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¡Somos la alegría de Dios!

En nuestras sociedades estamos en un momento de gran oferta, de una gran variedad de recursos. Con la televisión por cable accedemos a canales de muchos países. Internet nos ofrece un basto campo que nunca acabaremos de explorar. A menudo, las ciudades son más valoradas porque tienen más servicios, porque ponen a nuestro alcance una oferta cultural y de ocio mucho mayor que los pueblos. Las personas no tienen tiempo porque participan en innumerables actividades, conocen a muchas personas… Leí hace poco en los periódicos que ya se habla de las generaciones multitarea, que se caracterizan por hacer varias cosas a la vez. En este entorno, lo difícil será que hagamos alguna cosa en profundidad, pues saltamos de una actividad a la otra casi como si se tratara de una carrera de obstáculos.

¡Qué fácil será mariposear entre tantas propuestas que no osaremos desestimar! Acabamos por no tomarnos nada en serio, por frivolizar con las cosas, no dándoles la importancia que tienen.
Y en ese afán de querer abarcar todo lo que está a nuestro alcance, acabamos presos de las corrientes de cada momento, de las nuevas modas, de alcanzar lugares más importantes, de estar en todo momento al día de lo que ocurre… Aunque para ello tengamos que abdicar de ser nosotros mismos para intentar dar respuesta a todo lo que se nos ofrece, casi como si tuviéramos que ser “super-hombres”. Algunos intentarán realmente ser aquello que creen que la sociedad espera de ellos. ¡Qué vanidad! ¡Qué inútil y estéril, ya que no nos deja desarrollar aquello que verdaderamente somos!

En catalán hay un refrán que dice “totes les masses piquen”, que podría traducirse como “todas las cosas en demasía pican –duelen–”. Y es que acabamos por dar demasiada importancia a aquello que no la tiene, en detrimento de lo que verdaderamente es importante, que son las personas. Probablemente en las relaciones con los demás nos ocurra lo mismo, estamos hablando con alguien al tiempo que respondemos al móvil, se nos activa el messenger en el ordenador o anotamos aquella cosa urgente de la que repentinamente nos acordamos. De esta forma, no podemos apreciar la profundidad del encuentro que estamos teniendo en ese preciso instante. Y, así, las personas acaban por convertirse en una larga lista en nuestra agenda.

¿Cómo podremos fijarnos en algo en medio de todo este frenesí, de tantas distracciones…?
No será fácil. A menudo todo se nos presenta como bueno, pero tratado con superficialidad, frivolizado, en cierta manera pierde su “bondad”.

A pesar de que deseamos vivir las cosas con seriedad, con profundidad, me asalta la duda, ¿y será que cuando frivolizamos con alguna cosa nos damos cuenta de ello? ¿Cómo vamos a saber la importancia de las cosas?

A veces creo que nos damos cuenta a posteriori, ¡como quien suspende un examen y sólo después se da cuenta de que es importante estudiar! Pero antes de esto, ¡cuántas cosas buenas no habrán perdido su “bondad” por haberlas frivolizado!

Ante este alud de propuestas tendremos que ser valientes y, aunque sea a contracorriente, tendremos que dejar de lado por un tiempo la eficacia y la inmediatez para saber detenernos, para ponernos en soledad y silencio ante Dios y, allí, abandonados en Él, contemplar el mundo y contemplarnos a nosotros mismos, poniendo las cosas en sus manos. Desde este espacio de soledad y silencio, podremos tener una mirada profunda y serena, podremos “fijarnos” en las cosas. Ahora será un fijarse fruto del amor y, así, descubrir el tesoro que cada persona es, el don de Dios que cada uno es, ese ser hijos amados de Dios, y percibir que somos su alegría. ¡Sólo así los demás serán también para nosotros nuestra alegría!

Por Gemma Manau

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