Cierro la puerta.
Me quedo solo.
Me envuelvo de silencio.
Cierro los ojos.
Y me tumbo en la alfombra
y a poco…

La piel se olvida que algo la sostiene.
Me parece que floto.
Ni el cuerpo siento
ni siente él ninguno de sus poros.
No pienso en nada.
Tan sólo
¡siento que existo! ¡Existo!
Sin siquiera decir esta palabra
y poco a poco…

______

Como olas suaves en la playa,
sube a la mente y se hace pensamiento
este existir en medio de la nada.
¡Soy! Aunque la palabra casi estorba
para sentir lo que sentimos en la entraña.
Sólo es un grito
en la garganta:
¡Soy! y antes no existía…
Qué sorpresa en mi ser, de ser. Qué calma.

De un brinco, uno,
sin saber por qué, se levanta.
Casi de un golpe,
reabro la ventana.
Se renace a la luz
que fuera ya esperaba.

Y veo el Sol, las cosas,
¡todas hermanas
en la existencia!
Cada mañana
los hombres, sean quienes sean,
pueden sentir lo mismo en la alborada:
¡existo!, ¡existo!
Luego, en la vida larga,
nos habremos moldeado muy distintos,
pero todos tenemos el común tesoro
que nos vive y exalta.
¡Ser ser!

Somos cimas muy altas
en medio de lo ignoto.
Nada nos falta
para ser algo
en vez de nada.
Para ser algo en medio de los tiempos
que pasan.
Y este existir
¡qué estallido de luz en las miradas!
Enlacemos las manos con gran gozo
para empezar la danza.
_____

¿Y qué misterio nos sostiene
en esa plaza
del ser que somos que no era?
Esa agua clara
de estar siendo, ¿quién nos la dio?
¿…Y ese temblor que sube como hazaña
y da vida a la vida?
¡Oh, misterio que nunca acaba!

Por Alfredo Rubio de Castarlena
(1919-1996)