus reales potencia­lidades y puede abrirse a la amistad y la colaboración con sus contemporáneos para mejorar el mundo, paliando las consecuencias negativas de los acontecimientos históricos que dieron lugar a su existencia. Comprende su ser en clave de “gratuidad”, pues ve que no hizo nada para existir y no pue­de hacer nada para prolongar su vida infinitamente. Y además, la persona sana en su ser nota cómo está hermanada con los demás seres humanos que la rodean. Sus contemporáneos son fruto de la misma ola histórica, y se percata de esa fraternidad básica de la existencia: nadie pidió existir, todos estamos aquí pudiendo no haber existido.

Como síntesis, realzaría dos aspectos que se destacan en la humildad óntica:

La serena -e incluso alegre- aceptación de la muerte, pues “sólo los que no existen, no mueren”. Si muero, quiere decir que existo.La humildad de la razón. La maravillosa capacidad humana de comprender, de analizar, de conocer, ha sido ocasión de innumerables bienes y también de grandes estropicios. Rubio promueve sin duda el ejercicio amplio y gozoso de la razón, espléndida en su despliegue para comprender el cosmos y al hombre mismo. Eso sí, recordando que la razón es también limitada. No puede suponerse que es un destello de omnisciencia. Asumida y ejercitada en su real dimensión, es más fácilmente factor de crecimiento y verdadero avance para la humanidad