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Reflejo del Espíritu Santo

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Nueva campana en el antiguo Monasterio de Sant Jeroni de la Murtra. Fue bendecida por el Sr. Cardenal Narcís Jubany con los nombres de Mireia-Mercé-Claraesperanza. (21 de julio de 1991). Ilustración: María Inés Henao de Brigard (Colombia)

Siempre me ha sorprendido que, en la cumbre de altas montañas,,allí donde pocas veces llega a pisar el hombre, se hallen diminutas pero maravillosas flores, que son como deliciosas miniaturas de la creación que casi nadie contempla. Sin embargo están ahí, engalanando el grandioso paisaje. Unas son aterciopeladas y de suaves tonos, otras de colores vivos; dejan mecer sus pétalos al viento cual mariposa festivas. ¡Cuánta magnificencia!

Y en las laderas, ¡qué multiplicidad de pequeños animales…! Y sobre nuestras cabezas los astros… ¡Qué esplendor de belleza la creación! A través de ella podemos atisbar algo de la intimidad de su Creador, especialmente de su Espíritu, del Espíritu Santo, el cual es la eclosión de la íntima belleza trinitaria de Dios.

Pero no sólo en esa naturaleza. También nos habla en la belleza que los hombres, a través de su misteriosa inspiración, plasman en las artes. Ellos son artesanos de un indirecto mensaje del Espíritu Santo; la estilizada silueta de un jarrón de cerámica o la leve pincelada que nos adentra en la acuarela, haciéndonos sentir vivo el paisaje. Y qué diremos de la música: con sólo siete notas básicas, el hombre es capaz de crear un sin fin de melodías: alegres, tristes, solemnes, ligeras… Igualmente en la escultura, en la poesía, en todas las otras artes.

Sí; pienso que la belleza, ese coronamiento gratuito, ese mimo con que Dios perfila y acaba su obra creadora, es un signo del propio Espíritu Divino que nos habla por doquier. Y el Amor sin egoísmos, la máxima belleza.

Todos hemos de atender más al mensaje que encierra la hermosura de la Creación y señalarlo a los demás. Nuestra vida, en justa correspondencia y como respuesta agradecida, debe ser armoniosa; es decir, humilde, veraz y llena de amor, para contento de Dios.

Por Montserrat Español (Barcelona)

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